Cinque Terre

América Pacheco

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Escritora, es también Tarzán del alma

El gran corso

El coraje no se puede simular: es una virtud que escapa a la hipocresía.
Napoleón Bonaparte

El 12 de mayo de 2017 arribé al Aeropuerto Napoleón Bonaparte, en la Ciudad de Ajaccio, Corsica (Córcega), en compañía de mi amiga Florence Ascouet. Justo al momento que nos entregaron el auto que rentamos para nuestra estancia de 4 días en la isla, sonó el teléfono de Flo. Era Jean-André.

–¿Ya están instaladas? ¿Qué le parece Corsica a América? ¿Ya se desmayó de la impresión?

Cuando conocí al doctor Jean André Luciani en París, entendí lo que ningún libro de historia puede transmitir sobre la fiereza del orgullo corso que inmortalizó la figura de Bonaparte. Jean-André es originario de la Île de Beauté, nombre con el que es conocida la isla mediterránea perteneciente a territorio galo desde 1768. Cuando fuimos presentados, pregunté si era francés, ya que su acento me parecía peculiar, a lo que me contestó: “No, absolutamente no”. Soy corso. Durante la cena que compartimos en compañía de amigos se encargó de ejercer un inusitado talento turístico para convencerme de visitar la isla. Prometió que mis ojos jamás habían presenciado nada igual. Un año más tarde cumplí gustosa con mi indulgente promesa. Nuestra amistad se afianzó cuando descubrimos una mutua admiración por el general.

Después de dejar nuestras maletas, nuestra primera parada no podía ser otra que Casa Buonaparte, propiedad donde nació Napoleón y que se conserva como museo nacional. Uno de los primeros detalles que observé al desplegar el mapa de la ciudad que nos regalaron en Hertz fue el nombre de las calles, bulevares, negocios y avenidas: Boulevard Charles Bonaparte, Av. 1er. Cónsul, Quai Napoleon, Rue Roi de Rome, Bistró Bonaparte, etcétera. La lista es interminable. Dar un paseo en París y recorrer sus calles como un ejercicio de observación social es indispensable para entender los razonamientos del completo desprecio del francés contemporáneo a la figura napoleónica. En los veinte distritos (arrondissements municipaux) de la ciudad se puede encontrar el insípido café Bonaparte, llamado así porque se encuentra en el número 42 de la no menos insípida rue Bonaparte, del corazón de Saint Germain de Prés. Y nada más.

Incluso comenté sobre este contraste a algunos amigos parisinos, días después, y me miraron con sorpresa: “Sí, qué raro, ¿verdad?”. No lo había notado.

El edificio que alberga la historia de la familia más famosa de Ajaccio es un hermoso e iluminado edificio de 4 pisos que se encuentra a 3 calles del puerto. La vista desde cualquiera de sus numerosas ventanas ofrece una panorámica envidiable del mar mediterráneo. En su interior, el visitante puede conocer la habitación y el diván donde la historia nos cuenta nació el célebre emperador de Francia. La casa permanece sorprendentemente intacta al paso de los siglos. María Letizia Ramolino fue una madre singular y adelantada a su tiempo. Tenía costumbres rigurosas como exigir a sus hijos que lavaran sus dientes después de cada alimento y que se bañaran religiosamente todos los días. Si tomamos en cuenta que en el siglo XVIII lo bien visto era bañarse una vez al mes o más, la familia Bonaparte podría considerarse una verdadera rareza. En la segunda planta de la casa-museo se pueden encontrar al menos dos maletines que contienen los insólitos artículos de limpieza personal propiedad de Napoleón.

Le Petit Caporal

El más grande militar de todos los tiempos fue el segundo hijo del abogado descendiente de toscanos Carlo Buonaparte y de una mujer de abolengo con más carácter que la mitad de la isla. Como la mayoría de los corsos, el orgullo, el ejercicio de la venganza y el honor eran las características más reconocibles en su atmósfera familiar. La isla de Corsica se ha distinguido por dar a luz a habitantes beligerantes y guerreros indomables. Justo el año que Napoleón llegó al mundo, la isla se enfrentaba a Francia para defender una independencia cada vez más difícil de sostener. Cuando el pequeño Napoleón cumplió nueve años, viajó a la tierra del conquistador a ejercer una instrucción militarizada. La maleta de ese viaje también iba cargada de rencor y odio por los conquistadores.

