Cinque Terre

Melina Alzogaray Vanella

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Melina Alzogaray Vanella Lic. en Historia. Investigadora-creativa

El príncipe negro de los deportes

Felipe “El Matador” Fuentes

Todo empezó por equivocación, un día fui al gimnasio, y me encontré a Felipe -el profesor de box-. Me cayó bien de entrada, nos hizo sudar una hora y media y él seguía tan sonriente y tan feliz con su nariz chueca y abollada. A mí me pareció un tipo entero, honesto, sensible, tan amigable, accesible, curtido, tan lleno de cicatrices. Al salir de la clase comenzamos a platicar, me contaba la historia de un hombre que fue campeón Nacional de Box, parecía niño hablando de su héroe favorito. Su historia brillaba y le dije que quería hacerle una entrevista.

Felipe tiene la guardia diestra, lleva consigo 132 rounds. “El Matador” Fuentes mide 1.80 mts; ganó 32 peleas en peso súper ligero, 18 por knock out.

Seguí un tiempo con mis clases de box, le conté esta historia a mi amigo David Zuñiga – estudió historia y hoy entrena box- se entusiasmó inmediatamente; decidimos desarrollar un proyecto acerca del boxeo. Fue entonces que se sumó otro amigo bizarro y fotógrafo, Juan Carlos Valdez. Actualmente desarrollamos un “Proyecto de historia oral y fotografía para reconstruir la historia del Boxeo en Tepito y el centro de la Ciudad de México”.

El primer paso fue conversar con Felipe; él nos invitó a su casa una noche de noviembre del año pasado. Fue por nosotros al metro con su carro del año. Llegamos a un barrio cerrado y allí estaba su casa de dos pisos, con su hermosa familia esperándonos bien bañados y perfumados los tres.

Nos sirvieron café, gaseosas y papas fritas. Nos sentamos en el sillón y prendimos la cámara. Su esposa y sus dos hijos se acomodaron en la escalera, se sentaron a escuchar aquélla historia que seguro conocían tan bien o que ansiosos -como nosotros- esperaban oír por primera vez.

-¿Felipe, tú cuándo naciste, recuerdas cómo fue?

-Yo nací en la Colonia Santa Julia el 18 de agosto de 1963, hace 48 años. Nací pesando 5 kilos, fue un parto difícil. Mi papá dice que le dieron a elegir: “el niño o la mamá”, y él eligió a ella. Yo siempre le decía “¿cómo, y yo?”, afortunadamente nací.

Mi padre es del Estado de México, de un lugar que se llama El Loro, allá adelante de Toluca; mi mamá, María de la Luz, es de aquí de Santa Julia. Mi papá era taxista y mi mamá fue secretaría muchos años. Mi papá se llamaba igual que yo: y mi abuelo también, incluso mi bisabuelo se llamaba así. Soy el cuarto Felipe Fuentes de los hombres de mi familia.

La Santa Julia se divide por las vías del tren: de aquél lado, por la Texcoco, vivía mi papá y mi abuelito -que hizo plata- tenía una casa muy grande. En cambio, mi mamá vivía de este lado de la frontera, para el del mercado Santa Julia. Esas vías llevaron a que con el tiempo hubiera un rompimiento de familia. Mi papá acostumbrado a vivir bien no le gustaba la vecindad. Nosotros vivimos mucho tiempo ahí.

En realidad, mi mamá siempre quiso sacarnos de ahí, porque lo que se espera de una persona de barrio es: o eres ratero o no avanzas. La gente pobre no tiene otra alternativa que -para mí – el boxeo. O policía…

También fui policía, ya les voy a contar esa historia. Debo reconocer (Felipe se sonroja) que dentro de la vecindad, nosotros éramos los ricos, había categorías…

-¿Cuántas categorías había dentro de la vecindad?

Dos, ¿no?: “Los pobres” y “los más pobres”. Yo era de los pobres, por eso no era tan pobre. Lo que pasa es que a mí me adoptan mis tías, yo no tuve tíos, no tuve una imagen paterna porque mi papá era de los que viajaba mucho (Felipe sonríe). Entonces a mí más bien me crió mi abuelita materna y mis dos tías.

