Felipe Chao Ebergenyi

Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y director general de Comunicación Social del IFAI.

Encuestas y debates

A partir del debilitamiento del voto duro de los partidos, la desconfianza de la ciudadanía sobre las instituciones y el incremento de conceptos más ligados a la imagen y la publicidad, en muy poco tiempo pasamos de los partidos de masa o de notables, a los “catch all parties”. De suerte tal que en estos momentos acuden a todas aquellas figuras que pueden incrementar los votos para alguno de los candidatos, ya sean cantantes, futbolistas, locutores o trúhanes de toda índole. Esto es, el pragmatismo al grado del absurdo, que ha generado un desconcierto no menor entre el electorado y que se manifiesta en que, de acuerdo a la mayoría de las encuestas, el porcentaje de indecisos ronda el 25% de los ciudadanos que piensan acudir a las urnas el 1 de julio.

La lista nominal en nuestro país es (redondeando números) de 87 millones de personas. De éstas, se estima una participación más menos de 64%. Es decir, 56 millones de votos efectivos, de los cuales el 25%, hasta el momento, se han declarado como indecisos. En ese sentido y tomando en cuenta los datos que arrojan distintas encuestas en preferencia bruta, –sin asignar a través de métodos estadísticos a los indecisos–, tenemos indicadores suficientes para pensar que la contienda se va a ir cerrando y que serán los indecisos lo que determinen el resultado electoral. Estos indecisos son el elector flotante que no siente ningún compromiso con los partidos políticos o candidatos y que determina su voto hasta el último momento y su voto, es a partir de lo que los diferentes aspirantes le ofrecen.

El elector se identifica o no con un candidato en función de un complejo vínculo emocional y racional en el que los públicos valoran que sepa exponer, debatir, defender una posición, tener sentido del humor, dominar las técnicas de negociación y, en general, que se mueva con facilidad en las relaciones interpersonales. De ahí, la importancia de los debates.

El debate es una confrontación intelectual que le permite a la ciudadanía comparar para elegir, escuchar propuestas, ataques y medir la capacidad de reacción de los contendientes. En los enfrentamientos no hay tintes medios, tenemos un ganador y muchos perdedores. Los debates, son una mezcla de habilidad discursiva y presencia física, por lo la que dominancia recae en una mezcla de imagen, estilo y fuerza argumentativa.

La importancia que la puesta en escena tiene en los debates presidenciales en la televisión, consiste en que al destacar, intencionalmente o no, un pequeño detalle o acontecimiento, pueden influir en la percepción de los ciudadanos. Por ello, lo equipos de los contendientes cuidan al extremo que sea de neutralidad y equilibrio, es decir, que ninguno de los contendientes sea favorecido con las cuestiones escenográficas, colores, tiro de cámara, enfoques, posición de cámaras, temperatura del estudio, la colocación del moderador, si debaten de pie o sentados, con documentos o sin ellos, el tiempo de las participaciones, etcétera. Esto se traduce en largas sesiones hasta poder alcanzar acuerdos.

¿Pueden los debates provocar un cambio en la intención del voto? Difícil saberlo con certeza, pero de lo que no hay duda es que los debates ayudan a los electores a decidirse, especialmente a los indecisos, que son la clave en un elección como la que se avecina y que se ganará con un margen de votos muy estrecho.

La elección será altamente competida, y la serpiente, otea el uso más rudo de las técnicas de persuasión.

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