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Arouet

Entre Luis Echeverría y un matamoscas

Hace 45 años tuve un ejército de soldados de plástico, un perro criollo llamado Cecilio y un balón de gajos, con mi uniforme de portero y todo. Los primeros eran mis tropas rusas contra Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, mi perro “Cecilio” y yo anduvimos juntos por los entresijos del mercado de San Camilito, por allá en Garibaldi de Ciudad de México, para recoger corcholatas de “Los Picapiedra” tiradas junto a los refrigeradores de los puestos de birria, pozole y carne asada. Tenía seis años y, dicho a la manera de una conocida canción de Serrat, “aprendí a volar perdiendo el tiempo” junto a un Ángel de la guarda a quien le agradecía en la misa de los sábados en la iglesia La Conchita, donde yo era acólito.

Así es que aquellos años me ocupé del avance de las tropas de Hitler sucedido tres décadas atrás, y no tenía la mínima idea de las consecuencias de la política de Luis Echeverría en el país, creo que lo más cercano que estuve de vivirlo era las veces en las que mí tía Marta nos llevaba a mí y varios amigos al deportivo Guelatao (en la calle de República de Honduras), donde muchas otras señoras llevaban banderas y matracas del PRI para gritar “vivas” a un señor que, ahora lo sé bien, se llamó Alfonso Corona del Rosal; aún recuerdo el impacto que me provocó ver a doña Aurora –amiga de mi tía– besar la mano de ese político priista, y es que yo en ese entonces creía que besos en la mano sólo se le daban a los abuelos y a los curas como el padre Teodoro, de la iglesia a la que yo iba. También recuerdo que del Guelatao al Callejón de la Amargura, que está caminando derecho rumbo a Plaza Garibaldi, caminaba jugando con Rosendo, el hijo mayor de Aurora, mientras comíamos galletas de animalitos y tomábamos leche para dejar al final un pedazo de palanqueta que nos había regalado el PRI, igual que a mí tía y doña Aurora les dieron bolsas de frijoles, arroz y aceite de la “Conasupo”, o algo así, junto con una credencial que demostraba nuestra asistencia.

Con mis amigos jugaba al futbol en el Callejón de la Amargura, gracias a ellos pude jugar ahí siendo Prudencio, el “Pajarito” Cortés, un gran arquero de Los Cremas del América, que ese año 1973 fue campéon de liga al ganarle 2-1 al Cruz Azul en la gran final; son memorables las narraciones de Alfalfa o el “Pis” en el terreno de juego, que emulaban con buen estilo a don Ángel Fernández. Por cierto, algún día les contaré del “Mugres”, un niño que boleaba zapatos en la Plaza y dormía en la calle, y que pudo haber sido un buen mediocampista del futbol. Ahora lo que recuerdo es un matamoscas de plástico azul roto de la red que yo usaba como espada, no tenía empuñadura ni pomo, y lo sujetaba por el comienzo de la acanaladura y así me colocaba en posición de mosquetero para confrontar a enemigos formidables y por fortuna imaginarios. Entonces aleteaba por todos los aires mi hoja de plástico, que era mágica, pues yo era “Sombrita”, el héroe de un anime japonés que se hizo famoso por la serie de televisión que se transmitía en ese entonces (en italiano se llamó “La spada di luce”) y trata de un joven que despierta de un letargo para luchar contra un villano que quiere apoderarse del mundo. Ya dije que la espada era mágica, lanzaba rayos de colores y hacía un ruido como de caída de cascada profusa, que yo mimetizaba desinflando poquito a poco los cachetes, y con los labios en forma de beso tronado y saliva salpicada.

Han pasado 45 años de todo esto, pero de pronto tengo la impresión de que el tiempo no ha transcurrido. Ando por la calle de República de Honduras y por Incas, en particular el número 7, donde se encuentra aún la escuela Luis Murillo, porque ahí cursé la primaria. Y me detengo con el tiempo, sentado en la escalinata de un hotel de putas que está a lado de la escuela y sin mi Ángel de la guarda, al que abandoné en la adolescencia. Como entonces, ahora está la cargada de los medios de comunicación en favor del próximo Presidente y está incontenible, todos ahí, agrupados en una competencia enorme para dilucidar cuál de esos medios resalta de mejor forma las virtudes del elegido; es un aluvión que aplasta cualquier ánimo disidente. Esta vez no me acompaña “Cecilio” y mis soldados quedaron dispersos en alguna trinchera olvidada. Tengo muchos deseos de enfrentar a este nuevo, viejo, dictado del sistema, pero la impotencia es enorme, no hay nada que hacer, pero lo intento, en verdad. Aunque me sienta como un espadachín que ha resuelto empuñar, de una buena vez por todas, su vieja espada que en realidad fue un matamoscas, y que sólo aletea al aire mientras el poder fáctico echa a andar otra vez, la máquina del tiempo.

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