Cinque Terre

Sergio Octavio Contreras

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Doctor en Ciencia Política. Comunicólogo y master en sociedad de la información por la @UOCuniversitat. Profesor universitario. Consultor y conferencista en redes sociodigitales. Twitter: @Ciberpensador

El fanatismo en la red

Este artículo fue publicado originalmente el 4 de octubre de 2012, lo abrimos de manera temporal dada su relevancia periodística.

Una de las características de las sociedades contemporáneas es la capacidad que tienen los seres humanos para recibir información a distancia, tanto a través de los medios tradicionales, como por medio de las nuevas tecnologías. En determinadas circunstancias los mensajes incluyen cargas ideológicas, algunas de las cuales pueden llevar a los receptores a la práctica de actitudes totalitarias, intolerantes, fanáticas. El concepto de fanatismo ha sido revisado, discutido y estudiando por diversas ramas sociales, desde la filosofía hasta la psicología, donde se pueden destacar diversas nociones que pertenecen al campo estudiado. El conflicto que genera el fanatismo es por oposición de contrarios, puede ser por las ideas o incluso la forma de ser de una persona, por la religión que profesa, por la ropa que utiliza, por los gustos y costumbres, por el estrato económico del que provenga, incluso por rivalidad deportiva.

Sin embargo el fanatismo ha variado de acuerdo a las épocas y a los tipos de sociedad. Los marcos morales, las leyes, el sistema de justicia, los medios de producción, las clases sociales, las élites de poder y hasta la tecnología, pueden llegar a influir en los tipos de fanatismo que emergen en las culturas.

En el transcurso de la historia la cultura del fanatismo se presenta de diversas formas. Por ejemplo, los primeros emperadores cristianos establecieron una serie de medidas extremas para combatir la herejía, dominando la mayor parte de Europa a partir de un absolutismo religioso. La tradición de la intolerancia continuó durante la Edad Media, al grado de diluir la delgada línea entre religioso y feligrés a partir de Las Cruzadas. En la colonización de América la segregación racial fue uno de los motores que generó la intransigencia, ejerciendo la violencia a través del aparato inquisidor, el miedo y la ignorancia.

En el mundo occidental, durante la construcción de las primeras formas de Estados después del siglo XVIII, aparecieron nuevas modalidades de fanatismo que se convirtieron en polos opuestos: absolutismo y liberalismo. La historia humana revela que las causas del fanatismo no sólo provienen de las creencias religiosas, sino también de ideas políticas, de concepciones de vida que intentan imponerse a los demás a partir de un sentido de convencimiento que jamás debe ponerse en duda. Un rasgo distintivo de la cultura del fanatismo es la movilización de masas a partir de una “identidad colectiva”, como lo explica Eric Hoffer en su célebre obra El Verdadero Creyente.1

Algunas aproximaciones al concepto de fanatismo las encontramos en el campo de las ideas. Para el escritor Emile Michel Cioran, representa una idolatría que condiciona la existencia del ser humano a sueños e intereses egoístas. Incluso cuando el hombre se aleja de la religión, permanece sujeto a ella, agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: “su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo”.

El fanatismo también puede definirse como una “intensa adhesión afectiva a una idea, socialmente compartida a la que se concede un valor absoluto, que pretende ser realizada destruyendo, en nombre de ella, cualquier obstáculo que se interponga”.2

Un ejemplo de fanatismo extremo se registró el 18 de noviembre de 1978 en una granja localizada al noroeste de Guayana. El estadounidense Jim Jones, fundador en 1953 del “Templo del Pueblo”, edificó una secta religiosa donde fusionó la idea del cristianismo con doctrinas de sacrificio. Mediante discursos de persuasión, pudo convencer a más de 900 personas para que se suicidaran colectivamente ingiriendo cianuro. La muerte masiva conmocionó al mundo, fue sin duda un acto de fanatismo.

En la actualidad, en medio de la llamada “Era de la Información”, ¿cómo se puede definir el fanatismo? ¿Las nuevas tecnologías permitirán al ser humano borrar las fronteras de la desigualdad de pensamiento? Los enfoques para explicar el fenómeno parten de variadas teorías y análisis empíricos, donde se enmarcan actitudes comunes que definen a un determinado grupo de personas: sectas religiosas, grupos extremistas o movimientos políticos. Los únicos ingredientes que se requieren son la defensa a ultranza de una idea y un grupo social que esté de acuerdo en su defensa hasta llegar a las últimas consecuencias. Tal vez el nazismo alemán es una de las formas más extremas de fanatismo que se han registrado en la historia de la humanidad.

