El mundo estalla en opiniones

La pregunta relevante, en todo caso, es también la más pedestre, la que articularía un niño: ¿Por qué pasa todo esto? Hace poco recogía para mí una frase de David Chandler cuya simpleza me pareció deliciosa: “La idea ‘teoría conspiratoria’ es sólo un intento por desacreditar la necesidad de investigar. Es perfectamente legítimo decir ‘he aquí un evento extremadamente serio que ha ocurrido, que ha costado muchas vidas, que se usa para legitimar guerras y la muerte de miles de soldados y civiles. ¿Y de pronto preguntarse e investigar por los orígenes de todo eso es ilegítimo, o se debe a alguna suerte de inestabilidad mental o de pensamiento conspirativo? Se trata de crear una barrera psicológica, de invalidar a las personas que hacen estas preguntas. Pienso que es en realidad un ejercicio de ciudadanía responsable hacerle preguntas a tu gobierno, y no simplemente aceptar lo que se te dice sin ninguna clase de pensamiento crítico”. 1 Preguntarse es un ejercicio cansado, una gimnasia agotadora, particularmente en un mundo que determina los relatos con la forma pausada de un eco autómata al que hoy, curiosamente, contribuimos todos.


¿Y qué clase de mundo es éste, al que tan neciamente nos empecinamos en contribuir o en cambiar a golpe de opiniones? ¿Se define el mundo en lo que es, o apenas en lo que acertamos a opinar de él? Valdría la pena preguntarse, nuevamente, sobre la naturaleza “estrictamente” experimental del terror, del horror, de la degradación humana. Ese relato previo –que, por cierto, se parece de muchas formas a la censura previa, como veremos más adelante– niega la posibilidad de señalar de manera convincente la llegada del totalitarismo allí donde éste se asome, desdice los relatos que le confronten aún antes de que se hayan articulado, dibujando así no sólo un discurso hegemónico y unívoco sino, de manera aún más trágica, una zona de acomodo a la que atenerse cuando se está cómodo y calientito. Es incluso capaz de provocar una ceguera frente al horror aun cuando se le tiene encima, no en las formas discursivas que convienen al relato predominante sino cuando el horror es el discurso predominante en sí mismo.


Vivimos en una versión hiper-tecnológica de Pedro y el lobo, donde el lobo es al mismo tiempo la amenaza, quien grita “peligro” y la maquinaria de censura y descalificación.


Un retrato del mundo hoy debería incluir indefectiblemente la imagen de Bassel Khartabil, programador y activista de Creative Commons e investigador del MIT Media Lab de Boston, arrestado y (dicen las fuentes más confiables) condenado a muerte en Siria, sin juicio y sin delito articulado.2 O la imagen de los panfletos que en Londres, en el civilizado Reino Unido, advertían el mes antepasado a los padres de familia sobre el peligro de que sus hijos “se radicalizaran” y apuntaban como síntomas inconfundibles “mostrar desconfianza en la información de los medios masivos de comunicación”, “creer en teorías conspiratorias” y “parecer disgustado sobre las políticas gubernamentales, especialmente las de política exterior”.3 O la imagen de la última edición del DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, la biblia de la psiquiatría moderna), la número 5, que bajo la categoría de “Desórdenes Disruptivos, de Conducta y de Control de los Impulsos” incluye el “Trastorno de Oposición Desafiante” (Oppositional Defiant Disorder u ODD) definido como “un patrón de conducta desobediente, hostil y desafiante” y cuyos síntomas incluyen “cuestionamiento de la autoridad”, “negatividad”, “actitud desafiante”, “proclividad para las discusiones” y ser “fácilmente irritable”.4 O la imagen de todas las derechas que avanzan en el mundo, tan parecidas en casi cada caso a las “izquierdas” que las precedieron.


Si nuestra angustia se desvive por temerle a Donald Trump, hay algo en la imagen del mundo que nos estamos perdiendo. Hace poco, siguiendo la pista del historiador y lingüista Carlo Mattogno,5 me topé con la realidad pasmosa de las leyes que en Europa criminalizan la negación del holocausto judío. Más allá de la antipatía o la repulsa que nos produzcan los grupos a los que suele estar asociada esta línea de pensamiento (usualmente grupos de extrema derecha y de franca filiación nazi) lo cierto es que vivimos en un mundo en el que ciertas ideas son susceptibles de ser prohibidas como tales, sin implicar ninguna otra acción fuera de su articulación pública y en voz alta. Lo cierto también es que las partes más interesantes y argumentativas de esas ideas no son articuladas por skinheads patanes o por xenófobos o antisemitas clandestinos, sino por historiadores serios y respetados que no sólo enfrentan múltiples formas de descrédito en sus respectivos ambientes académicos sino que, en la práctica, piensan bajo una muy real espada de Damocles.


Si fuéramos capaces de escribir una ficha de síntomas del totalitarismo globalizado, ¿cuáles serían los síntomas que apuntaríamos como “inconfundibles”? ¿De qué síndrome diríamos que padece, hoy, el mundo?


Notas:


1.Cita en “9/11, Decade of Deception”, Press for Truth Films, 2015. David Chandler es un post graduado del Harvey Mudd College, con una maestría en Matemáticas Aplicadas por el Politécnico de Pomona, California.


2. Cita en http://www.huffingtonpost.com/joichi-ito/mit-researchersentenced-_b_8760354.html


3. Panfleto distribuido por el Candem Safeguarding Children Board, Londres, Inglaterra. Cita en http://www.cscbnew.co.uk/wpcontent/uploads/2015/10/CSCB_Radicalisation_and_Extremism_Single_Pages.pdf


4. Cita en http://www.dsm5.org/Documents/changes%20from%20dsm-iv-tr%20to%20dsm-5.pdf


5. Nacido en 1951, Mattogno es un respetado lingüista e historiador italiano, cuya principal aportación teórica ha sido la revisión histórica de los hechos asociados al holocausto durante la Segunda Guerra Mundial.

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