Genaro J. Recabarren-Melina Alzogaray

El guardián

Entrevista a un policía del México profundo

Arriba: el aquietamiento, la montaña. Abajo: lo creativo, el cielo. Existe otro México y se encuentra al adentrarse en la sierra de Puebla. Atravezando los caminos sinuosos que descansan a los pies de la montaña te topas niños llenando los pozos con palas de tierra para cobrar unas monedas y comprarse una coca cola. Buganvillas moradas se derraman entre las casas del pueblo; un hombre con sombrero trabajó todo el día en el cafetal, ahora bebe un litro de refino de caña, cae repentinamente y su cuerpo intoxicado se entierra en la única calle de asfalto que allí trazó dios, una niña de 5 años lo cuida y llora a su lado.

La historia empieza cuando a la mamá de Nazareno -el policía de aquel recóndito pueblo- le preguntan: “Oye, ¿por qué tu hijo es policía? ¿Si él no estudió, o a poco le dieron mucho estudio?”. Su mamá responde: “Él fue a México a trabajar de chiquitillo, nos dejó de doce años, se fue a trabajar a México”. Nazareno trabajaba en una casa; se dedicaba “a lavar la ropa, a hacer la comida, cuidar una niña…”

Y entonces sucede que Nazareno, vestido de policía, nos concede alegremente una entrevista. Él es moreno, chaparro, gordo y feo. Nos invita al jardín del kínder del pueblo, no hay nadie. Nos sentamos cada quién en un pequeñísimo banco de niños. Nuestras historias de vida no nos caben en el cuerpo. Nazareno comenzará a contarte la historia más absurda y más bella que quieres escuchar. Te dirá que además de policía es travesti, que en su tiempo libre hace despedidas de soltero a los hombres del pueblo, los lleva al río y danza con ellos y con los árboles, y luego regresa a su casa a ponerse su traje de guardián.

Nazareno es un súper héroe.

¿Y cómo es que llegaste a la ciudad de México?

Vinieron unas personas que trabajaban en albañilería y dijeron: “Oye, Nazareno, vemos que tú andas barriendo acá, te gusta mucho el quehacer, vas a la escuela, llegas y haces tu quehacer. Una señora en la ciudad de México busca una chava, o un chavo, que sepa hacerlo. La verdad que vas a ganar mil 800, pero eso si lo haces todo; pero primero te van a dar 800 pesos, ¿te parece?”. Y yo que estaba en la escuela le respondí: “Voy a enmendar, no hay de otra para salir de acá, ya no quiero estudiar…”. La maestra me decía: “eres un burro, no captas nada” (hasta me aventaba el borrador en la cabeza). Y yo le contestaba: “Bueno, puede que sea un burro ahorita… pero no creo que yo vaya a ser un burro siempre, ¿por qué? Porque nací y eso significa que un día voy a ser alguien… Si la maestra me está marcando que soy burro, tarde o temprano se lo voy a demostrar”.

Bueno, después de eso trabajé en casas. Como me ofrecieron otra chamba porque ahí en la casa donde trabajaba había una tintorería, diario iba una señorita así, pues bien arregladita; en una ocasión me dijo: “¿Qué te parece esta propuesta: nosotros andamos buscando un muchacho como tú, de confianza, vienes de pueblo, ¿cuántos años llevas acá?”.

Incluso me hicieron mi fiesta de quince años (que a un hombre no le hacen) que… ¡guau! Digo, me prestaron un vestido largo, hermoso, y unas zapatillas… Bueno, total, que lo voy a hacer porque quiero que me quieran mis patrones… y si yo los estimo pues lo voy a hacer. Total, lo hice, ¡bailé!

De ahí que aquella señora que me ofreció me dijera: “Yo quiero que vayas a mi casa, mi marido es policía y necesito que nos la cuides. Yo no estoy casi nunca, trabajo en una oficina, soy secretaria y mi marido que es policía…”. “¡Guau! -pensé yo- es policía… ¿Y no tiene armas o algo en su casa de usted?”, “No, tú vas a estar cuidando. Nosotros tenemos una niña y tú nos la vas a cuidar”. Y me fui. Creció esa niña, tuvo 12 años… Un día me dijeron:”Discúlpanos, Nazareno, ahora nomás es tiempo de que vayas buscando otro lugar para estar porque nosotros nos vamos. Mi señora y yo no somos de acá, somos de un lugar que se llama Taxco, Guerrero… entonces nos vamos a retirar”.

¿Cuántos años estuviste con ellos?

