Cinque Terre

José Antonio Gurrea C.

Periodista y narrador.

En memoria (II)

Conocer a Arrigo Coen fue uno de los sucesos más memorables de mi paso por el sector público, donde durante finales de los 80 y principios de los 90 me desempeñé como editor de las publicaciones del Centro de Informática Legislativa del Senado (Cilsen). Debido a su estrecha amistad con José Antonio Padilla Segura, fundador de ese organismo, el destacado filólogo era visitante frecuente del inmueble de Patriotismo 711.

Fue precisamente Padilla Segura quien, con muy buen tino, me sugirió que Arrigo impartiera un taller semanal a los integrantes del equipo que elaboraba las revistas del centro. Más que de lecciones formales,se trató de una serie de charlas salpicadas de anécdotas y humor, donde la cuestión a tratar no siempre era el lenguaje. Con frecuencia, salían a relucir la música y la comida, asuntos que también apasionaban a Coen Anitúa.

Qué memorables resultaban las sesiones donde el maestro llevaba, en casetes, música ejecutada por su madre, la contralto Fany Anitúa, quien llegó a interpretar a Wagner en la Scala de Milán. O aquellas otras veces cuando, entre verbos y preposiciones, nos recomendaba platillos y restaurantes. Por cierto cuando abordaba este tema, salía a relucir, con asiduidad, otra clase de ópera, también muy provechosa para el espíritu, la que se encuentra ubicada en Filomeno Mata y Cinco de Mayo. Ese asunto me encantaba por razones tanto culinarias como consanguíneas.1 Llegado a este punto, Arrigo comenzaba a disertar sobre gu%u0308isqui, vino, calamares rellenos en su tinta o pintxos de gamba.

La referencia a cualquier palabra era propicia para que saltara su erudición: “Por cierto, ¿saben de dónde proviene la palabra whiskey?”, y sin esperar respuesta comenzaba un sabroso monólogo: “Pues del viejo irlandés uisce bethad, que literalmente significa agua de vida, término a su vez derivado del latín aqua vitae, quizá porque el aguardiente se usaba en algunos casos como medicina o, más probablemente, por sus efectos euforizantes. Por semejante razón se puede explicar lo de bebidas espiritosas, ya porque se volatizan, ya porque devuelven el espíritu a quien las ingiere…”.

Otra dinámica del taller era cuando abríamos los diarios del día, escogíamos una nota, Arrigo seleccionaba una palabra y, lejos de cualquier solemnidad, nos explicaba su origen.

“Guaruras”: “Las comunidades tarahumaras tienen representación en una especie de senado entre los que se escoge un gobernador. Por su dignidad, a estos senadores se les llama grandes. Grande en tarahumara se dice wa’rú, y al gobernador, el mayor o más grande entre ellos, se le designa wa’rura. Cuando el presidente Díaz Ordaz hizo una visita a esas comunidades, el grupo de gobernadores se adelantó a presentarle sus respetos: ‘Sed bienvenidos, tú y los demás wa’ruras que te acompañan’, creyendo que los integrantes de su cuerpo de seguridad eran miembros de su gabinete”.

A veces también se abocaba a cuestiones que tenían que ver directamente con nuestro trabajo. Así, una sesión al mes la dedicaba a la minuciosa revisión de la revista y de la gaceta editadas por el Cilsen. En aquellas ocasiones no sólo nos indicaba con detalle cuáles habían sido nuestros gazapos, sino además nos sugería el uso de los términos más precisos y adecuados.

“No utilicen membresía, vil y servil adopción y adaptación del inglés membership. La voz análoga correspondiente a miembro tendría que ser membría, palabra impecablemente pergeñada, pero que adolece de falta de complicación, no está falseada y, ¡claro!, por eso no gusta a los que necesitan que el término que aceptan suene al que están acostumbrados a oír…”

Aunque el viaje intelectual con Arrigo Coen fue breve, pues a los nueve meses Padilla Segura se lo llevó como asesor a la entonces llamada Asamblea de Representantes del DF, entre quien esto escribe dejó una marca indeleble. Su intensa pasión por nuestro idioma sólo se compara a la que mostraba por la vida.

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