Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

El problema de la verdad (I)

Hacia una caracterización de la web semántica.

El día que me siento a concluir la redacción de este artículo, me encuentro con tal cantidad de contrastes y viralidades ad-hoc que no puedo resistirme a editarlo para que diga, por lo menos en lo retórico, un poco acerca de estas inauditas vicisitudes. Casualidad no poco feliz será, también, que el lector encuentre algo en qué pensar mediante estas cavilaciones. Si el amable lector o lectora me han acompañado hasta ahora en esta serie enmarcada en el análisis semiótico y peregrino de la idea de la web semántica, darán cuenta de que mi aproximación tiende a lo estrictamente personal y, al mismo tiempo, aspira de una manera tímida a inmiscuirse en las repercusiones culturales, personales, epistemológicas y tecnológicas de su eventual implementación “en la realidad y en los hechos”. Ya la imagen de “la realidad” impuesta a una idea que no tiene otro marco posible que lo virtual resulta caprichosa, veleidosa; se escurre entre los dedos y se antoja extrañamente masturbatoria. No es difícil, a pesar de ello, que hoy dotemos a la inasible esfera digital del conocimiento de las características de algo personificable, existente per se, hasta común; que aceptemos sus reglas y que la dotemos de significados permitiéndole intervenir en nuestra vida, cuando no asumiéndola como una especie de cajón de los recuerdos, de colección de afanes y desasosiegos, de biblioteca inagotable; que le otorguemos la realidad de un mapa, evanescente, sin embargo, de nuestra vida y sus intrincadas o simplonas conexiones. De las nuestras y de las de la humanidad toda. Si aventuráramos una ontología que englobe las interconexiones tangibles, es decir táctiles, del ardid virtual, podríamos hablar de la “Digitalia”, del reino de todo aquello que es digital, binario o electrónico; tanto como hablamos de la Animalia o la Metazoa. Esta ontología no es invención mía, empieza a circular ya en diversas reflexiones teóricas.

Permítaseme aquí una digresión para explicar eso que caracterizo como “casualidades”. Escribía hace un par de días algunos de los párrafos que el lector encontrará más adelante, en torno a la idea de “verdad” y a las repercusiones que en mi opinión esa idea tiene en cualquier ontología codificable. No sin sorpresa, me encontré con tres eventos que me llevaron a repensar lo que había escrito antes. El primer evento fue más bien lastimero y adultista: Noam Chomsky salió a decir, con ese entusiasmo con el que opina últimamente en su calidad de celebridad, que en su opinión la web era un desarrollo menor y que a él le parecía que el telégrafo, en su momento, había sido mucho más importante en la reducción de las brechas entre la información, el conocimiento y sus receptores. Esto, leído en un resumen majadero que la página web de la BBC, a su vez, hacía de sus declaraciones; sospechosamente, casi dándole la razón con ese tufillo de rapidez y celeridad obtusa que cada día le cuesta más caro al periodismo.1 El siguiente evento fue aún más interesante (no porque Chomsky no sea lo suficientemente interesante, sino porque la BBC le escatimó ese interés): la viralización de fotos trucadas que demostraban que a los glaciares derretidos en la Antártida les están brotando, agárrese usted del asiento, “pirámides”.2 Multitud de personas a las que respeto por su sagacidad y lucidez se declararon fascinadas ante tal “hallazgo” y republicaron la azarosa información aún a pesar de la clara modificación de las fotografías, aún a pesar de que bastaba con buscar imágenes de la pirámide de Kefren para darse cuenta de que ésta había sido impuesta al paisaje glaciar de la forma más majadera posible y aún a pesar de lo obtuso y antojadizo de la “noticia”. El tercero, triste y delator de más de un horror, fue el escalofriante veredicto que exoneró al pistolero “blanco/ hispánico” George Zimmerman de la muerte del joven negro Treyvon Martin y la intensa, inevitablemente racial y política reacción que se sucedió en Estados Unidos.

Cabe decir que fue curiosamente la curva de adultismo de las declaraciones -desafortunadas hasta lo imposible-, de Noam Chomsky la que me llevó a sorprenderme, casi a alarmarme, de la curva que a su vez siguieron los otros dos eventos. En el caso de las pirámides de la Antártida no fue el sentido común o alguna racionalización cientificista lo que prevaleció; ante mi sorpresa, la mayor parte de las personas que dieron por agotada la discusión lo hicieron con el argumento de que “si esto fuera verdad, ya habría aparecido algo en la CNN o en la BBC”; Chomsky podría haber zanjado el entuerto diciendo que no había recibido ningún telegrama al respecto. Lo cierto es que no sólo fue sorprendente la validación de dos o más de las siglas de los gigantes corporativos de la información como portadores de verdades, sino la obliteración de cualquier pasaje que llevara a la lógica elemental a ganar el debate ante la contundente supremacía de los medios corporativos como estandartes de la información “verificable”; particularmente cuando la información estaba surgiendo de cientos de paginitas web de poca monta. El otro caso no fue tampoco menos extraño: en medio del desasosiego por el “veredicto zimmerman” encontré, para mi no poca fortuna, que uno de los video blogs más importantes sobre filosofía en lengua inglesa dedicaba 35 minutos a justificar, powerpoint en mano, la inocencia del pistolero blanco/hispánico (insisto en usar esa caracterización porque no deja ni un segundo de parecerme sospechosa y sorprendente) en un post que no podía sino llevar por título “La Verdad Sobre George Zimmerman y Trayvon Martin”.3 Las mayúsculas no son mías.