La escuela militar Brienne-le-Château –a la que fue enviado a completar sus estudios– alojaba a miembros de las familias más opulentas de Francia. Jóvenes mimados se encargaron de convertir la vida de Napoleón en una pesadilla a causa de su pobre dominio del francés. Napoleón nunca perdió su acento corso (en aquel entonces los corsos se consideraban gente de segunda categoría y a la lengua que hablaban, un dialecto), lo que le granjeó las burlas y discriminación suficientes para alimentar su rencor por la patria recién adquirida. Nada, absolutamente nada se le fue dado. Cada logro militar y reconocimiento le costó el triple que al resto.

Corsica es una tierra rica en historia y cuyos orígenes se remontan a la antigua Grecia. Formó parte del imperio romano durante el siglo 27 a. n. e., tiempo desde el cual la isla mediterránea perteneció a territorio italiano hasta la invasión francesa que obligó a Génova a ceder el vasto territorio en 1768, un año antes del nacimiento de Napoleón Bonaparte. Es natural que Napoleón tuviera una convicción independentista muy marcada durante su infancia, teniendo en consideración que desde siglos antes de su nacimiento existieron corrientes rebeldes que pugnaron por la independencia de la isla y que el día de hoy abandera el grupo terrorista Fronte di Liberazione Naziunale Corsu. La flama de la guerra de guerrillas corsa se ha mantenido encendida durante siglos gracias a la impenetrable y fabulosa geografía de la isla.

La indomabilidad del pueblo corso ante la dominación armada de Francia en el siglo XVIII no fue gratuita. Al margen de las razones obvias, al tratarse de un pueblo provisto de su propio esquema lingüístico (el corso es una variante del italiano que obtuvo el estatus de idioma tras la década de los ochenta del siglo XX), social y político, e incluso de una geografía única en su tipo, su naturaleza indómita fue lastimada al saberse vendida a una nación conquistadora por dos millones de libras; es lógico entender que el obcecado hijo del abogado Carlo Buonaparte ardiera en llamas rebeldes y soñara con liberar a su tierra del tirano opresor.

Île de Beauté

Recorrer la isla en automóvil fue la mejor decisión que pudimos tomar. Nuestra estancia en la isla se convirtió en una orgía de paisajes frente a nuestros ojos. La península de Bonifacio (Bunifaziu) ofreció a mi memoria las playas de mayor belleza; principalmente Lavezzy, Piantarella, Canettu, Balistra y Rundinara. Mientras que Porto-Vecchio, Porticcio y Saint-Julien aportaron altas dosis de belleza natural y glamour.

Sello distintivo del sur de la isla, son los arbustos que conforman el ecosistema mediterráneo. El nombre de esta vegetación es maquis y el perfume que exhala es poderoso e imposible de confundir con algún otro.

Otra característica que vale la pena resaltar es que principales carreteras de la isla están infestadas de propaganda rebelde, principalmente del Frente Independentista Corso y del movimiento autonomista Pé à Corsica, quienes siete meses después arrasarían con el 60% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones regionales, convirtiendo el panorama político de la isla en nacionalismo separatista. Más de dos siglos después del nacimiento de Bonaparte, el pueblo sigue rechazando el idioma oficial. Hace diez años, toda la señalización de Corsica se encontraba únicamente en francés, ahora, todas la señalética muestran igualdad en el idioma: francés y corso. Estos pequeños pasos de autonomía le han costado a la población décadas de terrorismo y violencia selectiva.

Ojalá el tiempo nos hubiera alcanzado para recorrer las majestuosas montañas (la zona boscosa representa casi la mitad de la isla) y sus lagos. La más alta de sus montañas tiene 2 mil 706 metros de altitud, lo que convierte a Corsica en un paraíso climático en el que tres horas en automóvil separan la playa de la nieve un día cualquiera de verano.

Genio militar

Es difícil imaginar que en pleno siglo XXI aún existan dudas sobre las habilidades de liderazgo que Bonaparte empleó para inspirar a su ejército a emprender estrategias militares tan geniales como desastrosas. Lo increíble es que sus campañas militares y estrategia se continúen estudiando hasta nuestros días y hayan sido adoptadas por otros líderes a lo largo de los siglos, pero nunca igualadas. La excepción a la regla es quizás su fiel devoto Winston Churchill.

Gracias a sus dotes para la oratoria, logró convencer a su ejército de participar en una cruzada cuyo esplendor llamaría la atención del mundo durante siglos. Fue capaz de inspirar al ejército más grande su tiempo de considerar que sus muertes en el campo trascenderían en el contexto de grandes acontecimientos. Insufló a sus seguidores en la firme convicción de la inmortalidad.

