Cinque Terre

la redacción

El leñazo del rey

Foto: cuartopoder.es

La fotografía recorrió el mundo en cuestión de horas desde el viernes 13 de abril y suscitó el sentimiento (casi) unánime de indignación. Contundente, retrata la miseria de dos personas que arrebatan la vida por placer a un animal; ahí están, triunfadoras en toda su sevicia frente a la presa que nada les había hecho sino andar con el señorío elefante en la selva africana. Ahí están, cobijadas también con el silencio de muchos, cuya más elocuente representación es Mariano Rajoy y el Partido Popular.

Pero la instantánea muestra otras vertientes de la crueldad humana. Muestra la indiferencia cotidiana de millones de seres en relación con un planeta que fracturamos a balazos entre nosotros mismos, o mediante la opresión al más débil, al que no tiene; el que es reprimido, discriminado y lastimado, como si fuera un trofeo de caza del que tiene, el que pisotea, lastima y, con una regularidad pasmosa, también mata. No exageramos al decir que la fotografía también es la instántanea de millones de hombres y mujeres elefantes que hay en el orbe.

Y es la representación particular de lo que sucede en España. Un país conmovido por la falta de brújula de su gobierno actual y su obcecada forma de enfrentar, y así aumentar, la crisis económica mediante recortes económicos en desdoro de la asistencia social y el empleo, por citar a sólo dos ejemplos. Ahí está el rey, de vacaciones, mientras la nación aparte de todo lo antes descrito se convierte en la preocupación de otros países que, como Francia, balbucean ya que una posible recesión europea partiría de tierras ibéricas; en tanto el gobierno español enfrenta a la Argentina y la decisión de Cristina Fernández de expropiar Repsol.

Nada qué, el rey prefirió mostrarse a sí mismo sus destrezas y, con cargo al erario, se va de excursionista a Botsuana, una de las naciones más pobres de la Tierra. Fue a descansar en una aventura de la que nos enteramos no por la caza de animales, claro que no, sino porque, como dicen los españoles, se pegó un leñazo y, al partirse la cadera, tuvo que regresar a España para luego, soberánamente, ofrecer disculpas.

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