Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Entre paradojas

En una esquina los fascinados con los movimientos sociales, alentados por una esperanza sin fisuras que suele revelarse autoritaria e intolerante. En la otra los persuadidos por el orden institucional, mesurados por una mirada realista y desencantada que rehúsa cualquier aire benéfico a los movimientos sociales. A medio camino -no, por fortuna, en el centro del cuadrilátero, sino voluntariamente extraviado en las gradas-, me descubro concediéndole la razón ora a unos, ora a los otros. Mi explicación es simple: los excesos de los movilizados encuentran un límite en el régimen institucional y el régimen institucional logra superar frecuentemente sus límites sólo gracias a la presión de los movilizados. De un lado se aporta estabilidad; del otro, presión para mejorar las condiciones que permiten el ejercicio efectivo de las libertades. De hecho ambas posturas resultan excluyentes y complementarias. Y a un paso del pasmo y lo cantinflesco debo agregar que se antojan atinadas y desatinadas, sanas e insanas, remediables e irremediables al mismo tiempo.

Excluyentes porque a los movilizados les encantaría desaparecer el orden institucional y a los institucionalizados les fascinaría borrar del mapa a los movilizados. Complementarias porque sin la desequilibrada desmesura de los movilizados el orden institucional se empantanaría en la complicidad acomodaticia y sin el marco dispuesto por el orden institucional el enfurecido ímpetu de los movilizados desembocaría fatalmente en la anarquía o la dictadura.

Atinadas porque la postura institucional recuerda que donde no reina el derecho prevalece la fuerza y la postura movilizada acota que aún prevalece la fuerza -notoriamente la fuerza del dinero- donde teóricamente reina el derecho. Desatinadas porque los institucionalizados tienden a validar los abusos de la fuerza -notoriamente la del dinero- en nombre del derecho y los movilizados tienden a validar los abusos de la intolerancia en nombre de la justicia. Sanas porque sin orden institucional no ha florecido ninguna civilización humana y sin protesta social la llamada civilización humana termina por justificar la injusticia impunemente. Insanas porque los defensores de las instituciones no admiten el poder moral de las protestas sociales y quienes protestan socialmente se embelesan tanto con su poder moral que acaban creyendo que pueden pasar sobre terceros y permanecer impunes. Remediables porque el orden institucional ha nacido para reformarse y la movilización social para criticar y autocriticarse. Irremediables porque los movilizados jamás incurren en la autocrítica y los institucionales reforman el régimen solo para mantener el status quo.

La lucha entre ambos bandos se escenifica libre e irremediable. A veces llena de sentido, a veces sin pies ni cabeza. Como cualquier prestidigitador que se precie de serlo, cada uno de éstos supone tener todas las virtudes de su lado: la razón, la justicia, la libertad, la genuina fraternidad, la democracia. No por otra cosa cuando uno de estos bandos concede al otro la posibilidad de aportar algún beneficio a la sociedad, es tan sólo de manera provisional, como parte de un gesto que a la vuelta de los días sin duda se sentirá defraudado. Pero no nos escandalicemos. Con seguridad no podría ser de otra forma. No sólo porque obedecen a lógicas e inspiraciones distintas, las más de las veces opuestas, sino porque resulta improbable que algún día exista una sociedad ajena al conflicto y el descontento. Siempre confluirán intereses adversos, ansias de predominio en competencia. Y si usted, amable lector, engrosa las filas de la gente sensata que sabe que siempre comporta un lapso de tiempo inhumano e impracticable, convengamos que no siempre, pero indudablemente mientras usted y yo existamos. De tal suerte que se antoja mejor aprender a vivir en medio de las paradojas. Así no sólo podremos respaldar lo respaldable de cada bando al tiempo que deploramos lo deplorable, sino también advertir que su enfrentamiento recurrente es indispensable para el mejoramiento permanente de los sistemas democráticos.

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