Con la expansión de las Industrias Culturales después de la segunda mitad del siglo XX, el individuo que adquiría parte de su imaginario colectivo de su vida diaria, cada vez comenzó a obtener nuevos elementos discontinuos de su contexto inmediato, mediatizados por la televisión, la radio, el cine, la prensa escrita. Al igual que las instituciones despojaron a gran parte de las costumbres que antes eran practicadas por las familias (por ejemplo los centros hospitalarios ahora se encargan de cuidar a los enfermos), los medios de comunicación de masas pueden despojar al individuo de una gran cantidad de elementos próximos y ofrecerle nuevos ingredientes para la construcción del ethos.

Esto es lo que en teorías de la comunicación se conoce como “experiencia mediática”, aquella que se adquiere a través de la “casi-interacción mediática” entre las audiencias y acontecimientos moderados por los media. Por ejemplo, una gran cantidad de personas han visto y leído sobre asesinatos reales publicados en los periódicos, han observado fotografías de accidentes y videos de catástrofes naturales o deportes extremos, sin haber estado físicamente en el lugar de los hechos.3

Para John B. Thompson, en el extremo de la experiencia mediática se encuentran aquellas personas cuyo proyecto del yo está formado mayoritariamente por contenidos digeridos de los medios de comunicación, como los fans, donde la experiencia mediática llega a formar parte importante de la organización de su vida. Aquí podemos ejemplificar el caso de los espectadores que planifican su tiempo para no perderse el capítulo de la telenovela vespertina, los aficionados que llegan a emanciparse de sus responsabilidades para poder ver el anhelado partido de futbol o aquellos que se vuelven devotos de un determinado cantante o artista de cine.

La expansión del fanatismo

En un plano etimológico el término “fanático” proviene del latín fanaticus que se deriva de fanum, vocablo que dentro de la cultura de los antiguos romanos representaba el templo: lugar sagrado donde los feligreses acudían a orar. El nuevo fanum, como hasta el momento hemos analizado, se relaciona a la obstinación por una idea, al apasionamiento sin medida, la intransigencia desbordada, el nacionalismo, la obstinación, la patriotería, el sectarismo y el radicalismo de las más diversas formas de pensamiento, como ha ocurrido dentro de los campos religioso y político.

Derivado de la cultura de masas, para algunos filósofos postmodernos, el fervor ahora se transforma en un ritual hacia objetos, sacrilizados mediante las formas publicitarias y mediáticas que adornan al dios llamado “consumismo”. Aquí podríamos incluir el esperado estreno de una película o el ritual irracional que practican millones de personas para comprar el más reciente iPhone, incluso antes de que salga al mercado.

Pero con la expansión de las nuevas tecnologías a partir del desarrollo de Internet, la adoración irracional se manifiesta en una gran cantidad de variantes y sentidos, encontrando un nuevo nicho para su expresión y la aglutinación de grupos que intentan imponer sus dogmas, creencias y principios por encima de cualquier argumento en contra. Incluso la misma red puede llegar a convertirse en un problema cuando los consumidores se convierten en fans de la conectividad y no pueden concebir su existencia si dejan de “comunicarse” en algún momento con la comunidad en red.

Sobre este último punto, aquí algunos ejemplos sobre América Latina: en Argentina la Red Asistencial contra las adicciones reportó que durante el presente año tres de cada diez consultas psicológicas estuvieron vinculadas a la “tecnoadicción”, en su último informe sobre la penetración de las redes sociales de la empresa ComScore, se reportó un crecimiento de usuarios del 16% a comparación del año anterior, siendo los cibernautas de México, Chile, Colombia y Venezuela quienes más horas pasan frente a Facebook y Twitter.4

Pero además de la tecnofilia que puede llegar a representar actitudes irracionales de consumo, las formas comunes de fanatismo instalan en Internet sus estructuras de desarrollo. El concepto “nacionalismo” que proviene de las tradiciones revolucionarias europeas forma parte del discurso político relacionado a movimientos sociales a partir de la identidad y la soberanía nacional. En las celebraciones independentistas de cada país, pueden aparecer imágenes de trajes típicos, programas televisivos sobre gastronomía local o de la música popular y “famosos” ataviados con motivos tradicionales.

