Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

El Muro

Éramos seis, lo supe cuando pintamos el Muro de verde bandera y de amarillo las líneas y la banda de lámina, tal y como se debe. Así lo llamábamos: el Muro, con mayúscula. Nadie oraba a su vera, como en el Muro de los Lamentos, pero alguien debió hacerlo. Digo, a la luz de los acontecimientos que protagonizamos. Pero nadie rezó y ahora es demasiado tarde para intentarlo.

De una vez lo aclaro: el Muro era el frontón de nuestro barrio. O, para hablar con mayor exactitud: era nuestro frontón. Al menos lo fue desde que nos establecimos seriamente en el negocio. Desde entonces nadie más pudo jugar en él sin nuestra autorización. Cuando los mejores frontoneros de los barrios vecinos vinieron a jugar, nosotros decidimos que lo hicieran. Sí, aún ahora me jacto: lo administramos con el mismo rigor despótico con que el autor mandamás palomea a los ministros, diputados, senadores, regidores y presidentes municipales de la aristocracia de las letras o, lo que es lo mismo, de la literatura que, según los escritores reconocidos, tiene derecho de existir. Digo administramos, y no administraba, porque los seis gozábamos de las plenas facultades que nos otorgaba la ametralladora. Pero ahora todo es distinto. Radicalmente distinto. Aquella supremacía, sin embargo, queda como prueba de que supimos vivir como el que más.

Por lo general nos aplaudía el público. Y a todos nos gustaban los aplausos, pero valorábamos sobre todas las cosas el reconocimiento de “los Exquisitos”. De veras, así llegaron a llamarnos: “los Exquisitos”. Presas de un resquemor común, incurríamos en el autoescarnio al escuchar el mote. Con dignidad arrabalera repudiamos que nos identificaran de esa manera. Pero en secreto me encantaba. Lo consideraba facturado a mi medida.

Éramos “los Exquisitos” por la droga que vendíamos y consumíamos, no por nuestra habilidad en el frontón, claro está. Nuestros criterios de selección no guardaban relación con el juego, sino con el negocio. Poco a poco el Muro dejó de ser un espacio deportivo y evolucionó a centro de distribución de coca de primera calidad.

En esta profesión la lealtad constituye la virtud más valiosa. “El Nene” y “el Tripa”, por ejemplo, jamás pasaron de ser meros espectadores del juego. Muchos creían que eran excelentes jugadores, es cierto, pero lo creían porque se juntaban con nosotros, no por otra cosa. Y las hazañas peloteras de “el Palas” y “el Botija” habían quedado muy atrás. Hacía años que ninguno de los dos lograba algo sobresaliente en la cancha. Pero el prestigio pesa, particularmente cuando se cimienta en el miedo.

Pocos fueron capaces de lidiar con el rigor de nuestro dicterio: “si te acercas, te rompemos la madre”. Varios lo intentaron mediante la artera estrategia del servilismo. Pero bien prevenidos contra las acostumbradas veleidades de los mustios, los repudiamos sin excepción. En función de la naturaleza estrictamente competitiva de nuestro quehacer, quienes nos desafiaban obtenían mejores resultados. “El Rana”, por decir algo, logró que lo reclutáramos porque intentó matar “al Nene”. Ay, “el Nene”, con sus cochecitos brillosos y su colección de muñecos de Los caballeros del Zodiaco. Obvio: cuando al fin formó parte de nuestras filas, “el Rana” no volvió a tentarnos con el roce de la menor crítica. Distribuimos la coca mediante mecanismos que excluían a detalle los errores que cometían nuestros competidores, o al menos eso les hice creer a mis amigos para ahorrarles cualquier sentimiento paranoico. No, pero lo de evitarles la paranoia ocurrió más tarde. Mi primera motivación para montar el histérico teatro de las incursiones de la competencia en nuestro territorio fue procurarme alguna tensión emocionante. Como el notable escritor, que no puede estar seguro de su genio si no se procura enemigos a diestra y siniestra dentro del mundillo literario, yo dudaba ser quien era si no vivía una guerra sangrienta. No cabe duda que un narco que no asesina no es un verdadero narco. Y lo mismo puede decirse de un escritor -así únicamente mate con su ninguneo de los escritores que compiten con él-, aunque no sé por qué me afano en compararme con uno.

Una célula de la Compañía nos proporcionó la ametralladora. Los jefes hablaron con “el Palas”, pero me la entregaron en mis propias manos. Tal vez por ese detalle me designaron jefe de plaza tras la trágica muerte de “el Palas”. Ésta tuvo lugar la misma noche que concluyó el torneo de barrios que organizamos para taparle el ojo al macho. Falleció de incontables golpes en la cabeza. El arma asesina demostró que el criminal se encontraba al tanto del apodo de nuestro jefe: lo mandó a mejor vida con una pala. Por más que lo intentamos, no logramos extraer otra pista de la escena del crimen. A decir del nulo resultado de sus investigaciones, la policía tampoco. Yo mismo me presenté con los patrones de la Compañía. Salí de allí con “el Tuerto”, un sicario de verdad.