-¿Cómo era la vida en la vecindad?

Padrísima porque nos pasaba lo que a los campesinos: el campesino no conoce más que su campo, entonces no anhela ir a París, ni a Londres, Pericoapa, Suburbia, Perisur. No lo anhela porque no lo conoce. Cuando eres un chamaquito de la vecindad lo único que conoces es la vecindad.Andábamos con zapatos rotos pero había técnicas: si se te hacía un hoyo aquí (Felipe señala la suela de sus mocasines negros bien lustrados) le ponías un cartón; pero si llovía te tenías que meter una bolsita. Mi vecindad estaba honda, ya no existe pero cuando llovía lo primero que pasaba era que salía el agua… a mí de chico me llegaba a la cintura, entonces no quedaba otra que echarse a nadar, para nosotros los niños era de lo más padre, si había un pedazo de mierda ¡Ahí te va! Esa era la vida y yo era muy feliz en la vecindad.

-¿Y cómo es que te volviste boxeador?

Quiero decirte que yo siempre fui muy miedoso para pelear, nunca creí en hacerme boxeador, pero el mismo barrio te va llevando… “¡O le echas ganas o ya no te vienes con nosotros!”. Mi primo mayor me dice”… o te peleas o ya no queremos saber nada contigo…”, y tuve que empezar a pelear. Pero afortunadamente desde la primerita vez, peleé muy duro, eran peleas muy cortas, yo pegaba y se caían. En ese entonces, cuando tenía 11 años, un tipo me vio pelear en el parque y se acercó a mí: “¿Oye no quisieras ser boxeador?, yo te enseño”, y yo con 10 años le dije “¡Ay, qué voy a ser boxeador!”. Sin embargo mi abuelito paterno era muy aficionado al box, iba a las funciones cada 8 días, pero a mí no me gustaba. Si te dijera, como dicen muchos “es que a mí desde niño me gustaba el box…”, esa es una tontería.

-¿Y a ti qué te gustaba de niño?

-Pues como a veces no teníamos dinero, me gustaba salir a lavar coches, salir a pedir para el camión, tener algo para unas “Galletas Marías”, ir a la lechería a robar leche, y los domingos los paseos a Chapultepec. (…) Yo vivía con mis tías. Mi mamá estaba en la casa de mi otra abuelita porque… (Silencio) mi papá nos abandonaba y no había manera de sacarnos adelante, entonces mi papá las llevó para allá con mis dos hermanas. Yo no quería ir con ellos porque de niño tenía choque con mis abuelitos porque veía que trataban mal a mi mamá.

-¿Qué representa tu mamá para ti?

-La base para que saliéramos adelante. Mi mamá fue la única que fue a verme pelear a Los Ángeles, ni mi papá fue. Mi mamá llegaba el día de la pelea, me veía pelear y a la mañana siguiente se regresaba. Pero no le pagué nunca el pasaje. Ella trabajaba en el gobierno y ganaba muy bien, en una secretaría.

-¿Y tu papá qué representa para ti?

-Mi papá al final fue el hombre que me enseñó a entender lo que es ser papá. Fue: mi cocinero -como sintió que de niño no me dio lo que hubiera querido- y cuando me hice boxeador él dijo “es la oportunidad de reconciliarme con él, voy a ser el cocinero, voy a ser el masajista…”. Era taxista, él iba y trabajaba un rato y me llevaba de comer, trabajaba un rato y me hacía masajes, trabajaba un rato y me daba… me atendió como rey. Entre mi mamá y mi papá…

-Volviendo a Santa Julia, para cerrar esa etapa, cuéntanos de tus amigos, ¿cómo se llamaban?