Estuve allí cuatro años. Entonces salí a la calle y en una ocasión encontré que en una cantina buscan meseros, que no sé qué… Pero como tenía mi cabello largo, y con perdón de ustedes me dije, “¿Qué me queda?”. Encontré un señor. “Tengo un bar -me dijo-, ¿no te gustaría trabajar?”. Porque me vestía diferente, no como acá en el pueblo que cuando te ven así, te maldicen.

¿Pero cómo te vestías diferente?

Era yo travesti… y sigo así hasta ahorita… Mis compañeros, ellos me marcan quién soy, pero como yo les he dicho: “Mira, dentro de mi trabajo soy policía y me gusta que me respeten y los respeto. Si alguno de ustedes quiere ver algo conmigo tiene que ser fuera de nuestro servicio… ¡Y cuidado con lo que andan diciendo, calladito la boca…! Mira, tú me saludas, yo te saludo, ´¡qué onda, amigo!´, ´¡qué hubo, manito!'”.

Pero antes de eso quería contarles cuando yo me fui de aquí, del pueblo… No quiero tocar el tema porque… Ahí sí, me da tristeza… pues sí, una tristeza que duele. Donde me duele el corazón, porque a veces me arrepiento… Digo, bueno… si yo hice así en la ciudad de México porque me arrepentí de lo que me hicieron un día… Cuando yo llegué a la ciudad les platiqué por qué me fui de aquí. No fue precisamente porque no quisiera ir a la escuela, sino precisamente porque antes me gustaba mucho ir a las fiestas, a los bailes, me gustaba mucho andar con las chamaquillas, bailar, “enseñar el estilo”, me gusta mucho bailar… Y entonces uno de esos días… Iba yo de noche (a las doce de la noche) cuando me atajaron tres personas grandes, hombres adultos. Y bueno, jugaron conmigo. Yo como era un niño los saludé (te digo que tenía yo once años cuando me fui a la Ciudad de México…) de buena manera. “Buenas noches”, y dijo el otro chavo: “Es este chavo que es así y así”. “Ay, pues, ahorita vamos a intentar a ver si es cierto”, dijo uno… Y ahí me van siguiendo. “¡Ahí, párate!”, “Pues, por qué me voy a parar, no les debo nada”, “¡Párate o más te vale porque, nomás ahorita, te vamos a dar, güey!”, “No puede ser”, bueno, me paré. Pero esos señores (bendito sea dios) ya después de eso me violaron, hicieron lo que ellos quisieron. Al otro día vine acá, mi mamá me interrogó: “¿Es cierto que ayer te pegaron?”, “Ay, no mamá eso es un chisme, no es cierto”.

Yo no quise decirle a mi mamá, sino simplemente fui con la autoridad a decirle. ¡Y los agarraron! Hasta ahorita aún no han salido de la cárcel.

¿Cómo era el trato que recibías antes de irte, con tus amigos, amigas, la gente del lugar? Porque ya te veían de una forma diferente: Justo por hacer cosas que ya no eran de varón sino de niñas… ¿Cómo se ve eso en un pueblo, que te gusta bailar, vestirte de una forma diferente?

Me gustaba siempre andar con las chamacas pero me gustaba porque ellas no son como los chavos, que ahí andan, ya pegaron un maco. Una muchachita siempre es diferente, te puedes comunicar con una muchacha, te cuenta su vida, todo. Y no me gustaba andar con los chavos. Y te digo que después de eso, cuando ya estaba yo con esos señores que se fueron a Taxco, Guerrero, me metí al bar, trabajé en el bar.

¿Cómo se llamaba el bar?

En el bar trabajé y de ahí compré esta pobre casa. De esto… de mi trabajo de poli, ahí viene toda la historia. Me metí al bar, no sé si ustedes se habrán dado cuenta o han escuchado que ahí no existe un trabajo digno. Ahí es “un trabajo” y punto… hay muchas cosas que te pueden suceder. Y de ahí, cuando ya estaba en el bar (pasaron como dos años nueve meses) encontré un galán, con sus botines, bien guapo, que empezó a tomar… Y empezamos: “Así que tú eres así y te vistes de mujer”, y yo, “Sí,” le digo, y ya le expliqué lo que sucedía, “Mira yo soy así, sucede que trabajo así”, “¿Y por qué trabajas acá?”, “La verdad -le dije-, no es que me prostituyan, no. Lo que pasa es que necesito ganar dinero. Ellos me piden harta cantidad de dinero y luego no llego a juntar. Quiero comprar mi terreno donde viven mis papas en el pueblo, siempre nos están prestando y así no puedo hacer cosas, porque siempre nos dan prestado… ¿qué le parece? Yo por eso trabajo”. Y me dijo el muchacho: “Sale, ¿dónde está tu cuarto?”. Me siguió. Y ya, pasarón cosas que no deberían pasar… A la hora que se estaba quitando sus botas o botines: “¡Híjole, antes de que pase lo que tú quieras vas a comer esto!”, “No, por favor, espera -le dije-, acá adentro, detrás de ti, hay un ojo que se está dando cuenta de todo lo que va a suceder aquí. Pero te voy a hacer lo que tú quieras, adelante”. Pero después de ahí me dijo, “No sabes con quién te metiste, yo soy un guacho”, cuando yo pregunté, “¿Qué quiere decir un guacho?”, “Soy un soldado, si no sabes, y en segundo lugar soy general”, “Ah -le dije- perdón, ¡por eso usted estaba reguapo! Perdone la… ya total…”. Después me dijo, “Aquí está, quince mil pesos.

