Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Esta mierda que pisan mis zapatos

Dado el mundo que Dios creó, sería una impiedad

contra él creer en su existencia

–John Banville

 

En el café hay una señora que lo sabe todo, salvo que es inmensamente ignorante, a tal punto que desdeña lo que no comprende –bueno, eso es muy común, es lo habitual, y hace que la idiotez sea normal–. En dos ocasiones ha soltado sin sonrojo ni titubeo que Saramago “no sabe escribir”. No ha dicho que no le gusta o que escribe raro, mucho menos que no entiende su estética o que le fastidia su reconversión de los signos ortográficos, ha dicho que no sabe escribir, tal cual, y se ha seguido con el palique como si detrás de la fama de sabia no se le notara lo imbécil, y es que los demás son un poquito, ese poquito que les deja, más imbéciles.

 

También hay una señora que le soltó a un mesero, con egregia actitud y firme voz de capitán galardonado: “Yo soy racista”. Cuando el mesero, un oaxaqueño moreno con modales de bestia, enorme inteligencia potencial que no pudo acceder a todas las cosas que la harían cinética, y con un corazón enorme, le respondió que entonces no la molestaría atendiéndola, la anciana acomodaticia y cobarde matizó: “Pero lo soy con los de África, no con los de aquí.” Alrededor todos seguían en sus asuntos, pues, ¡claro está!, no era con ellos. Penosamente, no puedo ir y orinarle encima. Puede decirse que la señora es sencillamente tonta, salvo por un detalle: sus padres salieron de Alemania al terminar la Segunda Guerra Mundial. No queda del todo bien que una alemana se diga racista. ¿Pero a quién le importa?

 

Hombres imbéciles abundan, por supuesto, desde el dueño del café hasta el más distinguido de los clientes, un escritor descerebrado que se siente superior a todos porque lamió suficientes criadillas.

 

Y estoy yo, ¡cómo no!, pero no cuento porque no soy imbécil ni nada que se le acerque, aunque los muchos que me odian traten de darme esa fama.

 

Hay varios homosexuales, tanto varones como hembras. Muchos de ellos también son de la tribu de la imbecilidad, pero eso no tiene nada qué ver con lo que hacen con su ano o dónde frotan sus vaginas.

 

Y está la que teje, y está el hijo de político que fue boxeador, y está el millonario que se hace pasar por menesteroso, y está el que –no importa cuándo sea la charla– ya casi resuelve su escalofriante situación económica, y está la que se envanece de no haber leído un solo libro en toda su vida, y está el marido que no suelta el móvil y sólo levanta la mirada de borrego con cencerro para instruir a sus contertulios a punta de cosas que acaba de leer en Facebook, aunque también va haciendo la crónica de los partidos de futbol más exóticos y dice cosas como que le sacaron una tarjeta amarilla a un suplente de algún equipo de Bora Bora en el amistoso contra uno de las islas Galápagos (sí ya sé, no me corrijan por ese gusto imbécil de encontrar el negrito –con perdón– en el arroz). Y está el hombrecillo anciano que insulta a los grandotes y su amiga la chismosa que odia a los chismosos mientras preside una mesa de oligofrénicos que diario hablan de lo mismo y dicen lo mismo acerca de lo mismo. Y están mis zapatos que se espantan de tanta idiotez en tan poco espacio.

 

¡Mis pobres zapatos! Diario tengo que recordarles que en los muchos lugares donde han estado, ya en esta zona o en otras ciudades u otros países hemos encontrado eso mismo, la idiotez codeándose con la idiotez, odiando a la idiotez y conviviendo con la idiotez sin protegerse o tomar precauciones sino alimentándose y complementándose, engordando hasta el punto en que un buen escritor puede, sólo de pensar en todo eso, meter seis gerundios en un párrafo breve, chocante, disonante, horrendo que otros leen y sienten que el sonsonete se les mete, arremete, acomete, pero no son capaces de dilucidar de dónde sale la fealdad que tanto les incomoda (si es que algo les incomoda). Y lo dejan pasar, porque es lo que hay.

 

Y en el café es lo que hay, además de un café exquisito, el mejor de un país donde abunda el buen café pero no se consume en cualquier sitio. Así que se deja pasar que una señora diga que aquél no sabía escribir (¿a quién se refiere? Creo que a este o al otro. ¿Y quiénes son ésos?) o que la otra diga que es racista y haga sonrojar a todo un país que bien ocultas lleva su perversión y su estigma, a las que es fácil llamar desdicha histórica, porque es lo que hay y no puede uno suplantar a Dios y orinar su obra, abrazarlo y decirle: Si esto es lo que querías, es impecable; si éstos son a tu imagen y semejanza, a mí me hizo Lucifer y te abomino.

 

No se puede y no se quiere. Uno ya no está para esos trotes. Uno, que hasta en casa calla ante la idiotez y se da el lujo de escribir esto porque sabe que nadie en su entorno, en el café, en la familia, entre los amigos; nadie ha de leerlo y en caso de leerlo pensará “Tú eres el imbécil”, pero no lo dirá porque así estamos bien y es lo que hay.

 

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