-Tenía mis amigos, yo era de los más chicos. Había uno que se llamaba Efradino, El Maya, El Perico -que era mi primo-, El Pipiolo que eran los de cabecera y a mí me decían Pil. El hecho es que el padre del Pipiolo tenía una funeraria, entonces nuestras escondidillas eran en las cajas; pero los grandes encerraban a los más chicos, atornillaban las cajas y nos dejaban encerrados “Si no juegas, vete”. (…) Allí estuve hasta los 11, me fui a Iztacalco y me hice boxeador. ¿Pero por qué pasé esa etapa…? pues porque el gallo no viene a pelear al gallinero, y en esa edad yo era muy borracho.

-¿Ya te habías enamorado a esa edad?

-(Felipe me mira a los ojos, silencio) ¿Enamorado? (sonríe) yo nunca me he enamorado, el amor es por un día, por un mes pero después… como que ya nunca fue lo mismo. Muchas mujeres me condicionaron, me dijeron: “Deja el box y soy tuya”. No, no podía hacer eso. Yo ya de joven cargaba costales para ayudar a mi padre y mi abuelito, diariamente cargaba una tonelada en ese camión, yo creo que todo eso de chamaco me hizo muy fuerte para el box. Dejé la escuela dos años antes de terminar.

Fui al kinder pero de sacerdotes, después mi papá se fue de gira y ya no alcanzó para escuela de paga religiosa y tuve que ir a una primaria pública, la Miguel Hidalgo”. Pero después ya fuimos como judíos errantes porque cambiábamos de domicilio y escuelas. Nos corrían de casa por no pagar la renta y entonces fui a parar a Iztacalco; pero como te decía a mí no me gustaba hacer boxeo, lo que yo quería era irme a un gimnasio para ponerme bien mamado para pelearme en la calle.

-¿Entonces sí te gustaba pelear?

-Ah, sí. Hacerlo en forma, con disciplina no. Pero hacerlo en la calle sí me gustaba. Para darme a conocer y ser más popular en el barrio, ¿no? Lo que pasa es que ahí, en el barrio, el que pelea bien o el que baila bien es el que se lleva lo mejor. Y fíjate que yo nunca bailé bien.

-¿Y podrías contarnos una de esas madrizas memorables? (sus hijos ríen)

-Yo no era de unos golpecitos y se acabó, eso de que luego los separaban y chau. “Si ya empezamos, no acabamos”, yo era muy necio. Yo nunca fui malo en la escuela pero si no tienes para comer, tu papá te abandona, tu mamá no tiene cómo sacarte adelante…todo eso va afectándote (Felipe se señala la cabeza), yo por eso de chiquillo tuve muchos problemas; a los 6 años ya fui a parar a una delegación. Hasta que mi mamá un día me dijo “Hijo me vas a matar de un coraje”, cada dos por tres le decían “¡Felipe ya se está peleando!” y mi mamá ya se tenía que bajar a separarme, me metía unas cachetadas, ella y mi abuelita eran las únicas que podían meterse en medio.

-¿Entonces cómo fue que te metiste en el mundo del boxeo?

Por equivocación. Me acuerdo que a los 17 años le dije a mi mamá: “Voy a dejar de tomar, voy a dejar de pelear, voy a ser un niño bueno y a hacer deporte”. Yo me hice boxeador en un deportivo que se llamaba “Pino Suárez”, en Jamaica. Voy a ese deportivo además porque se pagaba muy poquito. Y le pregunto a un empleado “¿Oiga, dónde está el gimnasio de pesas?”, así fue ¡eh!, me dice “Allá arriba”. Subo y en lugar de pesas había boxeo, me siento en una de esas típicas banquitas, yo el galán del barrio, el picudo, el gandalla…” (Silencio) – ¿no le he mostrado una foto de mi manager, verdad? – (se dirige a su esposa) -¿Tráeme una foto del Güero? -Mi manager era un viejito, muy viejito, como el de Rocky, igualito. Me dice “¿Qué quieres?”, nada de cortesías. Eso fue lo que me gustó, la mala vida. Y le dije “Pues quiero entrenar”. Me dijo “No, aquí solo viene la gente que…”. “Oh, cómo va a dudar de mi capacidad”. Esa combinación del tipo conmigo…se hizo como mi papá porque viajamos mucho tiempo juntos. “¿Ah, no cree que pueda, a ver… qué necesito?'”, “Un par de vendas y un par de huevos.” (Silencio) “Y si no mira hijo, aquí ni vengas, no te quiero ver aquí”. Al otro día llegué al sillón, llevé un par de vendas y muchas ganas, y empecé. Llevaba una mochilita pequeña, así canela, con una camiseta de repuesto porque sudaba, tenis de los más corrientes, unos “Panam” de suela de mantequilla, unos “Faros” muy baratos y unos pants, todo muy barato.