El coraje no es tener la fuerza para seguir adelante
–es seguir adelante cuando no tienes la fuerza.
Napoleón Bonaparte

Megalómano y carnicero son los principales calificativos que utilizan sus detractores. Y no les falta razón: las campañas de Napoleón costaron la vida de millones. Su errática invasión a Rusia dejó miles de cadáveres franceses esparcidos por el aterrador paisaje de un invierno salpicado de sangre.

Las Guerras Napoleónicas acontecidas entre 1789 y 1815 costaron la vida de entre 3.5 y 6.5 millones de europeos (incluyendo 1.5 millones de franceses). Quienes se horrorizan con estas cifras y lo comparan con Hitler o Stalin olvidan que en la Segunda Guerra murieron entre 60 a 73 millones de seres humanos. Y muy al margen de que ninguna gesta heroica justifique la pérdida de vidas humanas, es insostenible una comparación semejante. Y no mencionemos los 2 millones de vietnamitas que perdieron la vida en la guerra de Vietnam. Todos ellos civiles.

Hitler tomó el país más poderoso de Europa y lo despedazó durante una generación. La única deuda histórica con Stalin es que aseguró la derrota del Führer. En contraste, Napoleón tomó las riendas de un país en crisis fiscal para convertirlo en el poder dominante en Europa. Diseñó las reformas de gobierno y transformó la idea de lo que la política sería capaz de ser y de lo que la gente común podría formar parte en esa transformación. La totalidad de su legado al mundo moderno resultó irreversible. La historia lo ha juzgado como el primer dictador totalitario, aunque aportó mucho más a un costo mucho menor que cualquier déspota moderno. Prueba de lo anterior es su indiscutible inmortalidad.

Andrew Roberts señala en su novela Napoleon: A Life: “Napoleón defendió, consolidó, codificó y amplió geográficamente las ideas que sustentan nuestro mundo moderno: meritocracia, igualdad ante la ley, derechos de propiedad, tolerancia religiosa, educación secular moderna, finanzas sólidas y así sucesivamente”. Racionalizó la administración del gobierno local, alentó la ciencia y las artes, abolió el feudalismo y codificó la ley. Las bases del Código Civil (la obra jurídica mas revolucionaria y audaz en materia de Derecho Privado de la historia) vigente a nuestros días continúan sentadas en los principales pilares del código napoleónico.

Mi verdadera gloria no está en haber ganado cuarenta batallas; Waterloo eclipsará el recuerdo de tantas victorias. Lo que no será borrado, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil

Napoleón Bonaparte

La Corse insoumise

La construcción del Louvre comenzó durante su gobierno. Y la del Arco del triunfo ha servido para enaltecer las glorias del ejército napoleónico. Pero basta con atravesar a pie el puente Alexander III, para contemplar el vestigio silencioso de su herencia irrenunciable. El nombre de Napoleón Bonaparte continúa avergonzando a la sociedad francesa porque nunca lo consideró uno de los suyos. A diferencia de su tierra natal, donde es considerado el más grande héroe de la humanidad, Francia nunca le quitó del todo la etiqueta del forastero que manchó de oprobio la pureza de su patria revolucionaria.

Doscientos cuarenta años después de que el chico de nueve años pusiera por vez primera un pie dentro del territorio del peor de sus enemigos, la muda y prometida revancha del emperador se encuentra a la vista de todos. Logró el sueño de su niñez: la venganza de una tierra indómita pero conquistada seguirá manchando el paisaje del odiado invasor cortesía del puente más exquisito y el segundo más largo de la República. La bellísima construcción despeja por completo el corazón de la isla de Francia y la conecta con la explanada de Les Invalides, recinto donde reposan desde 1840 los restos del gran corso que contemplarán en silencio desde su iluminada bóveda el curso de la historia hasta el devenir de los tiempos. La leyenda cuenta que Napoleón Bonaparte exclamaba a sus hombres que la prueba irrefutable de la proximidad de casa era el aroma inconfundible y extravagante del maquis que llegaba hasta su barco incluso antes de vislumbrar tierra firme.

A mi vuelta a París, Jean-André nos invitó a cenar para que le contáramos nuestras experiencias en su lugar de origen.

Lo primero que hice cuando lo tuve cerca fue abrazarlo y exclamar: Napoleón tenía razón. Continúo llevando el aroma del maquis en la ropa y en mi memoria.

Confieso que fue una velada extraordinaria y entrañable. A la altura de mi general.

Mi grandeza no reside en no haber caído nunca, sino en haberme levantado siempre.

Napoleón Bonaparte

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