Joyeria de plata mexicana para cautivar
Cinque Terre

Vania Maldonado

Escritora

El vigilante

Soledad vivía sola. Siempre le agradó la sensación de no tener a nadie cerca. Eran ella, sus hábitos, horarios y su territorio convertido en fortaleza. Entre ventanas selladas, cortinajes pesados y penumbras protegía al cuerpo de la niña que creció con el horror de la madre recostada en el espejo rojo de su propia sangre, del padre enloquecido de celos pisoteando la cabeza de aquélla a quien, entre golpes y besos, le cantaba rimas amorosas.

Soledad fue arrumbada entre otros niños olvidados. Dibujaba, siempre dibujaba en sus cuadernos y paredes, en el piso, en las sábanas percudidas del depósito de niños huérfanos. Nunca más quiso a nadie cerca. Entre luces mortecinas pintaba cuadros de aves, valles y soles. Esas imágenes de libertad le daban su pan.

Cuando salía al mundo, siempre la acompañaban historias de terror que ella misma tejía. Curiosamente conjuraba al miedo con el miedo. Se emocionaba si, según ella, algo en casa cambiaba de lugar o un sonido extraño se escuchaba, hacía conjeturas. Para Soledad era mejor no explicarse nada y dejarlo todo en el terreno de lo imaginario. ¿Qué sentiría si fuera poseída por un demonio? ¿Podría conocer otra dimensión?

Era tal su manía que únicamente veía películas de terror y prefería los finales trágicos. Por eso nada de amigos o amantes. Nadie que perturbara su paz. Hasta que inesperadamente llegó alguien a hacerle compañía en contra de su voluntad.

Fue en un día común, corriente. Caminaba por la calle cuando su mirada se cruzó con unos ojos azules, rasgados, penetrantes. El dueño estaba agazapado. Después la observó detenidamente desde una azotea, en posición de ataque, mientras ella pasó frente a él, sin perder contacto con las azules córneas. Fue el encuentro que anunció la batalla.

Pasaron horas antes de que ella regresara a casa. Antes de entrar un viento helado le arrancó un gemido, cruzó los brazos para cubrirse. El ambiente le pareció melancólico, con hojas que se levantaban y la tierra que impedía la visibilidad. El asfalto era un escenario fílmico.

Se detuvo de golpe. En la misma azotea, pero ahora en posición de esfinge, el dueño de los ojos azules la esperaba sin perderla de vista. Cuando entró a su santuario puso a todo volumen una canción llamada Karma, fuerte, desconcertante, depresiva, enojada. Se quedó dormida, hasta que el silencio la despertó. Se acercó a la ventana para abrirla y dejar pasar el aire.

Lo que vió la dejó con la boca abierta. En la acera de enfrente daba vueltas sobre un mismo lugar el indeseado acompañante. La miraba fijo, desesperado… Ella pensó que quizá algo en su aroma o su humor le llamó la atención.

Pero hasta el momento no se sentía con ánimos de socializar, de tener cerca a otro ser vivo. Salió nuevamente y a su regreso no solo la esperaba el mismo clima. Ahí estaba él otra vez. Estaba sentado en la esquina, con descaro, como si ahora quisiera hacer evidente que la esperaba.

El verlo ahí, con tanta desfachatez, hizo que ella lo rodeara con temor. Ya no le aguantó la mirada, le dio la espalda y no quiso voltear, caminó con rapidez. Podía sentir que la seguía. Se sintió como cuando era niña. Intentó abrir la puerta, la llave se cayó, le temblaban las manos, hasta que por fin adentro pudo respirar.

Corrió por las escaleras, al llegar a la ventana se asomó, con temor movió un poco la cortina. Aunque solamente vio a la vecina que barría su patio, tenía la certeza de que estaba escondido, mirándola, como en aquellas películas en que el asesino observa a su víctima y se regodea en el miedo que ha logrado infundirle, a la espera de su distracción para masacrarla a su gusto.

