Jordi Torre

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Es un aforista y narrador que no publica en papel, pero escribe a diario. Melómano, cinéfilo y orgulloso lector, es amante de su mujer y de sus tres hijos.

Elogio de las putas

Este artículo se publicó originalmente el 14 de febrero de 2014.


Me dieron ganas de responderle con mi prosa más directa: ¿me sabes algo, o me hablas al tanteo? Me las aguanté y releí la invitación de Marco Levario Turcott, director de esta publicación: “Quiero saber, querido Jordi, si quisieras escribir para etcétera un ‘Elogio de las putas'”.

Le había quedado tan mal, y tantas veces, que no tuve otra opción que aceptar. De putas sé tanto como de Twitter, nuevas tecnologías, adictivas series de televisión, y finanzas personales. Léase: un poco más que nada. Pero nada de lo humano me es ajeno -ajá, dirá mi mujer-, así que decidí aventurarme.

Elogio, de entrada, y para fijar una posición al respecto, a las putas que alquilan, arriendan o rentan su cuerpo y sus caricias de manera libre y voluntaria. A las que así lo decidieron y no fueron robadas, ni secuestradas, desde niñas, adolescentes, o ya adultas. Elogio a las que defienden el derecho a ejercer la prostitución, a ser sexoservidoras, y protestan por el acoso y abuso policiaco, o de algunos transeúntes. Elogio a las mujeres y a los hombres que hacen con su cuerpo lo que quieren.

Elogio, también, a las putas que saben decir que no, a las que se atreven a rechazar a un cliente potencial por seguridad, higiene, modales, actitud o intuición. No por raza, credo o ideología.

Mi elogio es generoso y agradecido, asimismo, hacia las putas que algo tienen de buenas actrices, de convincentes visionarias de las inexistentes o exiguas virtudes, cualidades y fortalezas de los hombres que las contratan. Las que les chulean la corbata, la chamarra, el peinado, los ojos, las cejas, el bigote. Las que aplauden un deseable físico que solo ellas ven. Las que gozan y gimen con sus movimientos, su destreza, su longitud y su grosor. Las que dicen que eres, o estás, buenísimo. Las que susurran qué rico estás, papacito. Las que mienten formidablemente, hasta con la mirada, hasta con el tono de voz.

Mi elogio es longevo, legendario, cultural; más tradicional que políticamente correcto, más idílico que posmoderno. Es el elogio de la puta de buen humor, de buen oído, paciente, tolerante, permisiva, besucona, tentona, que se olvida por instantes de que está chambeando, que pone en práctica eso que tanto dicen ahora los líderes de empresa: que si uno no se divierte, no vale, y se involucran, aunque sea un poquito, y sienten, y tal vez hasta se excitan y gozan.

Mi elogio, también melodramático, es para las putas que tienen algo de Andrea Palma en “La mujer del puerto”, de Lupita Tovar en “Santa”, de Giulietta Massina en “Las noches de Cabiria”, de Yvonne Elliman en “Jesucristo Superestrella”, de Jodie Foster en “Taxi Driver”, de Catherine Deneuve en “Bella de día”, de Julia Roberts en “Mujer bonita”, de Elisabeth Shue en “Adiós a Las Vegas”, de Mira Sorvino en “Poderosa Afrodita”. Es, por supuesto, un elogio rimbombante para las putas a las que, una vez más, y por toda la eternidad, podría volver a cantarles, al oído, de rodillas, y al borde de la cama, un Agustín Lara en permanente viaje heroico y parnasiano (“Te vendes, ¿quién pudiera comprarte?”), o un Joaquín Sabina todavía empeñado en hallar “a la más señora de todas las putas, o a la más puta de todas las señoras”.

Elogio también a las putas que no son putas. Me explico: elogio a esas mujeres que todos los días, en todos los pueblos y ciudades del mundo entero, salen de sus casas y se visten, y caminan, y se comportan como se les pega la gana, y no están dispuestas a que otras mujeres, u hombres, de numerosos y pesados prejuicios les digan que son putas por su forma de andar por la vida. Estoy convencido de que ninguna forma femenina de vestir o comportarse le da derecho a un macho de agredir verbal o físicamente a una mujer. No es no; ¿entendieron, cabrones?

Elogio, asimismo, a todas las mujeres a las que no les preocupa ni les quita el sueño si lo que hacen, piden o gozan en el ámbito de lo erótico, las convierte en putas, dicho en el lenguaje más simplista, incorrecto e impreciso de las convenciones. Si explorar, curiosear y disfrutar plenamente y sin culpa convierte a las mujeres en putas, pues el que esto escribe por supuesto que elogia a las putas, a todas ellas, a las que ya lo eran y a las que feliz y gozosamente se irán acumulando al contingente día con día.

Elogio también, lector voraz y agradecido, a las putas que aliviaron el intermitente spleen de Charles Baudelaire y le incitaron a redactar algunas líneas desbocadas; a las que conversaron con E.M. Cioran, aplacaron su ansiedad y entretuvieron su insomnio; a las que copularon, brindaron y le hicieron creer a Henry Miller y a Charles Bukowski que la vida era gozable, bebible, vivible y redactable.

Elogio, sí, lo confieso, a las putas, aunque no las procure, ni las corteje, ni les cante, ni les declame poemas, ni les ofrezca redimirlas; aunque ahora mismo piense que no debería haberme metido en este berenjenal. Pienso que debí quedarle mal otra vez a Marco Levario Turcott, limitándome a solicitar, junto con Jaime Sabines, que canonicen a las putas, y citar un puñado de sus argumentos: “No exiges ser amada, respetada, atendida, ni imitas a las esposas con los lloriqueos, las reconvenciones y los celos. No obligas a nadie a la despedida ni a la reconciliación; no chupas la sangre ni el tiempo; eres limpia de culpa; recibes en tu seno a los pecadores, escuchas las palabras y los sueños, sonríes y besas. Eres paciente, experta, atribulada, sabia, sin rencor”. Elogio, también, a Sabines, que alguna noche elogió a las putas, pidió su canonización, y, hasta donde se sabe, no lo corrieron de su casa.

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