El tribunal del espectáculo

Opinión

Una cortina de humo es una cortina de humo es una cortina de humo


Para someter a los otros hay que encubrir la verdad de un modo u otro. La libertad precisa del desocultamiento como el sometimiento necesita el ocultamiento. Someter al otro es quererlo sustituir, y muy pocos se dejan sustituir conscientemente. En la misma medida que la verdad está adherida al descubrimiento, la mentira está casada con el encubrimiento. Por eso todos afirman que descubren la verdad, aunque en realidad la encubran. Y también por eso abundan quienes ven y denuncian cortinas de humo en todas partes. Quien despeja el humo encubridor estaría del lado de la verdad y la libertad, eso se antoja indiscutible. ¿Pero qué ocurre cuando la verdadera cortina de humo consiste en ver y denunciar cortinas de humo en todas partes? Pues ocurre que se añaden más capas de ocultamiento a las que de por sí existen, en un gesto que aumenta la probabilidad de hacernos derramar la bilis antes de los treinta.


Con la captura de “El Chapo” Guzmán se propagó la especie de que era una cortina de humo para encubrir la subida del dólar y no sé cuántas cosas más. Para escribir estas líneas vi un video de Pedro Ferriz de Con. Un sólo ejemplo, pero vaya qué ejemplo. Con el objeto de curarse en salud, Ferriz de Con advierte que la suya es una especulación. Y enseguida ironiza su dicho para hacer sentir que constituiría una imperdonable ingenuidad no creer que la cortina de humo que él despeja es, efectivamente, una cortina de humo. Y entonces yo me pierdo entre tanto humo a pesar que hace horas apagué mi último cigarro. Porque si algo me queda claro, es que existen muchas cortinas de humo. La que Ferriz extiende invita, por ejemplo, a un fumado barroquismo: una cortina de humo extendida con el objeto de despejar cortinas de humo que sólo existen para poder afirmar que existen cortinas de humo que resulta perentorio despejar con cortinas de humo que se extienden para despejar cortinas de humo que…


Una obra de arte mal hecha


En un momento memorable Luis Cardoza de Aragón definió la pornografía como una obra de arte mal hecha. Algo parecido puede afirmarse del performence ejecutado por Kate del Castillo, Sean Penn y el Chapo Guzmán. Ya desde la enunciación del elenco puede advertirse cierto tono tragicómico de la pieza: el nombre que llevamos no parece ser inofensivo. El caso fue que la interacción de ese notable elenco arrojó algunas escenas porno que, en lugar de coito explícito, nos ofrecen varias charlas de niños atrevidos de preparatoria. Tal y como si el entrevistado no hubiera mandado matar a decenas de miles de personas. Este pequeño desliz sanguinario se puede escamotear –apenas mencionarlo aquí y allá– en favor del show, la adrenalina y una apuesta ideológica tan brumosa e informe como las supuestas buenas intenciones que la animan.


Como se sabe, A sangre fría, de Truman Capote, inauguró un nuevo subgénero: la nonfiction novel o novela testimonio. En un depurado esfuerzo de combinar el periodismo con la literatura, Capote abrió nuevas vertientes para el periodismo, y también para la literatura. La suya es una obra de arte gracias a un trabajo escrupuloso y penetrante. Nada que ver con “el trabajo” de Kate del Castillo, Sean Penn y el Chapo Guzmán. Vuelve a comprobarse que si toda obra de arte es una aventura, no toda aventura es una obra de arte. Las hay que no arrojan una obra lograda a despecho de las pretensiones artísticas de sus realizadores.


No resulta indispensable citar a ningún filósofo para comprender la admiración que criminales como “El Chapo” despierta en muchas personas. Colocarse por encima de la ley, desafiar el monopolio de la violencia que detenta el Estado y burlarse de las autoridades públicas desde esa posición privilegiada, parece materializar el ideal anarquista que reivindica la libertad individual sobre cualquier coerción política. Confieso que ese sueño me suscita simpatía. No obstante, me resulta imposible olvidar que en los espacios ganados por el narco al Estado, la libertad de las personas se reduce, no se acrecienta. El despotismo de los grandes narcos se revela mucho más cruel y pernicioso que el de las autoridades públicas, así sean éstas leales herederas de una larga tradición de corrupción y patrimonialismo, como sucede en México. Pasa con los grandes narcos lo que con el chavismo, el castrismo, el maoísmo o Pol Pot: que pueden llegar a mirarse como alternativas libertarias cuando arrojan tiranías peores que las que se proponían combatir. Y si un reportaje, una película o un performence que pone en el centro a uno de esos presuntos émulos de Robin Hood no logra dar cuenta de ese despotismo, pues estamos ante una obra fracasada. Sean Penn ha lamentado que su entrevista con “El Chapo” no suscitara ninguna reflexión sobre la impertinencia de la actual política de guerra contra las drogas. ¿Pero cómo podría contribuir al debate si lo más profundo e interesante no fue la entrevista misma, sino su preparación, para hablar claro, el candente chateo entre Kate del Castillo y “El Chapo” Guzmán?


Reír para no llorar


La tentación de someter a los demás es grande,sobre todo cuando se cree detentar la razón. Pero la razón no se detenta, cambia de acuerdo a cada situación. La verdad se descubre en cada momento, no integra una realidad fija que ya sabemos de una vez para siempre. Pero resulta más fácil colocar una opinión a fuerza de afirmar que se sabe lo que no se sabe que en el humilde reconocimiento de que no se sabe lo que no se sabe. Por esa razón muchos medios se integran como tribunales, no como foros, y muchos periodistas actúan como inquisidores y reyes de la especulación, no como periodistas. Habrá pues que reírnos de ellos para no llorar ante su sandez inacabable.

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