Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

El puente de Alvarado

Escribir una columna mensual tiene ventajas y desventajas, en el rimer caso se cuenta con la posibilidad de permitir que la histeria de la coyuntura se disipe y el enjambre de opiniones instantáneas alcance cierta estabilidad. Las desventajas paradójicamente son parte del mismo problema, hemos sido testigos de que un tema que estalla tiene la longevidad del ciclo de vida de una mosca; pasamos de las olimpiadas, a la muerte de Juan Gabriel que fue sucedida por el escándalo Alvarado y culminó con la visita de Trump. Todo en el transcurso literal de horas. Ello dificulta nuestra labor ya que cualquier cosa que uno opine puede ser un pronóstico fallido o carente de los elementos que van emergiendo día con día. Por ejemplo, en mi columna de las olimpiadas vaticiné la renuncia de Alfredo Castillo, no porque la deseara sino porque imaginé que el (obviamente inexistente) círculo de asesores del Presidente, tendría una suerte de control de daños.

 

 

Valga el preámbulo anterior para comentar el incidente padecido por Nicolás Alvarado a raíz de su comentadísimo artículo en Milenio que fue comparado con la irrupción de un borracho con serpentinas y trompetas en la serenidad de un funeral.

 

 

Lo primero que hay que decir es justamente que ya nada se puede decir sin pisar algún callo de susceptibilidades que en estos tiempos de redes son magnificados. Acabo de Leer que el gobernador de Hidalgo escribió: “Cuando fui Secretario de Educación hace 23 años el índice de analfabetismo en #Hidalgo era del 25%. 1 de cada 5 no sabía leer ni escribir.” Evidentemente nuestro epónimo gobernante se cuenta en la muestra ya que 1 de cada 5 es 20%. Es lo de menos, en este instante empieza el proceso de canibalización y pitorreo que durará (estimo) unas tres horas. Con Nicolás el caso fue diferente ya que su propia renuncia le atizó un poco más de leña al fuego.

 

 

Llamó mucho mi atención que en este país en el que nos da por la opinadera prácticamente nadie recurre a las fuentes. Podría asegurar que la enorme mayoría de los opinantes no leyeron el citado artículo y afirmaron que el articulista había llamado “joto” y “naco” al divo de Juárez, cosa que cualquiera que haya leído la opinión de marras sabe que no ocurrió.

 

El segundo tema es que para las buenas conciencias parecería que hay que guardar una especie de luto de opinión antes de emitirla. Ha quedado claro que si a alguien no le gusta Juan Gabriel, y debe haber cientos, pero lo expresa un par de días de su muerte se convierte en una especie de delincuente que tiene que ser sancionado con una picota pública. Otro elemento rarísimo que me recuerda a Soler e Infante gritando: “¡Le hablo como padre y no como autoridad!” es el de la calidad de funcionario universitario de Alvarado que por lo visto no le da derecho a tener una opinión propia ya que cualquier comentario sería interpretado como “LA UNAM opina que no le gustan las lentejuelas no por jotas sino por nacas”, lo cual es simplemente idiota.

 

 

Finalmente tampoco entendí la renuncia de Alvarado, que le hizo un flaco favor a las capacidades o incapacidades que tenemos algunos para emitir una opinión. Supongo que un hombre de la inteligencia de Nicolás sabría advertir que su artículo iba a levantar el revuelo que levantó y que él asumiría parsimoniosamente el vendaval, pero no fue así. Cuando ya nadie hablaba del tema renunció, o lo renunciaron, que es una posibilidad.

 

 

Se puede argumentar que Alvarado escribió una nota pedante y snob. Hasta donde alcanzo a entender ello no es delito ya que el privilegio de un lector es detenerse en la lectura en el justo momento en que lo que lee no le parezca. Sin embargo, insisto, son tiempos de hogueras medievales en las que los nuevos inquisidores son tuiteros y feisbuqeros. Habrá que andar con pies de plomo y yo de plano me anticipo y declaro que no me gusta el reguetón antes de que alguno de sus distinguidos intérpretes se nos adelante en el camino.

 

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