Cinque Terre

Emiliano López Rascón

Productor de Radio y Artista Sonoro

En caso de que México no haya ganado el mundial

Alex Lora estaba perdido, también, cuando con esa lírica ajena a toda métrica advertía:

“Si México ganara el mundial

Chiquita no nos la íbamos a acabar

Pues los atracos la violencia y la inseguridad

Se incrementarían a lo carbón

Y habría miles de muertos sin explicación

Desde Tijuana hasta Chetumal”

 

Ironía del destino por la que llegamos a la terrible consecuencia sin pasar siquiera por el eufórico detonante, y no nos deja otra moraleja que: por nuestros lares, no hay más profeta que el del nopal.

Puestos así de visionarios, para cuando esto se publique, seguramente México al fin fue campeón en Brasil. El “Piojo” Herrera ahora se cotiza más caro que la “Pulga” Messi y sus expresiones paroxísticas son ya la plantilla en la que se basa toda comunicación social que se pretenda convincente. Con ese gestual se anunciará en breve la aprobación de una ofensiva unilateral contra Iraq que nos permitirá canalizar nuestra agresividad hacia fuera, al tiempo que, rehabilitando a García Luna, experimentaremos allá estrategias novedosas de combate al crimen sin poner en riesgo la tranquilidad de nuestra ciudadanía.

Pero supongamos por un momento que no es así, que nuevamente nos descalificaron en el cuarto partido. Con la resaca, las expectativas se ajustarán nuevamente a la baja: el “Piojo” se volvió el “Microbio”, y el “Chicharito” ya es el “Ajonjolí” Hernández.

En uno otro caso, haciendo épicas instantáneas de las glorias y miserias del tricolor en el país tropical, se registrará el marcador de otra batalla campal entre los modernos trovadores: los medios, quienes se habrán disputado punto por punto el rating. En particular, las dos televisoras juegan su propia competencia de patrocinadores y spots en cuyas delanteras encontramos a sus narradores y comentaristas. No sé qué determinen finalmente los números y las facturaciones; pero para mí el poete maudit Martinoli, el doctor García y el Brody Campos le volvieron a partir su pauta a Pietra, Alarcón y sus debutantes. Que entre Figo y Valdano la legibilidad fue sudamericana y que nuevamente el Compayito tuvo que bailar table dance para consolar a Emilito.

Debemos ser tan audaces en la profética, como en la retrospectiva: Si el “Guiri Guiri” no fue factor, ¿qué hizo la diferencia? ¿Qué inclinó el marcador hacia el Ajusco? ¿Pesó la ausencia de Marisol González? ¿Nadie se había dado cuenta? Entonces no. ¿Los albures de Brozo ya no sorprenden ni con autogoles? ¿Alguna de las dos empresas tuvo más respeto por el respetable y racionó la avalancha de publicidad abierta y/o encubierta, cortes, menciones, spots, patrocinios antes, durante y después de cada partido? Ok, bromeaba. La tecnología fue casi la misma, y la señal audiovisual la generó FIFA-TV para todas las emisoras.

Televisa y Azteca se podrían ahorrar el 90% de sus respectivas caravanas cómico-musicales. Buenas mesas de análisis, algunas notas periodísticas de color y contexto serían suficientes. Cuando un evento se transmite simultáneamente por dos canales, lo que define la elección de la gente es, en primera instancia, el que se vea mejor y después, el que se escuche mejor ¿Que se escuche más claro? ¿Con mejor definición acústica? No en este caso. Mientras se respeten los mínimos estándares de audio, la preferencia tiene todo que ver con los contenidos, las voces, comentaristas, narradores. Tan es así que al quedar huérfanos del “Perro” Bermudez, en Televisa terminaron emulando el estilo desenfadado y botanero de los tres alegres compadres. Con tiempo y resignación habíamos ya asimilado al pelón cuando llegó este combo destemplado a probar nuevamente nuestra tolerancia.