Recordé de inmediato el prefacio del libro de Stephen Hawking El Gran Diseño, en el que el científico/celebridad (uno más, como si hicieran falta) inicia su circunloquio con una rápida declaración de “muerte clínica” de la filosofía y diciendo, por qué no me extraña, que es a la luz de la razón científica -y particularmente de la física cuántica- donde las preguntas que antes le correspondían a la metafísica pueden hallar alguna respuesta plausible.4 La integridad del matrimonio semántico metafísica/física cuántica ya me la explicarán ustedes, pero lo intenso e interesante aquí es que, probablemente, nunca hemos sentido de manera tan tangible la tensión entre la “verdad” como bandera de la razón y las innumerables contradicciones que su caracterización en la realidad le traen irremediablemente. Si se hiciera una lista de todos los “ismos”, metafísicos y religiosos, científicos y literarios, ideológicos y artísticos que hemos padecido y que seguiremos padeciendo en nuestra búsqueda del sentido, podríamos arrancarle a cada uno su “verdad” y su fracaso ya desde el nombre, y por el nombre mismo: comunismo, capitalismo, cristianismo, surrealismo, anarquismo, panteísmo, liberalismo, determinismo, asociacionismo, y así hasta el infinito (o el infinitismo, ya que estamos).

Si ante la invención de la imprenta y de los caracteres móviles, el mundo de los sabios, del pensamiento y de la palabra, se imaginó un cambio radical en la conciencia de los seres humanos, fuera por la “mezquina” idea de expandir los alcances del evangelio o por la “generosa” idea de ofrecer los avances de la ciencia iluminista hasta los últimos rincones de nuestra ignorancia, asistimos ahora, con suma perplejidad y siglos después, al diálogo de diálogos, al amanecer de una era en la que todas las ideas se rozan y se sacan chispas, aceptables e inaceptables, paradigmáticas y paradójicas, “ciertas” y “falsas”. La ignorancia no ha hecho sino ganar formas más complejas, elaboraciones más pretenciosas, diplomas de religión e ideología, y la ciencia no ha sino avanzado a la arena de los dogmas que tan fehacientemente afirmó desde sus inicios querer vencer, distinguiéndose de las religiones tal vez solo porque sus autos de fe pretenden no serlo.

Llevamos por lo menos un siglo o así perpetrando un discurso de supremacía de la ciencia que, además de un sinfín de atrocidades semánticas, se ha encargado también de dejar un reguero de cadáveres y horrores. Algunos de esos regueros los condenamos (Mengele y sus licencias, la energía atómica y sus múltiples deformaciones), otros los sacralizamos con la idea de que “son necesarios” (la experimentación en animales o la entronización racionalista de los hospitales psiquiátricos y las prisiones como los caminos para enmendar lo que entendemos como “nuestras torceduras” no son más que una expresión factual del sueño la pesadilla de la razón). Factual es, probablemente, la palabra clave. Porque en lo factual no hay únicamente una justificación semántica ineludible, sino un esbozo codificable de la materia del pensamiento que, como veremos, abre para el futuro una única posibilidad y una posibilidad única: la de dotar a la máquina de información lo suficientemente jerarquizada para -nos decimos, como esperando a Godot- que surja en ella, como creemos que surge en nosotros, la magia del pensamiento.

Notas

1 De entre las muchas peleas de cantina que protagonizaron Theodor W. Adorno y György Lukács, una de las más relevantes en mi opinión se desarrolla en el compendio “Notas sobre Literatura” de Adorno y, particularmente, en el bellísimo texto “Intento de entender Fin de Partida”. Adorno coloca a Samuel Beckett en un contexto semántico particularmente relevante para entender el proceso que lleva de la ausencia de sentido a una existencia para la muerte y la extinción. Estos dos paradigmas, al menos en lo que se refiere al Existencialismo y a la escuela de Frankfurt, definen una buena parte de la constitución del ser en la filosofía del siglo XX.

Cita en Theodor W. Adorno, Intento por entender Fin de Partida en “Notas sobre Literatura”, ediciones varias.

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