Jesús Olguín

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Médico cirujano

El otro espejo

Entre nosotros hay un espejo singular. Refleja un sinfín de imágenes, entre otras, por ejemplo, de cuerpos esculturales junto con la promesa de que podemos labrarlos en nuestros propios pellejos: en cinco minutos diarios con un mínimo esfuerzo o, a veces, con sólo enrollarnos en un cinturón que emite ondas maravillosas, quema la grasa y desaparecen la celulitis que nos hemos ganado a pulso.

El espejo nos muestra la aparición de un cabello firme y sedoso en nuestras brillantes calvas aplicando un champú o una loción capaz de desafiar al paso del tiempo o la genética. Nos enseña una sonrisa perfecta de dientes simétricos, deslumbrantes si se utiliza aquel dentífrico. Nos regala una infinidad de imágenes con tintes que nos pueden cambiar la edad y, ¿por qué no?, hasta nuestras características étnicas. Y qué decir de los ojos: basta con saber de qué color son los de nuestro personaje favorito para igualarlo. Cómo no hablar también de las mágicas cremas y maquillajes que borran todas esas ojeras, manchas y arrugas. Y lo más asombroso, lo logran tan sólo en minutos o días y otras menos eficaces en algunas semanas. El espejo nos deslumbra desde los medios a través de la publicidad. A quién no se le antoja verse en una playa con un traje de baño de firma, con la piel sensualmente sudada y tomando una gaseosa helada hasta el fondo, no importa si nos ahogamos con el gas o resulta un estrepitoso eructo. Eso, además del otro espejo que nos dice que si usamos ese antitranspirante que nos mantiene secos, a pesar de lo que hagamos para no dejar de ser, nunca, absolutamente confiables y atractivos.

Algo que no podemos obviar son esas series televisivas que nos ilustran lo que pasa en los prestigiados centros de cirugía estética. Muestran cómo de manera fácil y sencilla podemos transformar cuerpo, rostro y hasta sexo. Lo hacen a partir de narrar las frustraciones físicas de los protagonistas y cómo, en un abrir y cerrar de ojos, sin sufrimiento alguno, se transforman en alguien más atractivo, seguro y probablemente con un nuevo futuro exitoso.

Lo increíble de todo esto es la facilidad con que la gente puede ser engañada con soluciones mágicas que no requieren más que una pequeña inversión económica y hasta en plazos. Durante 20 años, he escuchado a quién sabe cuánta gente pedir modificaciones de su fisonomía para verse mejor, para sentirse más seguros y confiados; he visto a gente que acude a buscar soluciones a defectos físicos congénitos, a caracteres hereditarios con los que no están conformes y que es absolutamente válido, siempre y cuando se ofrezca lo que es posible y congruente, porque muchos de ellos han intentado una gama de soluciones muy prometedoras y, sin duda alguna, no han resultado.

He aprendido que hay gente que efectivamente busca soluciones a cuestiones físicas específicas y no tienen más afán que solucionarlas sin modificar lo que tienen y, al anverso, otros acuden con insatisfacciones físicas que son el pretexto de la insatisfacción de su propia vida, de su inseguridad acentuada por este nuevo espejo publicitario que determina el nuevo ideal.

La anorexia o la bulimia pueden ser resultado de este espejo que refleja a una serie de modelos absolutamente raquíticos. Me aflige pensar que la cara fascinante de una mujer de edad mediana se vea transformada en una máscara de plastas multicolores, modificando la verdadera belleza que caracteriza a la mejor etapa. Me duele ver “el ideal” que transmite este nuevo espejo a jóvenes buscando una identidad propia y que los etiqueta “idealmente” entre marcas de bebidas alcohólicas y tabacos, con escenas francamente irresponsables de contenidos sexuales. En fin, me encantaría observar que la gente acude a esos recursos porque se ha mirado en su espejo y sabe lo que quiere, lo que es y lo que realmente necesita, tener la certeza de que las personas no se dejan engañar con soluciones mágicas y rápidas, que el sentirse mejor es a partir de lo que son.

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