“El Tuerto” estuvo con nosotros quince días. En ese lapso de tiempo ningún envalentonado vendió droga que no fuera de la nuestra. A pesar que “el Tuerto” había tenido en sus manos las bolsitas de coca que yo le di, pero que no eran de la Compañía, no quiso quedarse más tiempo a nuestro lado. Esas bolistas probaban que alguien se andaba metiendo donde no debía, pero “el Tuerto” sencillamente se aburrió. Lo dicho: un narco que no asesina no puede llamarse narco. Pero “el Tuerto” no debió irse. Dos días después de su partida los restos de “el Nene” adornaron la puerta de la que emergía cada mañana como un párvulo del salón de juegos o un aspirante a escritor de los libros que le fascinan. Nunca mejor aplicada la palabra restos: “el Nene” literalmente voló en pedazos. En algún sitio, perdida entre los trozos de mano y las tripas coaguladas, la cabeza de un caballero del zodiaco ofreció una primera pista. Al parecer algún especialista convirtió el muñeco en un potente explosivo y “el Nene” cayó en la trampa. Por fortuna no se presentaron daños colaterales.

Recuerdo que “el Botija” y yo platicamos con nuestro amigo de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, PGJEM por sus siglas. Y tampoco se me olvida que el Botija llevaba puesta la misma ridícula playera amarilla con una cara sonriente grabada en el pecho que lucía el día que los seis pintamos el Muro.

Ahora los patrones de la Compañía no requirieron mi presencia para explicar lo sucedido. Cabía pensar que se encontraban enmarañados en otras guerras más importantes que la nuestra. Nada inexplicable: nuestro pequeño barrio, desprendido de la metrópoli por algunos kilómetros de monte, carecía de importancia estratégica y comercial para ellos. Así que nosotros mismos debíamos escampar el territorio.

Nunca me han faltado mujeres. Es más: siempre he tenido más de una. Los muchachos tampoco las han echado de menos. Pero frecuentábamos el Xtasy porque no nos costaba un centavo. Bebíamos y disponíamos de las chicas gratis. Por si fuera poco, debíamos rastrear a los asesinos de “el Palas” y “el Nene”. Todo indicaba que otro cartel intentaba penetrar en nuestra comarca. Nuestra táctica destacaba por su sencillez: si encontrábamos la droga que distribuían daríamos con ellos. Por eso fuimos aquella noche al Xtasy: me había llegado el pitazo de que allí circulaba droga que no era de la nuestra. Cuando llegamos tuvieron que mover a un par de sujetos para ofrecernos una mesa de pista. Enseguida el mesero trajo nuestra acostumbrada botella de whisky y al poco “el Rana” hizo que una morena muy joven y estrecha bailara encima de nuestra mesa. Mientras la morenita acababa de desnudarse le indiqué al “Botija” que me acompañara a visitar al gerente en su privado. Tras cruzar la puerta de madera que daba acceso al despacho, “el Botija” desenfundó la ametralladora. Zalamero, como era habitual, el gerente juró y perjuró que nadie más vendía droga en su negocio.

Entonces le mostré la bolsita que comprobaba lo contrario y el Botija le regaló un culatazo en el rostro.

-¿De dónde la sacaste? -me preguntó “el Botija” cuando regresamos a nuestros asientos.

-Del baño.

-No vi que fueras.

-Estabas apendejado con la morenita.

Permanecimos poco más de dos horas en el antro. Al salir le regalé una de nuestras bolsitas de coca al solícito mesero que nos atendió, y “el” Tripa escogió a una de las chicas para visitar un hotel cercano. Al otro día amaneció ahorcado con una tripa de gato colgándole como corbata. Jamás encontraron a la chica.

-¿Quién es? -oí la voz de “el Botija” por el intercomunicador.

-Yo, “el Soga” -le hablé a la sucia reja de plástico.

Seis días después encontraron el cadáver de “el Botija”. Hedía horrible: no solo porque murió ahogado en un tinaco lleno de comida echada a perder, sino porque ya llevaba tres días en el más allá. Sin falsa modestia califico de exquisito el ahorcamiento con tripas de gato, pero con “el Rana” me lucí: con la venta del último cargamento que me envió la Compañía mandé traer una dendrobatidae o rana venenosa del Brasil. Dormí “al Rana” con un soporífero y le apliqué la inyección letal. Ya nadie competirá conmigo. Soy el rey indiscutible de la región.

Muchas veces me lo dije: “Soga”, ¿y todo esto para qué? Para qué hacer lo que hago y, aún más, para qué escribirlo -tal vez lo mío, lo mío, era la lid literaria, no la del narco-, pero en fin. Así me tocó vivir y no hay vuelta atrás. Me considero un estúpido pero no puedo retroceder. Alterar mi camino sería, a estas alturas del partido, como pedirle peras al olmo. El destino se materializa independientemente que lo aceptemos o no. Jamás he admitido mi vida. Repudié a mi familia, a mis amigos y a mi barrio. Nunca me gustó ser quien soy, pero ese disgusto no impidió que lo fuera. Un berrinche digno de un dios. Pero fijar la viga en el Muro y atar la soga en la viga no es un berrinche, sino la consecuencia cabal de mis actos. Sé que un verdadero narco no haría lo que enseguida voy a hacer, pero yo no fui un narco de verdad. Lo único que me consuela es que dejaré un montón de pelotas de frontón a mis pies.

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