-¿Fumabas?

-Sí, claro. ¿Cómo un tipo de barrio no iba a fumar? (Risas) Era la moda, fumaba y muchísimo. El primer paso del boxeo es aprender a caminar, yo en mis clases lo hago muy rápido; pero hay quienes se pueden pasar hasta cuatro meses caminando nomás. Bueno… la cuestión es que yo iba a entrenar pero nunca le dije a mi mamá que estaba haciendo boxeo para no preocuparla. Y como al mes me dice “¿Oye, y qué deporte estás haciendo?”, “Voy a ser boxeador”. Fue como decirle a mi mamá que otra vez comenzaba de nuevo… “No, hijo, tú estás loco”, me llevó a doctores para que ellos me dijeran qué me iba a pasar si yo me hacía boxeador, me cambió a un gimnasio en La Condesa para hacer Taekwondo, caro ¿eh?, pero era un gimnasio limpio y a mí me gustaba apestar, y allí eran muy pulcros. Lo primero que me enseñaron fue a caminar, y me ponía a caminar todas las noches porque el entrenamiento era todas las tardes; entrenaba boxeo en mi cuadrito y… al mes y medio me dicen “¿Oye, no quieres pelear?”; “Sí”. Llego a mi casa y le digo a mi mamá que voy a pelear: “¡Cómo vas a pelear si llevas bien poquito!”. Mi papá nunca había ido al gimnasio hasta que fue a preguntar si era verdad: iba a pelear en amateur.

Peleo un diciembre para cerrar el año; total que me aventaron… -Este señor viejito era de Michoacán y tenía una navaja así de grande, sacaba su navaja y me decía “Si no gana acá le corto las nalgas” y yo “Está bien, está bien” (risas). Entonces me aventó un cuate con cinco peleas y lo volteé en dos rounds. Eso fue un diciembre de 1983, hice dos años de amateur e hice 50 peleas en dos años. Yo peleaba miércoles, domingo, miércoles, sábado. Es que mi vida ya era el box: me paraba a las cinco de la mañana, iba a correr- yo era de calle, no me gustaban los parques- corría todo Churubusco con un perro que tenía; llegaba a tu casa a las seis de la mañana, me bañaba y me iba a la prepa, pero la prepa me quedaba caminando 10 minutos, salía a las 12.30, pasaba por mi casa dejaba mi portafolio y agarraba mi maleta; si había para el camión tomaba el camión y me iba a Jamaica; si no había me iba corriendo. Entrenaba de la una a las cuatro y media diario; llegaba a mi casa, comía, hacía la tarea, dormía un rato y salía a caminar pero a las nueve de la noche ya estaba viendo las comedias del 2, como “Vivir un poco” y otra más que era muy buena.

-¿Y qué pasó luego de tu primera pelea?

Fui campeón nacional dos veces. Después de la primera pelea el box se me volvió vicio. (Silencio)

-¿Qué te caracterizaba como boxeador?

-Mi derecha. Mi derecha nadie la aguantó. Yo les pegaba y se caían. Te voy a enseñar algunas peleas en video cuando quieras. Lo que pasa es que en aquél entonces no había videos, existen pero en beta. Las peleas de Los Ángeles se las presté a un amigo de mi esposa y nunca más las pude recuperar, pero tengo una o dos por ahí. Mi derecha era muy buena, todavía es muy buena aunque piensen que ya no puedo boxear porque dicen que estoy muy viejito.