Toda esa noche fue de total paranoia, por primera vez deseó tener a alguien cerca. Pero estaba sola y tenía que cuidarse. Cada que salía de una habitación primero asomaba la cabeza en espera de otro encuentro. Las horas parecían eternas, se despertaba a cada rato con el corazón agitado, miraba debajo de la cama y rogaba por el amanecer.

Ya empezaba a salir el sol y se apresuró para salir de casa lo más pronto posible. Al salir revisó todo el espacio, tenía la certeza de que estaba por ahí escondido, disfrutando verla sufrir. Pero nadie estaba ahí. Eran ella y el sonido de los grillos. Sus pasos apresurados hacían eco. Huyó, no quería regresar y verlo ahí nuevamente.

Todo el día recordó tan extraños encuentros y por primera vez buscó explicaciones lógicas. Seguramente eran simples coincidencias. Se tranquilizó un poco, ya no le extrañaría verlo otra vez.

Ese día iba concentrada en una canción llamada Lethargy. Mantenía la mirada fija en el suelo cuando entró con toda tranquilidad a su fortaleza. Al cerrar la puerta, levantó la mirada: él estaba frente a ella. Sinuoso, esbelto, con sus ojos azules y el pelaje gris. Abrió la puerta, le sonrió y, como si en realidad la entendiera, dijo cuando lo sacaba: “No te pienso adoptar, minino, sería pésima cuidándote”. Había dado por terminada su interacción, quizá no se lo volvería a encontrar por varios días, después el animal se aburriría y por instinto buscaría otro lugar a donde irse. Son animales independientes, herméticos, misteriosos, nunca sabes dónde están realmente, van, vienen, desaparecen, como poseídos por almas en pena.

Esa noche, tranquila, escuchó música hasta quedarse profundamente dormida. Al poco tiempo se sintió agitada, con la sensación de que alguien la vigilaba. Sintió terror, el gato estaba sentado en su pecho con gesto enfurecido. Se levantó de golpe, quiso quitárselo de encima.

Recibió zarpazos por doquier, el animal ni siquiera hacía ruido, estaba concentrado en atacar, mientras los gritos de ella se escucharon hasta la calle. Las garras se aferraban a su rostro, la cabeza, los labios que sangraban profusamente. La agredió con una furia incontenible hasta que logró arrancárselo de la oreja y el párpado, lo aventó hasta una esquina de la habitación y corrió a ocultarse al baño. Estuvo ahí por unos minutos.

Después de un rato fue a la cocina, tomó un cuchillo, ni siquiera se le ocurrió pedir ayuda. Se miró en el espejo del baño, le dio coraje verse así y dijo: “Ah, ¿entonces es a la fuerza?”. Fue al cuarto, lo buscó por todas partes, en la sala, la cocina, abrió la puerta que daba hacia el patio. El gato pasó entre sus piernas, con un maullido que la altero aún más. Fue tras él, por poco lo toma de la cola cuando él subía por las escaleras.

Llegó hasta la azotea, ahora ella era la victimaria, quería destrozarlo, desmembrarlo como ya había visto en tantas escenas de terror. Lo llamaba: “Bishito, bishito, no te voy a hacer daño, solo quiero dejarte otros veinte ombligos”. Retiraba la sangre que le escurría por la cara, lo veía moverse alrededor de ella, ocultándose en la oscuridad, retándola.

Volteó hacia una esquina de la casa, ahí estaba sentado de espaldas. Se acercó en silencio, de puntitas para no hacer ruido. Cuando estaba justo atrás de ese pequeño agresor, su mano acarició los pelos. Con un solo movimiento tendría su espina dorsal entre las uñas. Pero el gato dio un salto, en cámara lenta, hasta la otra azotea. Fue instintivo, ella brincó tras de él y mientras volaba por los aires, imaginó que habría sido de mucha ayuda tener un compañero de cacería.

Así no habría lidiado sola con ese animal, con el miedo que le infundió. Así su cara no estaría cubierta de arañazos, de esa sangre que le recordaba el viejo espejo rojo en el que flotó su madre hace años. En cinco segundos, mientras caía al vacío, pensó en las desventajas de ser Soledad y se dijo: “Ojalá hubiera preferido la compañía de alguien”.

Una reja puntiaguda la esperaba abajo.

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