Hugo García Michel

¿El rock progresivo y yo? Es complicado

Algo sucede entre él y yo. No es precisamente falta de empatía o incompatibilidad de caracteres. De hecho, cuando lo conocí me gustó bastante: lo encontré atractivo, interesante, fino, hasta misterioso. Sus intrincadas maneras, sus largos pasajes de intensidad, pero también de dulzura, su intrínseca sensualidad, su hechizante presencia. Casi logró seducirme, y de hecho en muchos momentos lo consiguió. Pero luego algo pasó. Se volvió quizá demasiado frío o demasiado elaborado y virtuoso. Sentí que perdía calor humano y que sus intereses se disparaban hacia terrenos que en lo personal no eran atractivos. Entonces me alejé de él, prácticamente lo olvidé. Preferí quedarme con nuestros primeros años de convivencia, cuando todo era más sencillo y amoroso y menos… no sé… helado, pretencioso. Así fue como se rompió la relación entre el rock progresivo y yo. Queda el recuerdo de un viejo amor con él y prefiero que así permanezca.

Los cuatro mosqueteros

¿Cuándo fue la primera vez que escuché rock progresivo? Si es que ese álbum se puede considerar como tal, lo descubrí con el Ummagumma de Pink Floyd, por allá de 1969. Yo tenía 14 años y mi hermano Sergio trajo a casa esa joya que primero provocó mi desconcierto y más tarde una total fascinación que perdura casi medio siglo después.

Si el cuarteto londinense me abrió las puertas al progresivo, fueron Yes y Emerson, Lake & Palmer (ELP) los que me reafirmaron en el mismo con discos como Fragile (1971) y Close to the Edge (1972), en el caso del quinteto de Birmingham, y Tarkus (1971) y Trilogy (1972) en el del trío de Dorset.

Rock progresivo británico ciento por ciento el de estas agrupaciones que, como los tres mosqueteros de Dumas, debían ser cuatro y ese cuarto grupo, el D’Artagnan del género, fue Jethro Tull, que si bien no era estrictamente progresivo, lo fue al menos en uno de mis álbumes favoritos de todos los tiempos: el Thick as a Brick de 1971.

Quizá siendo muy exquisitos, podríamos decir que en realidad el primer grupo progresivo de la historia fue Traffic, con esas composiciones en las que se combinaban el rock, el folk, el pop y el jazz con una finura infinita. Pero dejémoslo en les quatre mousquetaires mencionados.

El lado oscuro de las cosas

No sé si sea la cumbre del primer rock progresivo, pero si una grabación me hizo estremecer en su momento fue el Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

Sé que mencionarlo hoy suena a lugar común. Sin embargo, cuando apareció en 1973, significó un shock para quienes lo escuchamos sin previo aviso. Yo tenía 18 años y un amigo muy cercano lo compró… ¡importado!

Recuerdo aquellas sesiones con el tocadiscos a todo volumen y mis cuates y yo tirados en el piso con las luces apagadas y los ojos cerrados (no nos metíamos nada, éramos fresísimas, pero aun así El lado oscuro de la luna era toda una travesía mental).

Fue la cúspide de mi relación con el progre, y hasta ahí llegué. Podría mencionar otros discos que también me encantan, pero de los mismos grupos: Aqualung (1971) de Jethro Tull, Pictures at an Exhibition (1972) de ELP, Tales from Topographic Oceans (1974) de Yes, o Animals (1977) de Pink Floyd.

Para que me odien los progres

No mencioné a Genesis, lo sé. Pero es que Peter Gabriel y compañía nunca alcanzaron a emocionarme. Su música siempre se me hizo bonita, pero fría y demasiado inasible… y (¡pecado capital!) el progresivo italiano nunca me entró (con decir que lo único que me gusta es “Dolcissima Maria” de Premiata Forneria Marconi) y el alemán prácticamente no me interesó (bueno, por ahí tengo el disco Le Parc -1985- de Tangerine Dream, y es bastante bueno).

Proyectos como Gong, Gentle Giant o Camel me pasaron de largo, para no mencionar a grupos de otras latitudes y solo aptos para expertos en la materia.

Ésa es mi complicada relación con el rock progresivo. Espero que los progres (y no hablo de política) me perdonen.

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