Efrén García García

El nuevo traje de la democracia

Yo no olvido el año viejo… Faltan diez meses para que México estrene completo su nuevo traje de normas electorales. Que nadie se llame sorprendido: ya sabemos que esa vestimenta llevará unos pespuntes de traje a la medida, rodilleras para los raspones, línea de diseño nacional, accesorios al último grito de la moda, zurcidos invisibles, remiendos de último momento y hasta algunas lentejuelas del traje nuevo del Emperador. Pero ése es el atuendo que tenemos y a veces olvidamos que la confección de nuestra indumentaria democrática ha tomado mucho tiempo.

Había una vez…

Salvador del Río narra que “para votar, en 1823, el ciudadano en uso de sus derechos participaba en un proceso que comenzaba en la parroquia, convertida en una división territorial… los electores primarios, nombrados uno por cada 500 habitantes, pasaban a la parroquia, donde se celebraba una misa solemne, con un discurso pronunciado por el párroco rogando por el éxito del acto” (El pluralismo en México, Cámara de Diputados, 1999).

Ciento cuarenta y seis años después, en julio de 1969, Don Daniel Cosío Villegas escribía en Excélsior:

“…entonces nos quedamos con el PAN como único partido político independiente y aun opuesto al gobierno. Algo es algo, pero, desde el punto de vista de la salud nacional, en manera alguna resulta consolador, porque no se ve que el PAN progrese bastante”.

Y vivieron ¿felices para siempre?

En los últimos 40 años, la sociedad mexicana se ha transformado, pero persiste la necesidad de que, al tiempo que se fortalecen las instituciones –los partidos políticos, las autoridades electorales, los poderes Legislativo y Judicial, entre otros–, los ciudadanos vayamos desarrollando percepciones que acompañen su evolución. Una distancia demasiado grande entre lo que necesitamos, lo que deseamos y lo que percibimos diariamente en los medios puede llevarnos a la peligrosa tentación de arrumbar prematuramente nuestro ropaje electoral.

El filo de la navaja

Mucha gente piensa que el IFE se encuentra en Viaducto Tlalpan, al sur de la Ciudad de México. Pero en términos mediáticos siempre está, por su naturaleza, en el filo de la navaja, entre ese atavío democrático (las leyes) y otro mucho más vistoso: la política; en otras palabras, entre el ser y el deber ser.

En un extremo, si en el IFE las decisiones se adoptan considerando únicamente la verdad jurídica, habrá que asumir el costo político: será como si el traje se volviera una camisa de fuerza. Si el IFE actúa guiado únicamente con criterios políticos, ello anulará peligrosa mente el sustento jurídico: quien

se desnude, quedará expuesto a la intemperie de los tiempos políticos, que son implacables y no conocen la conmiseración.

La credibilidad del nuevo IFE será el resultado mediático entre ley y política y la suma geométrica de otros vectores, como el liderazgo –enmarcado en la solidez de una institución colegiada– y el poder de decisión, construido con debate y exposición intensa de argumentos que a veces son, incluso, contradictorios. Así es la democracia.

¿Dónde está el IFE?

El IFE no puede estar únicamente en Viaducto Tlalpan, sino en la vida diaria de los ciudadanos; en las conversaciones de sobremesa, en las aspiraciones de los jóvenes y, en general, en la mente de una sociedad ávida de creer plenamente en una institución sólida, de Estado.

Para lograrlo, es necesario desterrar los fantasmas del 2 de julio. Se trata de fortalecer algunos principios generales del Estado Mexicano, como la separación entre Iglesia y Estado; la generación de condiciones de equidad en la contienda; la autonomía de las autoridades electorales, y la certeza de sus decisiones. El nuevo IFE debe apresurarse a confeccionar las percepciones que requiere para “venderle” a cada ciudadano su vestimenta nueva, y que la haga suya. Nos hacía falta estrenar… pero ahora hay que “desquitar” el atuendo para que los propósitos electorales de año nuevo, no sean moda pasajera.

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