Cinque Terre

Jorge Javier Romero

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Politólogo. Analista político.

El plagio premiado

Hace 20 años o algo más elegí entre los libros que me llevé a unas vacaciones de verano la novela de Alfredo Bryce Echenique La vida exagerada de Martín Romaña. Poco sabía de su autor, más allá de que vivía en España, como yo entonces, y que su obra era promovida por su editorial en la páginas literarias de El País. El libro me divirtió, pero apenas si recuerdo algún pasaje, como el hilarante episodio de la almorranas del protagonista. Al volver de mi viaje estival leí la primera novela de aquel escritor, la más apreciada hasta ahora por la crítica: Un mundo para Julius, que no me generó ningún entusiasmo y di por concluida mi aproximación al autor peruano en lo que se refiere a su ficción. No soy crítico literario y mi opinión en ese terreno no tiene más autoridad que la de un lector aplicado, pero por lo que leí de él, Bryce no me pareció más que un novelista mediano.

Años después, cuando ya en México participaba en la mesa editorial de Nexos, leí los artículos de Bryce publicados en la revista; o al menos eso creí, hasta que me enteré en una reunión del equipo editor que no lo eran. Luis Miguel Aguilar llegó una tarde con la noticia de que durante meses don Alfredo había enviado textos plagiados, algunos apenas maquillados, publicados en diversos periódicos y revistas europeos por distintos autores. Desde luego se terminó su relación con Nexos. Después se hizo público el escándalo del juicio por plagio en el Perú y se supo mundialmente de su práctica reiterada de firmar como suyos textos ajenos.

Los premios literarios suelen ser parte de las estrategias de promoción de las empresas editoriales para aumentar las ventas de los autores a los que publican. Ya sea que se trate de galardones otorgados directamente por una editorial o que el premio sea concedido por otra institución, es bien sabido que son resultado de cabildeos intensos, pues detrás del reconocimiento vienen las ventas masivas de ejemplares de las obras del premiado. Algún certamen habrá que esté libre de sospecha, pero en general los lauros literarios se consiguen con mucho trabajo de los agentes y promotores de los escritores.

El premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara difícilmente puede ser considerado impoluto, más cuando lo otorga ese enorme mercado de libros en español que es desde hace décadas la FIL. Hasta ahora, sin embargo, había sido concedido a autores con suficientes merecimientos y a pesar de que no ha estado exento de escándalo -antes se llamaba premio Juan Rulfo, hasta que la familia del escritor al que homenajeaba el nombre se ofendió por una mala interpretación del discurso de aceptación del poeta y ensayista Tomás Segovia-, en general se trata de un premio con prestigio. Eso a pesar de que la FIL es parte del emporio de negocios que Raúl Padilla mantiene con base en su control caciquil de la Universidad de Guadalajara.

En esta ocasión, sin embargo, se va a premiar a un plagiario confeso y convicto. El argumento que he leído por ahí es que no importa que tenga esa fea costumbre si es autor de una obra con méritos. Insisto en que mi juicio no tiene la autoridad para decir si la obra de Bryce tiene la calidad que la haga acreedora a reconocimientos oficiales; sin embargo, hasta donde entiendo el premio de la FIL no se otorga a tal o cual obra de un escritor sino a su trayectoria y tengo la impresión de que cuando se habla de trayectoria se incluye el trabajo periodístico o ensayístico ajeno firmado como propio.

Con independencia del mérito de su ficción, Bryce es un plagiario y eso, además de las consecuencias judiciales que ya le ha acarreado su conducta, debería ser condenado por el mundo literario y editorial, pues no sólo se trata de la honradez personal de quien ha incurrido

reiteradamente en esas prácticas, sino de algo que la industria de las publicaciones debe proteger celosamente: los derechos autorales de quienes han sido víctimas del robo de sus textos. Creo entender que la FIL de Guadalajara es una feria de la industria de las publicaciones, cuyas empresas se suponen garantes de los derechos de autor y enemigos de toda forma de piratería.

Hace unos meses el premio Xavier Villaurrutia se vio marcado también por un escándalo de plagio. Al final, la concesión del galardón le resultó contraproducente al escritor que lo había recibido, pues hasta sin su prebenda universitaria se quedó. Al menos en aquel caso el plagio no quedó del todo impune. Sin embargo en el caso de Bryce todo parece indicar que el contubernio entre editoriales y cacicazgo universitario acabarán por desprestigiar a la FIL misma, hasta ahora tan reconocida. Sería bueno que los autores que antes han recibido el premio FIL o su antecesor, el Juan Rulfo, salieran a decir algo al respecto, pues con su silencio avalan la decisión de premiar el plagio.

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