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Rubén Aguilar Valenzuela

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Consultor, profesor y articulista y exvocero presidencial

El poder en la obra de Shakespeare

El tema del poder lleva de manera directa al tema de la condición humana. Es parte de la misma. La puesta en escena del drama del poder, la política es puesta en escena, es un tema central en la obra de William Shakespeare (1564-1616).

A lo largo de los últimos cuatro siglos su manera de abordar el tema del poder, de la política, ha causado fascinación. Sus dramas están protagonizados por mujeres y hombres de carne y hueso que dan cuenta de luchas intestinas, sucesiones, abdicaciones y conjuras.

Las formas de hacerse del poder y gestionarlo conducen a las profundidades del alma humana. El poder siempre atrae, subyuga y provoca. Es una expresión fundamental de la tragedia humana. El poder es un catalizador que saca lo peor y mejor de los seres humanos.

En la historia de la literatura nadie como Shakespeare se adentra en las profundidades del poder. Él pone a la luz el lado obscuro de la condición humana. En sus obras está a flor de piel la pasión que despierta poseer y usar el poder. En esa descripción devela también el carácter del alma.

En sus dramas el poder es descrito en su real condición. No se aborda desde la ética o el deber ser sino tal como es y opera. De él se ofrece un retrato desencarnado y una disección minuciosa y terrible.

El drama, señalan los especialistas, es la mejor forma de captar, de adentrarse a profundidad, de manera filosófica, ontológica, al tema del poder. El drama es forma, pero también contenido. Eso lo sabía bien el dramaturgo inglés.

El drama del poder atraviesa su obra de principio a fin. Su tratamiento, como algunos lo quieren relacionar, nada tiene que ver con Maquiavelo o el posterior maquiavelismo. En todo caso, como lo plantea el español Federico Trillo, en ese tema parece estar influido por Erasmo de Rotterdam.

El dramaturgo describe al poder con crudeza y condena a los tiranos que lo ejercen. Para él la virtud central del gobernante es la prudencia. En sus personajes está presente: lo mágico y lo real; lo social y lo personal; lo mítico y lo racional.

Esa complejidad da profundidad a sus personajes y los hace radicalmente humanos. Los hace reales y creíbles. Y por eso también inmortales. Hoy, como hace 400 años, nos siguen hablando. Están vivos.

Shakespeare, con su privilegiada sensibilidad para analizar la condición humana, plasma con enorme fuerza la realidad del poder como pasión, como afán, como tensión y como conflicto humano.

Crea, con los matices más profundos, personajes dramáticos que hoy son prototipos del comportamiento humano ante el poder.

En él, como lo plantea Andrés Jaume, no hay una teoría del hombre, sino solo la cruda exposición de su condición. Él en su obra no se afilia nunca a corriente filosófica, política o moral alguna. De su obra, por lo mismo, no puede derivarse, como algunos lo quieren, un juicio sobre la monarquía y el totalitarismo o el pueblo y la aristocracia. El va más allá. Penetra en la condición humana en realidades excepcionales, pero también cotidianas.

Algunos críticos sostienen la vocación natural de Shakespeare es la comedia. Es Christopher Marlowe (1564- 1593), en ese entonces estrella de la escena londinense, quien influye de manera decisiva en su ingreso al campo del drama.

La trilogía de Enrique VI (1589-91), junto a Ricardo III (1592), marcan el tránsito de un genero a otro. En estas obras ya aborda los temas que van a estar presentes en su trabajo futuro que cada vez serán tratados con mayor complejidad y hondura.

Su obra ingresa a la madurez con el drama de Ricardo II (1595) y Enrique IV (1596). Él, en ellas, ya suena así mismo en la forma y también en el contenido. En su manera de abordar al ser humano y al poder.

El problema del poder trasciende al gobernante, representante del Estado como entidad abstracta y con legitimidad divina, para ubicarlo en el límite de su verdadera condición como la de todos los demás. Así, el rostro del rey no es impasible sino lleno de dolor. Vive su tragedia, como también la vive el pueblo.

En él se hace presente precisamente todo aquello que queda fuera del control del Estado. Su vida, su condición humana única e irrepetible, y también su soledad y desamparo. Su limite, su impotencia, ante los acontecimientos.

En 1601, con Hamlet, inicia el gran periodo del drama trágico en Shakespeare. Desde el tema del poder son particularmente interesantes las llamadas tragedias romanas, donde dramatiza, con un énfasis inédito hasta entonces, en la relación entre pueblo y gobierno.

El Estado es una máquina de destrucción imparable frente a la que sólo cabe oponer el pensamiento, dice Jaumes, que por otra parte no consigue organizar, propiamente, una solución; ni puede detener su engranaje que avanza y se impone.

Como en los trágicos griegos, sus obras dan cuenta de todas las virtudes y defectos del ser humano. De todos sus sentimientos y estados de ánimo. Están presentes todos los problemas que se nos puedan ocurrir.

Fotografías / MLT

El espacio físico donde ocurren sus dramas es irrelevante. Los hechos pueden suceder en Roma, Verona, Londres o Venecia. A él no le interesa la descripción del lugar. El va a fondo de los seres humanos. Penetra en su condición. Lo que le importa es develar el alma. Ese es su aporte genial e insustituible.

Todos los personajes están sometidos a una averiguación interna penetrante. De ella surge una nueva concepción de sí mismos, de los demás y del mundo. No se contempla, ese no es el propósito, su mejora o una propuesta de cambio.

Más que el ejercicio del poder, lo que interesa son las circunstancias que obligan al gobernante a detener la irreflexiva acción de mando, para volcarse hacia su interioridad recién descubierta. Desde ahí habla.

Él indaga en la naturaleza humana y en la naturaleza del poder, como nadie lo había hecho antes. Condena tanto al gobernante como a los gobernados. Condena y celebra el mundo al mismo tiempo y con la misma intensidad. Desde una posición que nunca simplifica la experiencia de la vida.

Para Shakespeare el mundo cambia constantemente. Es un reino donde conviven los extremos: en el ámbito espiritual, en el amoroso y en el político.

Lo sobrenatural funciona como el detonante de una tormenta humana que se asume sin la ayuda de la divinidad. El ser humano está solo y él, nadie más, debe enfrentar su drama. Su tragedia. Es su responsabilidad.

Los políticos del mundo, las mujeres y los hombres del poder, deben leer a Shakespeare. Les haría bien mirarse al espejo y verse en sus personajes, reconocerse en ellos. Ese es un ejercicio de inteligencia y también de humildad.

Los políticos mexicanos, cuestionados como nunca en nuestra historia, por la corrupción y la impunidad, por su frivolidad, deben leer a Shakespeare. Aprenderían mucho de sus personajes. En esa mirada sabrían más de ellos mismos. Sabrían mejor quiénes son.

Dentro de cien años, en la celebración de los quinientos años del nacimiento de Shakespeare, y también dentro de mil, los que nos siguen van a continuar la lectura de sus obras. Su aporte es inmortal y va a perdurar mientras la humanidad exista.

Después de dos mil quinientos años seguimos leyendo a los trágicos griegos; a Sófocles, a Esquilo y a Eurípides. De esa dimensión es Shakespeare. Mientras los seres humanos sigan en la tierra, la obra del genio inglés seguirá siendo referente e invitación a develar en lo más profundo al poder y a quienes lo ejercen.

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