Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Entre el silencio y la ofensa indispensable

Personalísimo

Me he tardado en escribir este texto que se engorda como alcancía, con sucesos que se suman como las monedas del “suelto” de la quincena. Me abruma a momentos pensar que vivimos en un mundo enojado, donde la violencia se multiplica. Basta ver la oferta de series y películas de Netflix o de los Globos de Oro para comprobar que contamos historias de gente enojada. Me perturba de igual manera la obligación publicitaria de parecer felices cuando se amanece enojado. Dede luego, el tema del maltrato femenino y la violencia familiar salen a escena de un silencio que hoy se rompe definitivamente y que era necesario.

Descreo de todo aquel que hace distinciones categóricas del tipo “Hay que separar las emociones” o “esto es profesional y no personal”; hay que ser subjetivos. Como sabes. tales esfuerzos son más un atentado de buena o mala voluntad que una posibilidad real y, por tanto, hablaré de dos temas que rondanen el aire con ímpetu últimamente y que siento derivan de un origen similar: la controversia sobre el movimiento de Hollywood #MeToo y la respuesta francesa; el cuestionamiento sobre si se debe proceder moralmente en asuntos de estética, es decir, habrá que dejar de ver películas de Spacey o Weinstein, Allen y demás “cerdos machista”. Los abordaré por supuesto desde lo más íntimo, personal y subjetivo posible, me lo autoriza el hecho de ser sujeto femenino sin mi consentimiento, pero con mi grata aprobación. Lo haré, por supuesto, mezclando historias como siempre. Va la primera.

Pequeñas grandes mentiras

Vi la serie del mismo título, pero ya antes he tenido varias visitas a Estados Unidos como para concluir que me asusta la paradoja de su adicción a expresarse y al tiempo su miedo a hacerlo, lo que se muestra claramente en Big Little Lies. Basta conversar con algunos nativos para comprobar que les encanta rondar los temas de opinión, pero cuando se acercan a la controversia, la esquivan como si una mina a punto de explotar estuviera por ahí: “De los árabes, mejor no opinar”; o se acude al pensamiento de moda para no errar. “Comer carne contamina”: todos flacos, todos veganos. Con una autoconciencia digna de quien siente ser protagonista constante de la cámara cuidan sus expresiones, temerosos de ser demandados, acusados, señalados, juzgados.

Por ello una de las anécdotas que detona la trama de la serie aludida es la agresión de un niño a una niña. El niño equivocado es señalado y tratado como un vil acosador, es enviado al psiquiatra, juzgado por grandes y chicos. El suceso es el detonante que nos presenta una sociedad acomodada de la ciudad de Monterey, en California. Mientras se despliega el lujo de mansiones frente a la playa, se deja ver la presencia de la violencia velada en los diferentes ámbitos familiares. Lo que era solo un problema de niños se convierte en una batalla entre grupos de mujeres “mamás” que tiene que demostrar su poder, su riqueza, su belleza y su inteligencia. Estoy segura de que mientras se avanza en la serie somos testigos de la violencia masculina, pero me gustaría hacer un rewind e invitar a mirar de nuevo: ¿y la violencia femenina?

Prometí ser íntima y lo seré: he sido víctima de la violencia masculina, pero no soy inocente, y tampoco soy el personaje de Nicole Kidman para pensar que siempre agredí para justificar la agresión primera. En muchos casos sí, en otros no. La sed de violencia y poder también nos habita a las mujeres, ese también es nuestro privilegio. No reconocerlo sería como anular el esfuerzo ético que hacemos cotidianamente para refrenar dicho impulso. Defiendo y defenderé lo que todas defendemos, el derecho a ganar lo mismo y a recibir el trato decoroso que corresponde a los derechos humanos, y en ese sentido todo el reclamo de las actrices de Hollywood es obligado. Pero temo que los extremos nos conduzcan al mutismo, al temor de actuar o a la pretensión monstruosa de la utopía.

Mamá, te chiflan los albañiles

Un día, hace ya algunos años cuando mis hijas eran pequeñas, me chiflaron unos albañiles. Muy enojadas, me dijeron las niñas: “Mamá, diles algo”. Mi respuesta puede no ser popular, pero fue honesta “Déjenlos niñas, en algunos años ya nadie me chiflará”. Me gusta ser admirada físicamente, es una de mis dimensiones. La otra, la mental que, como dirían los filósofos materialistas, es física también, es algo que se aprecia con el trato y que, claramente, disfruto mucho cuando es celebrada, de modo que cuando se me conceden atributos en ambas áreas me siento muy reconfortada (iba a decir acogida, pero lo pueden mal interpretar algunos sectores de mi gremio). Hoy es frecuente afirmar que no podemos conceder ni estos pequeños galanteos masculinos porque nos sobajan como persona; pero al tiempo avanzan los piropos femeninos en conciertos, redes y espacios públicos. “Hazme un hijo”, le gritan a un popular semental.

