Jesús Olguín

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Médico cirujano

Eros y Tánatos, el vaivén

Eros, dios de la creación, del principio, del amor y la pasión, identificado desde siempre como el querubín alado con arco y flecha. En la mitología griega aparece como fruto del romance entre Afrodita (diosa de la pasión, la belleza y la lujuria) y Ares (arrebatado dios de la guerra).

Eros fue honrado en varias culturas por monumentos erguidos con un símbolo fálico. Es habitualmente descrito como un dios irrespetuoso que gustaba de las dádivas terrenales; como un dios soberbio hasta la mofa con las demás deidades. Con todas menos con una: Tánatos, hermana de la noche y del sueño, de la oscuridad y lo desconocido, asexuada y -al contrario de Eros- no acepta dádivas ni de dioses ni de mortales. Uno, creador de vida; otra, ejecutora del final. Juntos protagonizan el surgir y el ceder.

Veamos a Eros como iniciador del ciclo de la vida a través de la atracción sexual entre mujeres y hombres en la danza previa a la concepción. Imaginémoslo en su caracterización de Cupido -como lo llamamos ahora- como preservador de las especies al exacerbar la acción de las hormonas que circulan en la sangre de los seres vivos. Imaginémoslo como precursor del acto para conseguir la vida nueva y, como consecuencia, del torrente de emociones que la acompañan: incluimos el enamoramiento de los amantes, el amor de los casados y la ansiedad de los núbiles deseosos por descubrir la experiencia de perderse en el otro.

Georges Bataille, en Las lágrimas de Eros, menciona que en las religiones de sacrificio los participantes del acto sexual se confundían el uno con el otro, y ambos se perdían en la continuidad establecida por la destrucción. Pero, ¿cómo relacionar toda esa gama de sentimientos, al parecer maravillosos, con la destrucción, si lo que produce el orgasmo es una brutal secreción de endorfinas que nos genera bienestar físico y emocional?

El orgasmo es una breve destrucción, un momento en que, por incapacidad para controlarlo nos mantenemos expectantes ante lo que sigue y no podemos modificar, como probablemente experimentaremos al morir: una “pequeña muerte”, como se le denomina en algunos lugares. Durante éste, el ser se doblega ante el cuerpo y el control se pierde, experimenta una distracción y una destrucción de la voluntad propia. En esa interacción con el otro, donde éste se acerca a la más profunda intimidad, si estuviéramos conscientes, no permitiríamos dejar al descubierto nuestra vulnerable existencia. Para Bataille, la sexualidad y la muerte son momentos agudos de una fiesta en la que la naturaleza celebra. Ambas tienen el sentido del despilfarro ilimitado en contra del deseo por perdurar, que es lo propio de cada ser. El pensador francés afirmó que el sentido último del erotismo es la muerte, como también lo planteó Freud, aunque de manera distinta y muy discutida.

Vivir el erotismo es crear un cierto anclaje con lo ancestral, lo arquetípico, lo transmitido de cultura en cultura. Es sentir la peligrosa cercanía entre el placer sexual y una cierta vivencia de muerte, donde se permite transgredir y perder el control, lo que lo vuelve fascinantemente atractivo y, para muchos, aterrador. Es en el erotismo donde, en complicidad con el otro, damos rienda suelta a las fantasías; donde nos imbuimos en sensaciones incontrolables que nos vacían la mente y nos distraen de la realidad innegable de nuestra existencia. A ésta regresaremos una vez consumado el vertiginoso momento de descontrol inducido por Eros, sofocado por Tánatos. Por fuerza, inclinaremos nuestro sentimiento hacia alguno de los dos, todo depende del lugar en que nos encontremos parados.

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