Bueno… entonces hago cinco peleas, salgo campeón delegacional, ya no voy a las Olimpiadas porque ya no había tiempo. No puedes aventarte cuatro años peleando para ir a las Olimpiadas -las del 84-, ya no pude ir, me las perdí. Luego me llevaron de cachirulo a Cuernavaca; yo era peleador del primer round y allá me llevaron a 2 peleas de 10 rounds, ya como profesional, de cachirulo, con otro nombre y ahí te agarraban fuerte. En Estados Unidos me decían La Furia, “Furia Fuentes”, me bautizó Jorge Vélez y aquí me pusieron “El Matador”, por los toros. Un periodista de mi barrio me lo puso, él me ayudó mucho: la cuestión es que me aviento las 50 peleas de amateur sin perder nada; fui sparring del Pipino Cuevas; del Gato González, de algunos muy famositos. ¡Pero yo era amateur y ellos ya habían peleado campeonatos del mundo!

-¿Tenías miedo?

-(Felipe sonríe) Una vez…yo tenía 18 años, era amateur y me dicen “Oye, vas a pelear con el Gato” y yo… “Está bien” (sonríe y aclara) siempre tenía miedo y es bien importante tener miedo porque eso te lleva a hacer bien las cosas; el que dice que no tiene ni un poquito de nervios es una mentira. Por ese entonces iba a un gimnasio que se llamaba “El Margarita”, estaba en la Colonia Doctores, pero me daba miedo de los chingadazos que me metían, pegaban bien duro. Después de una pelea, yo llegaba a mi casa, me acostaba y ¡ay!, no me podía ni mover. No podías decir al otro día que no podías pelear “Pinche joto”, tenías que salir de nuevo “¿Vas a venir mañana?”, “Está bien…” (Nos reímos con Felipe). Llegabas al otro día y como todos eran campeones llegaban tarde, te decían a las 10, cuando veías que eran las 10:15 decías “Ya no vino Gu%u0308ero, mejor empiezo yo solo”, “Espérate hijo, ya va a venir” (silencio) y cuando lo veías entrar (Felipe se encoje de hombros) ¡híjole!, ni pedo, a darle…

Me hacían boxear todas las semanas a diario con un tipo que me daba unas chingas por 40 pesos a la semana. ¿Sabes para qué me alcanzaba? Para tomarme un coctel de frutas y un licuado. (Silencio) Ah, porque cuando no tienes lana y vas empezando, ves que los que ya están arriba se toman sus licuadotes y todo, y tú estás agachado bebiendo agua de la llave del baño, ufff. Después viene la etapa profesional, en la etapa profesional es donde vienen los pseudo apoderados, los mafiosos que son como dioses.

-¿Y cómo pasaste a la etapa profesional?

-Después de las 50 peleas. Pero había una pelea en la que tenías que pelear seis rounds y si la perdías te regresaban a amateur. Pero yo me hice un récord de 23 peleas sin perder pero, para empezar, nadie quería a mi manager porque era muy hocicón, de los que dicen “les vamos a dar en la madre”. Nadie nos quería guey, siempre que intentábamos boxear no teníamos con quién boxear, todos me querían madrear en los gimnasios porque él ya empezaba: “No, ese guey te lo vas a chingar”, y yo “Cállese, Gu%u0308ero”. Así ya era salir a pelear, no salir a boxear, sino ver quién se lo chinga.

-El Gu%u0308ero atizando el fuego todo el tiempo.

Hay una larga historia por la que le quitan la licencia a mi manager, le dijeron que ya no servía. Entonces cuando yo llego con él no tiene licencia para subir peleadores profesionales. Como no la tenia, curiosamente me sube el Baby Vázquez -un boxeador que fue muy bueno- como mi manager, sin serlo él me representa. Para variar me avientan al mero gimnasio de Tepito.

Entonces gano, noqueo en cinco rounds y hago otra y gano. Entonces ya estoy listo para peleas de 10 rounds, en el 85 me buscan “Los Maldonado” que andaban haciendo box y me llevan a Los Ángeles hago en dos peleas y las gano, ese año fueron cuatro peleas. Se supone que en box profesional debes pelear una vez cada cuatro meses pero yo peleaba cada mes porque necesitaba ganar lana.