En los espacios de Internet se pueden registrar discursos cargados de ideología nacionalista como la defensa de la soberanía en contra de la invasión de productos “imperialistas” que están poniendo en riesgo las economías locales, o bien el cierre de las “fronteras” para evitar privatizar los bienes administrados por el Estado (principalmente recursos naturales) pues se dice retóricamente que son patrimonio de la nación.

Aunado al anterior concepto, aparece el patriotismo como una noción ideológica que vincula sentimentalmente a las personas con su “patria”, ligándola a la cultura, historia y tradiciones, pero puede llegar a convertirse en la pérdida de equilibrio de la propia realidad. La exaltación de valores revestidos de los colores de la bandera ha llevado a la humanidad en varias épocas de la historia a cometer asesinatos, guerras de exterminio, actos xenofóbicos y genocidios.

En la red podemos encontrar extremos patrióticos como son los mensajes que escriben en Twitter, políticos o incluso presidentes donde llaman a la población a no traicionar a su patria para defenderla de intereses colonialistas, para participar con el gobierno en la guerra contra narcotraficantes o para destacar los valores cívicos de un determinado atleta. En Internet, los cibernautas ideologizados también pueden reproducir los discursos patrióticos, abrir blogs para defender la raza, exigir a sus propias autoridades la aprobación de leyes para combatir la migración o manifestar un respeto extremo sobre imágenes cargadas de simbolismo político.

En los sistemas democráticos y no democráticos, también son comunes las posturas fanáticas. En la contienda electoral de Barack Obama para presidente de Estados Unidos, como candidato fue blanco de ataques de opositores que llamaban a los electores a no votar por él debido a que era de origen africano. En México antes, durante y después de la contienda federal de julio de 2012, prevaleció en las redes sociales un clima de violencia simbólica entre fuerzas opositoras, en algunos casos bajo argumentos irracionales que aún hoy en día se mantienen como dogmas.

Otra noción ligada al fanatismo es el llamado “fundamentalismo”, entendido como una corriente de pensamiento que promueve la aplicación al pie de la letra de un determinado mandato, como sería un libro sagrado como el Torá o la Biblia, es tal vez uno de los polos más extremos donde pueden encontrarse comportamientos fanáticos.

En la red existen páginas, blogs y hasta wikis con ideas extremistas cristianas donde se condenan algunas actividades sociales porque son contrarias a sus fundamentos religiosos. Entre los ejemplos de intolerancia podemos mencionar el rechazo a la Teoría de la Evolución de Charles Darwin5, la reprobación del Estado por reconocer nuevos derechos sexuales o el vituperio contra minorías (principalmente manifestaciones juveniles, grupos indígenas, personas con discapacidad, niños, madres solteras y ancianos).

Cuando se estrenó la película “La Última Tentación de Cristo”, filmada en 1998 por el director Martin Scorsese, no había redes sociales digitales ni tampoco Internet, pero esto no impidió que en varias partes del mundo se registraran protestas de grupos católicos afuera de las salas cinematográficas. La comunidad religiosa cristiana estaba escandalizada por las imágenes que mostraban a un Jesús más humano que divino, con claras tendencias al enamoramiento y a la sexualidad. Incluso en Chile, el gobierno prohibió la exhibición de la cinta y fue hasta 2003 cuando pudo proyectarse en las salas, una vez que la Corte Interamericana de Derechos Humanos protestó por la censura.

Respecto al fundamentalismo islámico, aunque es el más conocido actualmente en el mundo occidental, sus orígenes no son nuevos, se remontan a un movimiento musulmán del siglo XIX donde se propuso cumplir literalmente lo que dice el Corán. Esta interpretación ocasionó que los grupos religiosos se vincularon a los sectores políticos a través de los partidos, llegando a establecer sistemas de gobierno extremistas que declararon una Guerra Santa o Yihad en contra de todo aquel que blasfeme contra sus dogmas.

En foros de grupos, blogs, redes sociales, sistemas de almacenamiento de archivos digitales y páginas web, podemos encontrar hoy en día todo tipo de manifestación a favor del fundamentalismo religioso. Aquí podemos mencionar las célebres páginas www.faroq.org y www.alndea.com, donde se publicaban mensajes y videos del desaparecido Osama Bin Laden, líder de la organización terrorista Al Qaeda.

