Cinque Terre

Emiliano López Rascón

Productor de Radio y Artista Sonoro

El “Panda” no es inocente

La idea era buena: darle una lección al pandita, una sopa de su propio chocolate. Desde nuestro laboratorio subterráneo en el aire que era “Vasos Comunicantes” en Radio UNAM y que se transmitía en ese entonces los jueves de las 10 a las 11 de la noche, llamaríamos en vivo, de programa a programa. Desde 1997 habíamos hecho unos 15 programas de ficción encubierta que llamamos radio-tramas, y esta tentativa consistía en llevar el concepto al cuadrado: bromear al rey de los bromistas de la radio. Yo actuaría desde la cabina, con celular en mano, donde me haría pasar por un bromista más que quería pasarse de listones, en este caso, con mi supuesta esposa que en realidad era una actriz. La probabilidad de ser descubiertos era extremadamente pequeña porque nuestro auditorio era completamente distinto al del “Panda” en número y en características. Nos refugiaba la marginalidad de la Amplitud Modulada nocturna a la que siempre nos condenó la de por sí crónicamente marginal emisora universitaria (salvo por aquel corto verano del 2004 en la FM, donde alcanzamos promedios de 130 llamadas por emisión).

El argumento era inicialmente tan cruel y ordinario como el grueso de las bromas del show: una supuesta infidelidad descubierta y confesada por mí, pero que al rematar, declarando que ya no la amaba y que ahora que había sido descubierto la dejaba para siempre, se producía el brusco giro de que mi esposa enloquecía, corría al cajón del cuarto, sacaba una pistola y, sin dar tiempo de revelar la broma, se daba un tiro. La idea es que el famoso conductor fuera culpabilizado un rato por mí y finalmente in extremis, la muerta resucitaría para sorrajarle: “¿Cómo se oye ‘Vasos Comunicantes’ de Radio UNAM en ‘El Panda Chow’, macuarro?”. Y luego la idea era hacerle ahí mismouna entrevista a quemarropa (que no podría eludir a menos que prefiriera, si me colgaba, quedar expuesto frente a su auditorio), cuestionando los riesgos de sus intervenciones en la vida privada; pero sobre todo su poca calidad dramática, que en el fondo es para mí lo grave. La idea era que nuestro auditorio pudiera escuchar nuestro programa interviniendo la otra frecuencia y, claro, generar eventualmente un campanazo en la opinión publica.

Pero no pasó nada porque los productores del programa tienen un filtro para pasados de listos como nosotros. Uno llama y debe apuntarse en una lista, dar sus datos, describir la broma y esperar a que le llamen, a veces hasta días. Por eso no hubiera sido posible hacer la contrabroma de programa a programa, en vivo y en directo. No teníamos control sobre la hora de la llamada, y si grabábamos la emisión y la llamada, además de que perdía mucho atractivo, el efecto sorpresa hubiera sido mitigado en gran parte porque tienen un dispositivo de retardo de las llamadas de hasta 10 segundos, que les da el tiempo para cortarla si las cosas se salen de control, como nosotros pretendíamos. Hubiera sido lindo; pero en esa ocasión no pudimos pasar del guion. En otros radio-tramas logramos consumar la travesura orsonwelliana; pero no en ése, que sin duda hubiera coronado soberbiamente nuestra colección. Ese honor le corresponde a un presidiario que en marzo de 2009 logró entrar al aire, confesando haber sido secuestrador, y que tomó al equipo desprevenido. Ha sido lo único real ahí durante mucho tiempo.

Más allá de nuestros homenajes de guerrilla radiofónica, debo confesar que después de varios años, no sé bien a bien qué pensar de Zambrano y su producción. De entrada, mas allá de juicios morales o estéticos, es innegable que es uno de los espacios con más escucha y participación del auditorio que, por cierto, trasciende nuestras fronteras. Llama la atención el significativo número de llamadas y bromas que se hacen a la población migrante en Estados Unidos. No sé sus finanzas, pero la caja registradora debe tintinear alegremente por los anuncios que tienen y porque es una barra de cuatro horas diarias, dos de ellas por Internet y las otras dos en radiodifusión por cadena, que se emite ni mas ni menos que durante el primetime de la televisión. Hay que tener agallas para poner un programa a esa hora. Por el tipo de producción y enlace, apuesto a que es un espacio rentado (o brokeado, dicen también) a Radio Formula. Destaca el sofisticado dispositivo técnico que enlaza diversos teléfonos y micrófonos con masters de mezcla y monitoreos, todo en vivo. A lo que hay que sumar la capacidad histriónica y de improvisación del conductor, y que no es ningún improvisado. El conjunto de identificadores y cortinillas no es mi estilo, pero está bien hecho. Lo único que puede objetarse es el abuso de las sarcásticas risas grabadas que muchas veces no dejan oír a las voces.

Es una plataforma genuinamente transmedia que se emite además vía Internet y en podcasting, teniendo ya incluso un derivado televisivo y plena interacción mediante redes sociales. Pero lo destacable es que involucra como pocos el uso del medio telefónico, al grado de que sería impensable sin él. Para envidia de cualquier programa de participación ciudadana o de coproducción con los radioescuchas, quizá solo “La Mano Peluda” se le acerca (otro fenómeno radiofónico que habrá que pensar algún día). También resulta el programa más multado de la radio; lo que nos revela algún tipo de perversión típicamente mexicana por la que la infracción sistemática ya está presupuestada, muy al estilo los microbuses y temibles camiones verdes cuyos líderes se mochan con la policía para que los dejen hacer… lo que a diario hacen. Son de esos ordenamientos hipócritas que solo alimentan y legalizan la corrupción: o legalizan el bullying inalámbrico o a la segunda falta sale del aire y a la tercera sale definitivamente.

A pesar del reconocimiento técnico, en lo personal me escandaliza. Saca al pequeño censor que todos albergamos. Encuentro algo de catártico y perverso en asistir a la exhibición del ajuste de cuentas emocionales entre amigos, familiares y parejas, que raras veces disimula su destructividad. Modernas y tecnificadas expiaciones trágicas por las que la multitud exorciza telemáticamente sus demonios sobre el sátiro, el pharmakos, la víctima propiciatoria sacrificada ante la masa para expulsar el mal de la ciudad. Los toros y el panda como resabios de primitiva violencia sagrada. No sé por qué la sociedad se indigna más con los “a-narco-menuditos” que con este vandalismo incendiario de la intimidad que no necesita capuchas, porque en la radio todos somos ciegos y el agresor también es impune.

El juicio más duro, sin embargo, no es moral, sino estético. Es una pena la pobreza de argumentos, la necesidad de la miseria y del morbo, cuando la ficción permite, desde Orson Welles, soñar con invadir otros mundos. ¿Mucho esperar de los tarimapendecuaros?.

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