La sobriedad de Martinoli, la riqueza tímbrica pero también léxica de Campos y la oratoria cadenciosa de García han perfilado un paradigma de acompañamiento desconcertante; pero que, fuera de relajo, habría que pensar con cuidado: ¿Es nada más un síntoma de la descomposición ética y estética de la afición el que un trío de bocazas, que ni siquiera relatan bien el partido, se haya instalado en el gusto mayoritario? ¿Y si aquí radicara su acierto, precisamente en liberarse de celo absorbente de las acciones sobre el terreno?

Respondamos con otra pregunta esencial: ¿La función de la narración deportiva en la televisión es traducir simultáneamente lo visible en el cuadro? En la radio sin duda, obvio, porque no se ve. ¿Pero en la tele? Esto que en principio marcaría una gran diferencia entre las narraciones para uno y otro medio; resulta que no es tanta. Como si los relatores se hubieran quedado atrapados en las fórmulas pretelevisivas, generadas en la radio, cuando la cobertura literal de las acciones no dejaba tiempo casi para nada más, excepto, los indispensables anuncios.

Una descripción verbal de lo visual es reiterativa, lo que en buena medida pasa en la televisión, donde este trío se ha distinguido por dejar de cierta forma que la imagen transmita la información que le corresponde y ellos acompañar, complementar, acentuar o contrapuntear desde fuera del cuadro. No sé qué tan conscientes sean de que es el valor agregado que le da la palabra a la imagen lo que mejor se acomoda a la percepción audiovisual. Si para esa clase de valores agregados, para ese estilo pues, muchos prefieren un seguimiento fiel que nos informe que ése que parece Guardado, desbordando y centrando al que parece Oribe, es precisamente Guardado desbordando y centrando, es otro tema: de gustos y disgustos.

“Echan tanto desmadre que se les olvida narrar lo que está pasando, pero son divertidos”, se dice generalmente. Yo creo que es precisamente por ese “olvido”, por esa autonomía que responde al acoplamiento diferencial y armónico de la imagen y el sonido, por lo que finalmente resultan preferidos.

Señalamos la subordinación del sonido a la imagen que crónicamente padece la televisión y que en diversas colaboraciones hemos puesto de relieve, pero que paradójicamente resulta de una desconfianza en lo visual. Una sospecha de que el cuadro deja fuera tantas imagenes que requiere un entorno sonoro que la contenga, que la fundamente; pero que sea rigurosamente aliada; como si a la pantalla le amenazara la esencia, indeterminada, traslucida, incluyente, promiscua, de lo acústico.

Desde sus orígenes radiofónicos, las transmisiones de eventos deportivos contienen, en su dispositivo y formato, el ideal de noticiero: el relato fiel e instantáneo de lo que acontece, y que no por objetivo pierde su potencial emocionante y atractivo. El drama que se transcribe al vuelo de la palabra que narra y se contagia de una intensidad; sin embargo inocua; si lo comparamos con un huracán, el magnicidio, la catástrofe. La polémica apasionada y encendida, modelo libérrimo de discusión que sin embargo no conlleva riesgo de agitaciones sociales. Sí: también la política por otros medios. La noticia deportiva es nada menos que el recuento inmediato y objetivo de los sucesos con el interés que nunca despertaría en las grandes masas las políticas de fomento a la exportación o la tasa anual de inflación. Fue en la palabra de la radio donde el periodismo deportivo configuró sus códigos expresivos y los heredó a la TV. De ahí, quizás, la inercia histórica que todavía manifiestan esas trazas radiofónicas en las voces casi siempre invisibles que aún hoy parecen compelidas a refrendar lo que se ve.

Y no es sorpresa también que los vínculos históricos de la radio y los deportes se remonten a los orígenes mismos del medio. Desde la legendaria (por incierta) carrera de yates de la costa este de EU, la cual transmitió Marconi a bordo de su estación flotante “Elettra”, que sería la primera que él realizó, hasta las primera transmisión deportiva confirmada, lanzada desde Nueva York el 14 de septiembre de 1923 con la pelea de box entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey. Como el radiodrama, las noticias, incluso el radioarte, los géneros radiofónicos se conformaron en su infancia y perviven hoy en sus mutaciones multimedia.

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