“Que con este dinero te alcance para lo que tú quieras hacer, qué se yo”. Y le digo: “No, yo no quiero que me des tanta cantidad de dinero, yo cobro menos, eso y nada más…”. Cobraba 600 pesos, en realidad 300. “No, mejor (si usted dijo que es un general), la verdad a mí me gustaría dejar este puesto de trabajo. Aquí gano dinero pero también sé que estoy corriendo mucho riesgo, como usted me lo iba a hacer. Pero qué te parece, soy de Puebla, de Sierra Norte de Puebla, qué documentos necesito, me gustaría que me eches la mano, como general”, y él respondió: “Nosotros no tenemos señoras, nosotros trabajamos, salimos por tiempos, nos olvidamos de toda la familia. Si yo quise compartir esto en mi vida contigo es porque presiento… una amistad. Tú me caíste bien y hasta ahí, nada más”, “Bueno, por qué no me echa la mano, necesito ser policía… aunque sea guardia de seguridad pública, aunque sea guardia de no sé qué, de seguridad privada”, “¿Seguro que eso quieres?”, “Sí”, y me dijo: “A ver qué día vas a tu pueblo. Vas a tu rancho y te traes tu acta de nacimiento, saca tu credencial de elector, tu CURP y un examen médico y la de la escuela”, “La verdad estudié nomás nocturna y tengo nada más una constancia del INEA, es lo que me dieron”, “Ah, bueno, tráete todo eso y yo te voy a echar la mano”. Pasaron los tres meses y ya iban para cuatro y no venía. Pensaba yo, ya fui a mi casa, tengo mis papeles y el general no viene. ¡No… ya tenía miedo! Ay, otra vez ahí viene… trataré de portarme bien pero ya de que pasen cosas como las que pasaron aquella vez con él, en el cuarto, ya no… Lo saludé y él, “¿Por qué tiemblas?”, “Sí -le dije- perdón, tiemblo por lo que pasó aquella noche”, “Ya no quiero saber de lo que pasó. Tú no me conociste, yo no te conocí. Sigamos siendo amigos, si quieres. Amigos, nada más”, “Sí -le dije- me parece bien la idea”. Él se llevó esos documentos, quién sabe adónde, yo creo que a sus oficinas… Ya de eso que pasó un buen tiempo…

Pasaron cuatro meses. Y entonces vino otra vez al bar (porque yo abría el bar los viernes, sábados y domingos).

¿Tienes buenos recuerdos de allí?

Sí, muy buenos… Entonces pasaron esos cuatro meses, llegó el general, que me dijo: “¡Qué crees, ya estás adentro!”, “¿¡Cómo!?”, “Sí, tus papeles entraron. Pero antes que nada, lo siento mucho, pero quítate toda la ropa, te voy a llevar a Garibaldi”. Agarramos toda la línea 4, sí, la 4. Nos bajamos y me dijo: “Te voy a llevar a tomar tus fotos, pero antes que nada, te voy a llevar a una peluquería. Aquí te vas a transformar, ya no vas a ser la que eras, ya no vas a ser señorita. ¡Vamos, que te llevo!”. Me llevó a Garibaldi, me compró una ropa como la que él vestía, una ropa a manga larga a cuadros, pantalón vaquero, mis botines. Me llevó a la estética, digo, a la peluquería ¡Guau, me cortaron tipo soldado! Yo lloré mucho ahí, le dije desconsolado: “Señor, no hubiera yo venido, me arrepiento”, “¿Por qué? ¿Quieres ser elemento? ¿Quieres ser policía?”, “Sí”, le dije, “Ese trabajo que tú estabas haciendo no está bien. Uno: tomemos en cuenta cómo te estabas prostituyendo, más que tú dices de que no pero ése era tu trabajo aparte. ¡¿Y sabías hasta dónde estabas llegando?!”.

