Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

El Gran Hermano

Eric Arthur Blair era un británico nacido en las colonias cuya vida transcurrió entre enfermedades, pobreza rayana en la miseria (fue lavaplatos en un hotel parisino) y un cambio de nombre en homenaje al santo patrono de Reino Unido, a un río de sus tierras y porque tenía la peculiar idea de que un apellido con la letra “O” vendría muy bien en librerías. ¿El nombre? George Orwell.

Como es ampliamente sabido, Orwell escribió dos obras maestras: Rebelión en la granja y 1984, esta última una obra en la que, de acuerdo al imaginario colectivo, hay un ojo opresor que todo lo ve y que sirvió para que un astuto holandés llamado John de Mol creara una basura mediática que conocimos como “Big Brother”, en la cual doce pobres diablos entraban en una casa repleta de cámaras para mostrar sus enormes miserias intelectuales (porque miserable es observar a este atajo de idiotas embriagarse o conocerse en sentido bíblico en cadena nacional).

El programa llegó a México y sucedieron cosas notables como la solicitud de licencia al Congreso por parte del diputado Jorge Kahwagi para participar en este bodrio. Bien, hasta ahí nada nuevo, durante décadas hemos estado acostumbrados a la pobreza de contenidos de nuestra televisión abierta. Hemos ya hablado de personajes como Laura Bozzo, Esteban Arce o el elenco del gustado programa “Hoy”, que logra el prodigio aritmético de sumar 27 neuronas si contamos las de todos sus integrantes.

El advenimiento de nuevas tecnologías siempre es percibido como una señal de progreso humano, del triunfo del hombre sobre la naturaleza y mamadencias similares. Sin embargo, nadie (o casi nadie) advierte de las consecuencias negativas. La primera y evidente es que, como mencionamos, la televisión nos ofrezca basura, el radio le pague a personajes como “el Panda” y que el teléfono se use para contar que la vecina del cinco es ligera de cascos o que nos extorsione un señor desde la cárcel.

Hace algunos años señalé la forma en que Carlos Loret incitaba a los televidentes para convertirse en una forma de “reporteros”, con el fin de enviar testimonios fotográficos de las diversas iniquidades cometidas día a día. El asunto en sí mismo no es necesariamente negativo ya que a veces es la única forma de documentar casos muy difíciles de probar de otra manera. Sin embargo, ha producido una nueva generación que todo lo ve a través de los ojos de su cámara de video o fotográfica inserta en un aparatito que cabe en la palma de una mano.

Tomarse selfies me parece una de las mayores lepras de los tiempos que vivimos, ya no puede uno salir a una reunión o fiesta sin que venga la propuesta de la chingada foto que luego se sube en redes sociales y en muchos casos ha generado enormes rostizones. Sin embargo, esta manía se vuelve trivial cuando el uso es anónimo y clandestino e irrumpe en la vida privada de los demás.

Se abre entonces un dilema: ¿cuál es el límite? Parece no haberlo nunca, ya que nuestra avidez por estas escenas nos permite valorar de la misma manera las infidelidades de Pedro Ferriz o la presencia de reporteros de Televisa echándose un cafecito con “la Tuta”. En ninguno de los casos se equilibra la balanza y el que envía las imágenes jamás sufre las consecuencias de hacerlo. No parece haber ni la tecnología ni el interés de castigar a los culpables del espionaje.

Que todo mundo quiera saberlo todo es una mala noticia. La gente documenta al gordo de la mesa de al lado, el coche sin placas o la fiesta del vecino. Es notable además la manía de la gente por mostrarle a uno, que está sentado sin hacerle daño a nadie, 97 fotos de los nietos, del viaje a Dubai o de lo bonitos que son los toros cuando se ven desde la barrera. Se me podrá llamar neurótico y es probable que el adjetivo me encaje a la perfección, sin embargo, este manifiesto será algún día leído por mis nietos que entonces tendrán la respuesta de por qué no existen fotos de su fallecido abuelo.

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