En uno de los viajes a Veracruz, allí en una pelea le da tifoidea a mi manager, el Gu%u0308ero García – porque los gángsters que me querían firmar le dieron lana a los de la comisión para devolverle la licencia al “Gu%u0308ero”, para que me llevara a pelear con ellos-. Estábamos descansando y llegaron dos viejas bien guapas; pero qué crees que yo siempre en mi mente era: voy a trabajar, no andar con viejas, yo iba a mi chamba, yo iba a mi deporte, quería ser campeón del mundo pero el viejito… “Usted, váyase al cuarto” y se fue a comer pasitas con ellas. Le da tifoidea, lo internan y todo. Yo no tenía manager para ir a pelear. ¿Sabes qué hizo ese señor?, se quitó las mangueras, se salió del hospital y se fue a la pelea: él era un tipo muy duro.

Ese año que yo debuto de profesional, me hago novato en el 85. Lo mejor del profesional, de los novatos, yo fui el mejor de todo el país. Entonces me llevan a Estados Unidos para firmar por cinco años, para robarme: peleaba por 50 dólares, 10 rounds. En ese entonces peleaba para “Los Maldonado” que son promotores hasta la fecha. Fui de Estados Unidos porque querían que volviera a pelear con el mismo, y yo ya le había ganado, les dije “No, échenme a uno más chingón para que avance y páguenme lo mismo, pero con el mismo no porque no gano ni dinero ni récord” y me dijeron “Si no peleas, nunca en la vida te voy a aventar a Los Ángeles”, yo le dije “haz lo que quieras”, de hecho nunca me dejaron. Nunca me ha gustado ser de las personas que le dicen ¡siéntate! y va sin preguntar a sentarse. Como que soy más a favor de la idea de que todos merecemos un respeto. Todos tenemos un lugar y yo no soy un pendejo: les menté la madre y me regresé. Eso era lo bueno, pero aquí vine y me aventé tres peleas y las gané me renqueé como 1° nacional.

Inicialmente cuando empecé a boxear ya no me hablaba la pandilla, me decían “hola”, pero evidentemente ya no era mi pandilla. En la prepa yo llegaba a las 8 a las fiestas y a las 10 me salía… porque tenía que pelear el domingo. ¿Mujeres? No, porque tenía una mala idea y esto se los voy a platicar, era tanta mi ambición en el boxeo que (baja la voz) no tenía sexo. Hay una película de Jay Labota “El Toro”, se llama, creo, y en una parte el tipo cuando está dormido se para a echar agua por los famosos sueños húmedos. Es algo que nunca he tenido, como será que me clavé tanto en mi obsesión… que no tenía novia. Y te voy a platicar algo, el cuerpo humano tiene sus funciones, claro que tuve posibilidades: te inyectas, comes muy bien, corres, ¡estás como semental, cabrón! Sí tuve muchos sueños húmedos pero no me paraba a mitad de la noche a tirarme agua, guey. Pero ¡cómo es tu ideal, tu anhelo, tu “querer llegar a ser alguien en la vida…”!

Yo no me arrepiento porque al final la vida me ha recompensado, ya han visto cómo vivo: no soy millonario pero vivo bien, tengo una esposa guapa, una buena familia, a mí la vida me recompensó porque siempre me he entregado. Cuando tomo un compromiso lo hago mío. Una idea se persigue hasta el final, quien tenga una idea, una meta y no la logra porque se queda en el camino, no sirve.

-¿Qué se siente ser boxeador, en el sentido que por momentos te idolatren y por momentos te desprecien?

-Es triste ver como hay gente que está entrenando chamacos y nunca han peleado. ¿Cómo le enseñas a un chamaco si nunca lo has hecho, cabrón? No se debería permitir que existan entrenadores de boxeo que no cumplan con ciertas características como boxeadores. Y los gimnasios los agarran porque ellos aceptan 80 pesos la hora, pero tú con el curriculum que traes no vas a aceptar 80 pesos la hora, yo cobro más caro porque sé lo que estoy haciendo, la gente ni sabe y terminan lastimando a otros.