La verdad, cuando empecé, sí, yo sabía que estábamos así, porque ese bar, y la señora tenía harta lana, iba a Ciudad Juárez, Chihuahua, estaba nomás para “tapar el ojo al nanche”, porque en una ocasión me llevó vestido de señorita y me dice: “Ni una sola palabra. Esos señores que están ahí parados vienen por el polvo blanco y tú vas a llevárselos, en lo que tú ya sabes, en una bolsita… Tú caminas sexi, tú ya sabes cómo hacer y ni una sola palabra, ellos ya saben por qué estás, no te van a tocar”, me decía mi patrona.

Entonces, cuando ya estaba yo con ese soldado y me dijo:”Tú no te dedicabas nomás al bar. Ya tienes tu cartilla, en tres meses a ver qué te toca. De todos modos cómo ves, sigue ahora en el trabajo donde estabas”, “No -le digo-, sin mi cabello largo no me va a querer más la señora”.

Llegué (y fue lo que pasó), la señora me dijo: “Mira muchacho sin pelo, saca todas las cosas que tenías acá y no te quiero ver. Antes que te vengan a buscar, ¡porque nosotros mismos nos vamos a deshacer de ti!”. Pasó eso, salí del bar y me dice el general: “Vas a mi casa si quieres”. ¡Y a todo esto, ya estaba yo llorando con el general! “No te preocupes, tú puedes ir haciendo tu vida. Qué te parece, vete a mi casa (ya te dije que no tengo a nadie), ve a mi cuarto, ahí puedes estar. Me lavas la ropa cuando yo tenga descanso, me vas a hacer el quehacer, me vas a esperar con la comida cuando yo venga, no te va a faltar nada ahí”, “¿Y sí me va a pagar usted?”, “No te voy pagar, nomás que sepas, no te voy a pagar, te voy a mantener. Te voy a arreglar tus documentos, ya están adentro, ya nada más te esperas tres meses para que salga… qué sorteo te cae, bola negra o bola blanca”, ni entendía yo qué decía. Agarré mis cosas y me salí agradecido con la señora, pero ella se molestó porque me fui a cortar el cabello. Me deshice. Me fui con el señor. Pasaron tres meses con él. Pero, de vez en vez se ponía borracho. En una ocasión se puso muy borracho y me obligó a tener sexo con él, o me iba a la calle.

Dentro de mí no sabía qué decidir… finalmente me dije: “Que pase lo que pase… es verdad que aquí tengo qué comer, no me hace falta nada, no ando sufriendo”. ¡Porque vieras cómo sufren los que andan por la calle! Ahí andan limpiando vidrios… Y ya sabía cómo era ser pobre en la ciudad de México; sabía muy bien que yo no quería estar así, como tantos en el parque ahí sentados, modositos… Y dije: “No pues, total, de lo que me haga, sale. Pero no se te vaya a ocurrir, por ejemplo, matarme porque si bien sé que estoy solo, también sé que estoy con dios; quizás nadie de mi familia se dé cuenta, sin embargo en mi mente y en mi corazón voy a andar rogando a dios y él me va a acompañar y no me voy a morir. Podrás ver quizás que ya morí y todo, pero mi corazón llegará al pueblo, a ver cómo, pero va a llegar con mi familia”.

Bueno, pasó eso y pasaron meses años más, hasta que un día me dijo: “Ahora sí, ¡te tocó bola negra!”,

“¡Guau! ¿Y qué es eso?”. “Una bola negra significa que vas a hacer tu servicio”. Y así fui trabajando, trabajé en aeropuerto; trabajé en Central del Norte; trabajé en San Lázaro, en la Terminal San Lázaro…

Aunque uno con otro sí pegué… Hay chavos que les gusta hacer destrozos, pues sí, obviamente, si alguien ya te pegó, ya te agredió, ya te hizo algo, yo creo que tú tienes también tu derecho a que no te maltrate, también tienes el derecho de hacerle algo. No matarlo pero sí darle una cachetada, no pegarle así, pero sí un poquito… Porque nosotros lo hacemos para, como diré, para que estén bien, para que no anden haciendo destrozos como lo hacen aquí. Yo creo que si se dan cuenta hay muchos chavos en las tardes que son y andan haciendo destrozos.