Desde julio de 2012 comenzó a registrarse un nuevo escándalo enmarcado dentro del fanatismo religioso, la difusión de las primeras imágenes a través Internet de la película norteamericana Innocence of Muslims (“La inocencia de los musulmanes”) que en un principio sus productores pretendían llamarla “El Guerrero del Desierto”. A principios del mes de septiembre, la cinta fue doblada a la lengua árabe y colocada en un fragmento de 14 minutos en YouTube, de donde fue tomada por algunas cadenas de televisión de Medio Oriente que difundieron parte de la historia a sus espectadores.

Los fragmentos de la cinta muestran al profeta Mahoma como una persona llena de vicios, enfermo de poder, mujeriego y mentiroso. Al principio de la película aparecen imágenes de musulmanes quemando casas de cristianos para hacer un regreso al pasado y mostrar a los seguidores del Islam como asesinos salvajes. El film fue financiado entre otros personajes por el pastor norteamericano Terry Jones, célebre por manifestar un fanatismo cristiano abierto y por haber quemado en público un ejemplar del Corán el 20 de marzo de 2011.

Las reacciones no se hicieron esperar. En algunos países árabes se presentaron manifestaciones callejeras, enfrentamientos con fuerzas del orden, incendio de vehículos, comercios y banderas norteamericanas. El 11 de septiembre de 2012 el gobierno del presidente de Afganistán, Hamid Karzai, dio a conocer un comunicado donde su administración condenó la película al considerarla una blasfemia en contra de los sentimientos de mil 500 millones de musulmanes.

Un día después, un comando de civiles armados asaltó la embajada de Estados Unidos en Libia, en el barrio de Al Fuihat, muriendo tres diplomáticos y el embajador estadounidense Christopher Stevens. La Casa Blanca condenó los homicidios, envió tropas del ejército a la zona y emitió una alerta a todas sus embajadas.

Para frenar las protestas que se registran en los países árabes, Estados Unidos solicitó a Google, propietario de YouTube, eliminar de sus servidores el clip de la cinta. En un sintético comunicado, el gigante de Internet rechazó censurar las imágenes de Innocence of Muslims porque de hacerlo, la empresa estaría violando la libertad de expresión de los cibernautas. Google optó por bloquear desde el 14 de septiembre los accesos a la cinta para los usuarios que se conecten desde Egipto y Libia.

En medio de la tecnología en red, vale la pena preguntarnos sobre aquello que consideró el filósofo liberal John Rawls, al explicar su teoría de la justicia. Rawls propuso que las sociedades necesitan un sistema de tolerancia donde quede claro que ningún hombre posee la verdad. No hay verdades absolutas, solo verdades individuales. La intolerancia como mecanismo de rechazo de lo contrario termina en conflicto y crisis. Pero cuando dos polos son intolerantes, el resultado es doblemente crítico.

Las manifestaciones fanáticas sobre las expectativas de vida (ideológicas, religiosas, fetichistas, etcétera) que existen en Internet reflejan precisamente la imposición sobre los demás de dogmas, creencias, fe e irracionalidad. En Twitter y en Facebook es común encontrar posturas contradictorias donde lo que menos existe es racionalidad y razonabilidad: ataques, críticas, reproches, insultos y toda una cadena de expresiones que pueden estar muy cerca de la defensa del fanatismo.

En otras palabras: la red no sólo es un medio electrónico como la teoría tradicional de la comunicación plantearía su explicación, es decir, que puede tener un efecto a corto, mediano y largo plazo en sus audiencias. Las manifestaciones sociales que pueden oscilar de la casi-interacción-mediática a las actitudes de la vida real, son ejemplo de que la red es también un medio orgánico que transmite todo tipo de impulsos humanos hacia otros receptores.

Notas

1 Hopper, Eric (2009). El Verdadero Creyente. Madrid: Editorial Tecnos.

2 Javaloy, Federico (1984). Introducción al estudio del fanatismo. España: Universitat Barcelona.

3 Thompson, John (1998). Los media y la modernidad. Barcelona: Editorial Paidós.

4 Para mayor información visitar el sitio: http://www.comscore.com.

5 De acuerdo a Pew Research Center, casi la mistad de los estadounidenses rechaza la teoría de la evolución. Para consular la encuesta visite el sitio: http://www.pewforum.org/Science-and-Bioethics/Science-in-America-Religious-Belief-and-Public-Attitudes.aspx

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