-¿Qué es lo que sucedía entre round y round?

-¿En mi cabeza, qué pensaba yo?: ganar, siempre ganar. No había otra cosa más que eso. (Silencio prolongado). Bueno, alguna vez cuando empezaron a rumorear que yo estaba loco, pensaba…”Les voy a demostrar que yo no estoy mal”. Pero no había otra cosa en las peleas más que ganar, ¿cómo?: ganando, ¡siempre ganar! El momento más difícil de un boxeador es el vestidor; por ejemplo cuando eres estrella, eso quiere decir que vas a estar al último, es decir que hay un cartel: 4, 8, 10 y “La estrella”.

Tú eres La Estrella, serlo tiene sus pros y sus contras:

1) llegas igual que todos a la hora y sales hasta el último; pero tú estás en tu vestidor y estás escuchando: ese es el momento más difícil del boxeador porque además estás solo, tu manager se fue a ver la función, te cierran tu puerta y tú estás solo. Nada más estás tú y Dios. Después en el round la vida cambia porque ya tienes que empezar a darle. Pero ese momento es cuando te sientes más solo, cuando dices “…tengo que ganar…”. Ya nada más tienes que esperar a que comience, además estás escuchando todo el griterío, y en eso ves que llega uno, todo madreado sin un pedazo de algo. ¡Puta!

¿Qué crees que se necesita para ser boxeador?

-No quererte. Porque no puede ser que alguien se meta a un sacrificio tan fuerte, eso es que “no te quieres”. Además que aceptes todo lo que esos bueyes dicen con tal de llegar a ser el campeón. Yo creo que si alguien se quiere un poquito… para empezar, no pega… ni deja que le peguen. (Felipe piensa, recuerda) Es que hay que nacer para ser boxeador y te debe gustar que te peguen y pegar. Yo una vez vi a uno que decía que era boxeador, era rubio y de ojos verdes, y le dije “Hijo, tú estás muy guapo, tú no eres boxeador”. Traía un coche, iba a la Ibero… Para ser boxeador hay que no tener nada, y que sea tu última oportunidad para salir del montón. ¿Tú crees que si yo hubiera tenido un “Honda”, iba a la Ibero… sería boxeador? ¡En la vida!.

Iba a ser feliz, no boxeador.

Pero cuando no tienes ni para dónde voltear… Si a ti te gustan los chingadazos y te van a pagar, pues dale. Antes te peleabas gratis, ahora vas hasta salir en el periódico, vas a ser famoso. ¡Pues dale por allá!, bato. (Silencio, Felipe nos mira)

-¿Cómo es eso de que fuiste policía?

Yo dejo el boxeo en 1999 y no tengo nada que hacer, ¿qué iba a hacer de mi vida? Yo era “El Campeón”, “El Matador”, y estaba allí de uniforme. Si vieras qué tristeza llegar a la Academia de Policía y que te digan “siéntate”, y tú “¿es que no sabes quién soy?”, “Sí guey, siéntate”. Y te pasan la máquina como a todos -yo tenía mi coletilla de torero-. Mi papá me consiguió el trabajo, le dijo a un guey “sabes que mi hijo dejó el box y está buscando chamba”, “Sí, tráelo”. Y me dieron Patrulla del año, de lujo ¿eh?, pero me peleé con un comandante viejito, hasta le puse la pistola en la cabeza porque el guey me arrestó una semana. A los seis meses de entrar, dejo la policía y conozco a Humberto López y me consigue la pelea del retiro. Hago la pelea, me retiro, me meto a la universidad a estudiar derecho, tres semestres. Ya luego agarro otros trabajos.

-¿Felipe, has recibido grandes regalos?

-¿Aparte de cigarros? (Su mirada silenciosa fija en nosotros) No. Ahora sí, pero en aquél entonces nadie te regala nada. ¿Que te regalen…?: ni a sus hermanas.

Aquí nos quedamos, al partir nos acompañan todos a la puerta, su esposa nos cuenta emocionada que el próximo año su hija cumple sus 15 y que ya han comenzado a preparar la fiesta, promete invitarnos.

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