Pareciera que la lucha feminista nos ha llevado a aceptar cualquier gradación de preferencias sexuales que van desde el transexual hasta el bisexual o heteroflexible, pero cuando se trata de defender la causa femenina como en la mayoría de las ideológicas fundamentales no hay gradación, o se es o no se es. Fue por ello que el manifiesto francés a mí me cayó tan en gracia y digamos que me sumo a ese modo de ser mujer a la francesa. Coincido porque, como dije antes, me molesta que no se pueda tener una opinión personal al respecto, que se eleve a moda a un movimiento y que se acabe, como dice Margaret Atwood, en su artículo: “¿Soy una mala feminista?”, dividiendo entre bandos sin aceptar “…que para tener derechos civiles y humanos para las mujeres deben existir derechos civiles y humanos, punto, incluido el derecho a la justicia fundamental”.

La distopía de Margaret, El cuento de la criada, y su obra completa son muestra de su deseo de denunciar el excesivo poder masculino. Pero es justo El Cuento de la criada, donde el mundo retratado por la autora, como el 1984 de Orwell, muestran cómo “lo políticamente correcto” y “el aparente puritanismo” (en el caso de Atwood) conducen a mundos enclaustrados donde domina la censura.

El mundo de puro color rosa

Al tiempo que esta discusión del #MeToo o #TimesUp se lleva a cabo, vuelve a surgir la idea de si en términos estéticos debemos ejercer la pena moral, así se cuestiona por ejemplo si debemos ver las películas de Woody Allen dada su relación con su hijastra, entre otros creadores con “debilidades morales” del tipo.

Para elaborar, hilvano lo dicho por las feministas francesas con un especulaciones del tipo:

Censuramos un desnudo de Egon Schiele en un póster; pedimos la eliminación de una pintura de Balthus de un museo con el argumento de que sería una apología de la pedofilia; en la confusión del hombre y la obra, pedimos la prohibición de la retrospectiva de Roman Polanski en la Cinémathèque (Cinemateca Francesa) y obtenemos la postergación de la muestra dedicada a Jean-Claude Brisseau. Una académica considera que la película de Michelangelo Antonioni Blow-Up es “misógina” e “inaceptable”. A la luz de este revisionismo, ni John Ford (“La prisionera del desierto”) ni incluso Nicolas Poussin (“El rapto de las sabinas”) quedan a salvo.

Dejemos de viajar a Alemania, pues aunque ahí nació Beethoven, también lo hizo Hitler. No acudamos al edificio de Bellas Artes porque fue construido por un tirano. Comencemos por escarbar en la vida de nuestros empleados, amigos y prestadores de servicio y hagamos de la moral una brújula que oriente todos nuestros actos hasta quedar anulados de libertad, carentes de empatía y, sobre todo, negando la posibilidad de que lo ético y lo estético corran por ríos paralelos y no iguales. Eliminemos de nuestros deseos y fantasias el derecho a la perversión y de nuestro espíritu la sombra.

Libertad para importunar

Permítanme regular hasta dónde me gusta el piropo o el chiflido. Déjenme seguir anhelando a momentos ser una dama rica decimonónica, leyendo, bordando y conversando mientras mis sirvientes cuidan de los niños y mi marido me mantiene como reina; en lugar de una maestra que corre y corre para pagar la hipoteca de su cuarto propio.  Lucho a diario por defender mi derecho a ser mujer libre, busco que se castigue a todo aquél que atente contra mi derecho, sólo que no estoy convencida de que el agresor sea sólo y siempre un hombre.

Hay días que se amanece violenta, otras pacífica. Hay mañanas en que me gusta ser dominate, otras dominada. Los derechos humanos no están sujetos a ser negociados; el maltrato y el delito deben ser perseguidos; celebro que existan feministas radicales y otras moderadas, o como se les quiera llamar. Entere ambas se da el diálogo y que cada quién que se alinee donde le venga en gana.

Me suscribo en el grupo de las feministas que nos gusta que nos chiflen, que pellizcan y permiten el pellizco de quienes han sido previamente autorizados. Ante todo no permito que me juzguen de buena o mala feminista como a la Atwood, soy mujer, ni buena ni mala, y llevo el traje como a mí me gusta, sin pedir permisos ni concesiones, sin suscribirme a un movimiento o esperar calificaciones.

Me reservo el derecho a la trivialización, a la tragedia o la comedia para abordar el tema, su importancia en nada tiene que ver con el tono, del mismo modo que la encíclica puede mentir, también la verdad puede viajar en un mal chiste.

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