Otra vez era la despedida de soltero de uno de aqui del pueblo y unos amigos me dijeron, “Pues, vamos al río, te grabamos”, pero en ningún momento, en ningún momento, supe cuándo me grabaron. De repente, ya que me dice el presidente, “Oye, ¿qué estás haciendo tú? Es que saliste en un video bailando todo en chinacos, ¡qué te pasa!”, Y yo, “Pero… ¡cómo!”, “¡No te diste cuenta que te habían filmado!” ¿Sabían que nadie, nadie tiene el derecho de sacarle una cosa cuando uno no está consciente de que lo están haciendo? Si tú ya lo viste, pues bórralo, no tienes que por qué pasárselo a otro. La primera persona que lo hizo va a ir al bote… y todo eso… Van a ir todos los que lo están haciendo.

¿Y qué palabra náhuatl hay para definir tu elección sexual?

Hay… Sí, hay muchas palabras… A veces te gritan… Pues les dicen en náhuatl que huilon, huilonis… Quiere decir gay. En español ya le dicen a uno puto, ésas son las palabras…

Pero tú dices que hay varios chavos… Se juntan, se encuentran…Hacen su grupito aparte de todo… ¿Sufren cosas como te pasaron a ti?

Sí, a veces hay chavos que nos insultan… Tengo amigos de esa vida, yo les he platicado que se cuiden mucho, que de hace años hay una enfermedad que es VIH/SIDA, hay que cuidarse. Porque yo nomás les digo que se cuiden, que hay muchos métodos como… Claro, como dice el refrán: “A ver come una paleta que no le quites el nailon, ¡no te va a salir igual!” [risas grupales]. Pero más vale que se cuide uno a que, ahora tú, dios no quiera… Yo estoy bien pero, por seguridad tiene poco que hice mi examen de confianza y salió bien.

Pero tú, al decidir hacer la vida de policía y llevar la vida que llevas, en cierta manera dejaste de lado otra parte de ti, ¿verdad?

Es que aquí en un pueblo lo ven como que se carcajean. “Que se están haciendo sexo”, ya no lo ven nomás, lo divulgan, lo dicen. Es como cuando pasó lo del video, ¡por qué tanto alboroto! Sabían que en la ciudad de México cuando un hombre se quiere casar y antes de que se case le hacen su despedida, su despedida de soltero, ¿y qué hay en la despedida de soltero? Le llevan chocolates en forma… como penes de hombre… Y es lo que yo hice acá, porque un compañero se iba a casar estos días y él me dijo… “Te voy a hacer eso”, quedamos así como ahorita, “Te voy a hacer tu show, tu despedida de soltero”, “¿Y cómo?”, “Allá en el río; tú no digas nada y lo voy a hacer. Tú te vas a casar pero eso es entre nos, nada más. Yo ya te voy a dejar, ya no voy a compartir tu vida, vas a hacer tu matrimonio, cuídate mucho y te felicito, vas a tener tu señora… Y no te preocupes que no vas a tener disgustos, no te preocupes, yo no contagio”.

¿Piensas que en algún momento vas a volver a la ciudad para poder llevar esa vida?

Sí… Espero que este presi que entra sea como este otro que es muy amable, muy buena onda. Como también cuando le platiqué, dijo: “Sí, tú échale ganas, cuida tu trabajo, no vayas a andar coqueteando con los compañeros, no te pases de listo conmigo y ya nada más. Si tú has salido de la policía, has trabajado de policía y esas cosas te vamos a dar tu empleo”, “Si -le dije- voy a echarle ganas”.

Pero gracias a dios nunca me quedé sin chamba. Siempre busco la manera de ver cómo, pero buscando. Y me gustaría que algún día, ustedes o alguien que tenga o que necesite a una persona, con mucho gusto, me viene a buscar, les voy a dar mi número telefónico, ahora no está en función, quién sabe por qué le pasa, tiene como una semana o un mes que no funciona, es Telmex multiphone, es un programa que vino aquí y nos regalaron, no funciona, no sé qué le pasa…

Y respecto a esos chavos, creo que son gente que no piensan en llegar a grandes, pues sí, en vivir. Perdón que me meta, pero papá diosito nos dio la vida pero él quiere nada más que hagamos algo, no en balde nos mandó al mundo, él nos manda y se siente orgulloso. Claro que nosotros no vamos a andar predicando a la gente, porque eso es lo que diosito hizo, curó a la gente; tocó, en sus manos puso a una gente que no veía; tocó sus orejas cuando el señor no escuchaba; sus labios cuando el señor no podía hablar; lo paró al señor que estaba paralítico… Eso nos demuestra que nosotros como sus hijos debemos hacer algo, en todo lo que es a nivel mundial, hagamos algo.

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