Cinque Terre

Ignacio Herrera Cruz

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Analista

Elemental querido Watson

Tras 18 meses de ausencia, como regalo a sus espectadores de año nuevo de este 2012, la BBC trajo de vuelta la serie Sherlock. Esta producción transporta al siglo XXI al más famoso de los detectives de la ficción, creado por Arthur Conan Doyle en la novela Un estudio en escarlata y que a partir de entonces adquiriría vida propia.

En su proyección inicial en el verano de 2010, Sherlock fue recibido con una gran aceptación del público, que se incrementó en esta oportunidad. Además, obtuvo el reconocimiento al mejor drama de los premios de la British Academy of Film and Television Arts (BAFTA) para ese año.

La influencia de Sherlock Holmes, como la de Drácula otra invención de la era victoriana, ha sido inmensa en la cultura popular, permanece vigente y evoluciona. La silueta de Holmes está presente en la estación de metro londinense en la calle en la que su ubicaba su supuesta morada, y su forma de desenvolverse ha influido a muchos personajes contemporáneos como el Dr. House o al Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa de Umberto Eco.

¿Qué tiene de especial este Sherlock? Creada por dos de los escritores/productores más importantes de la televisión inglesa, Steven Moffat y Mark Gatiss, la serie cuenta con un estupendo reparto encabezado por el treintañero Benedict Cumberbatch (Sherlock Holmes) famoso en Gran Bretaña por interpretar a hombres intensos como Vincent van Gogh y Stephen Hawking y Martin Freeman (John Watson), que le dan una gran química al dúo que encarna a estos personajes míticos.

Lo esencial, sin embargo, es que la adaptación logra transportar situaciones e ideas pensadas para la era industrial a la del mundo digital. De esta forma Watson no escribe historias que se volverán populares cuando se publican, sino lo hace mediante un blog. Las informaciones se recolectan a través de los teléfonos celulares y no por telegramas y Londres que por los Juegos Olímpicos pronto estará muy en boga, multicultural y con el “London eye” sigue tan vigente como el neblinoso e intrigante que describiera Conan Doyle.

Esa metrópolis acelerada al borde de cualquier cosa es un personaje más de la serie, lo que le da autenticidad e inmediatez. Holmes sigue viviendo en Baker Street 221B, pero el vestuario que utiliza Cumberbatch, en especial su abrigo, lo ha vuelto una moda muy seguida. Además Sherlock puede burlarse de sus propias referencias desarrolladas a lo largo de los años, como la gorra de cazador que en un momento dado se coloca al resolver un caso, con lo que capta la atención de la prensa que lo vuelve una celebridad.

Financiada con dinero de los contribuyentes y considerada de interés nacional, la BBC puede permitirse desarrollar un programa sin las presiones de la televisión comercial. De esta forma decide si para una serie lo correcto son 3, 7 u 11 episodios y no tiene que sacar temporadas subsecuentes a la pantalla con una periodicidad fija, es decir, al año o a los seis meses.

Tampoco está sujeta a los 21 o 42 minutos reales de los programas estadounidenses: en contraste, cada emisión de Sherlock dura 90 minutos, lo que le otorga a cada capítulo la contundencia de un mediometraje. Además, los creadores pudieron enlatar y regrabar el programa piloto, ya que no los convenció, aunque se puede ver si se adquiere el dvd de la primera temporada.

Los productores acudieron a las novelas y relatos originales, no trataron de inventar o interpretar, lo que vuelve conocido lo que se nos da, pero a la vez se logra algo fresco. Es decir, satisface tanto a los que conocen a Holmes a través de la obra literaria, como a quienes lo han asimilado por la vía audiovisual, y a quienes desconocen la fuente primaria y se acercan por vez primera y el título les dice algo vago pero famoso.

De esta forma “Un escándalo en Belgravia”, es la puesta al día del cuento “Un escándalo en Bohemia”, en el que Holmes encara a la única mujer, Irene Adler, que considera su par en audacia e inteligencia. Pero en Sherlock Irene (Lara Pulver) no sólo aparece desnuda, cubriendo su cuerpo estratégicamente, lo que sin embargo provocó centenares de quejas a la BBC, sino que es una prostituta muy cara especializada en los juegos de dominación. Pero ello sólo forma parte de una trama complicada y atrayente.

Y así, a lo largo de cada capítulo un holmesiano puede ir detectando o deduciendo de cuál historia se sacó qué trama; en ciertos casos la referencia es nítida, en otra exige más tiempo.

Las dotes de observación que caracterizan al detective inglés permanecen en la serie, no se subordinan sino que completan los avances científicos que se vivieron entre el descubrimiento del teléfono y el uso de Internet. Por lo tanto Sherlock es creíble bajo la óptica de que no estamos hablando de un personaje de carne y hueso y de que no vemos un documental. El manejo de la forma en la que testimoniamos en pantalla las observaciones y razonamientos de Holmes, logran ser innovadores aunque son en el fondo clásicos.

Esta forma de producción nos ofrece una ventana a lo que pudo haber llegado a ser la televisión pública en nuestro país. Cierto es que el Canal once ha experimentado en los últimos tiempos con programas que emplean un lenguaje más cotidiano, cuidan más las actuaciones y se han filmado a la usanza del cine, pero a pesar de su calidad y de que han tenido un éxito relativo, siguen siendo marginales frente a lo que se emite cotidianamente en las grandes cadenas comerciales.

Sherlock es un producto gourmet, sin embargo, muestra que la televisión, a pesar del crecimiento de Internet como medio de diversión, sigue jugando un papel central en la vida pública y en el entretenimiento colectivo. Hasta el momento sólo puede verse en la televisión de paga, esperemos que una televisora nacional la adquiera y le de mayor difusión, vale la pena.

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