Joyeria de plata mexicana para cautivar
Cinque Terre

Vania Maldonado

Escritora

El elegido

Natalio vivía desde hace años en una casa muy grande. Todos los días eran iguales al frío que lo hacía acurrucarse y abrazarse a sí mismo cada noche. La naturaleza no fue benévola con él. Voluminoso, calvo, cacarizo, los dientes amarillos. Se esmeraba con su limpieza pero era de esas personas que al mirarlas de lejos dan la impresión de que hieden.

A sus cuarenta años nunca conoció el amor. Trabajaba en un centro comercial viejo, rodeado de hombres tan anodinos y fofos como él, pero que tenían una ventaja, solo una: alguna vez habían cogido, alguien los había deseado. Esos amigos querían hacerle el favor.

Lo llevaron a un prostíbulo pero Natalio ni siquiera les dirigió la palabra a las mujeres chaparras, cuyos senos seguramente se desparramarían al sacarlos del escote. Permaneció solo porque siempre se miraba con una diosa a su lado y no iba a admitir en su vida carnes más guangas que las suyas.

Su trabajo consistía en mirar durante horas los monitores del centro comercial. Sentado frente a varias pantallas, esperaba a que algo inusual ocurriera para dar aviso al personal de seguridad. Así era hora tras hora, semana tras semana. Natalio y su casa grande, Natalio solo con sus noches, Natalio y las cámaras, Natalio y su espera.

Hasta que su rutina fue conmocionada un 31 de octubre. Ese día la cámara 13 comenzó a hacer interferencia. El gordo vigía esperó unos minutos y miró a una figura esbelta, de cabello negro, piel blanca, vestida con un pijama azul de niña. La mujer trazaba un círculo en la puerta del baño de mujeres, después volteó directamente hacia la cámara que observaba Natalio.

Durante unos segundos se cruzaron sus miradas. Para él fue eterno, por primera vez se sonrojó, sudó copiosamente. Su respiración agitada casi lo delata con un compañero de turno. La mujer sonrió, inclino la cabeza a un lado. Repentinamente se dirigió a la salida.

Un escalofrío erizó cada parte de su piel. Se quedó estupefacto, el tiempo se detuvo, la cámara le dio brillo a sus ojos y un color rosado al rostro. Rozó suavemente la pantalla, como si acariciara la cadera de la mujer.

De regreso a casa pareció que alguien había coloreado las calles, encendido la noche. Las voces de los transeúntes eran los acordes que armonizaban cada paso que daba. Jamás se preguntó quién era aquella presencia femenina, solo sabía que lo miró fijamente y que no era una de aquellas mujeres que vendían su cuerpo y lo miraban a los ojos porque el tiempo ya estaba pagado.

Toda la noche pensó en ese momento. Al otro día, los dientes de Natalio se asomaban como ostras sin perlas sacadas del oscuro y profundo mar. Sí, sonreía y suspiraba con los cables, la interferencia en la pantalla, los pasillos malolientes de la covacha en la que trabajaba. En el transcurso de unos días no pasó nada, solo era Natalio enamorado de una mirada que probablemente no había sido para él. Hasta que de repente la cámara 13 nuevamente lo sobresaltó, era ella, la mujer con pijama azul iba de un pasillo a otro.

Él la seguía en cada una de las cámaras en que iba apareciendo. La esbelta figura azul no compraba nada ni veía los aparadores; algunas veces miraba fijamente a las personas, las seguía unos instantes y nadie parecía percatarse.

Se acumularon los días. Los nervios, la expectativa de saber en qué momento haría su aparición lo mantenían alerta con la música a todo volumen, sobre todo On The Road Again de Canned Heat. Jamás se sintió tan animado, la armónica en la canción hacía que sus pies se movieran al son de esa pieza.

Llegaba hasta una hora antes a su trabajo, con tal de no perderla de vista ni un minuto. Natalio vivía un extraño amor con la cámara porque nunca pensó en irla a buscar, en tropezarse casualmente con ella, en dirigirle la palabra, en tener valor por primera vez.

Natalio se conformó con verla como animal en zoológico. Así que se adhería a su sillón, recordaba sus pasos incongruentes e imaginaba cómo sería su primer encuentro. Tenía la certeza de que la mujer detrás de la cámara, fuera de su alcance, estaba destinada a él.

Y eso es lo que buscan las brujas, las mujeres de magia negra, las que están casadas con el ángel caído y al completo servicio del inframundo. Solo buscan almas sin pena, sin gloria, para alargar su existencia. No quieren personas jóvenes o bebés, no absorben la vida de quienes la disfrutan.

Así llegó la hora. Una tarde, cuando llovía a torrentes, le ordenaron revisar las cámaras ocho y nueve. Se le escapó la respiración. Caminó por el supermercado escondiéndose como niño, no quería verla en persona, eso nunca estuvo en sus planes. Corrió con las herramientas por los pasillos y se detuvo de golpe. El corazón regresó a su pecho para explotar ahí dentro, en la otra esquina ella lo miraba fijamente.

Se acercaron como sonámbulos, ella lo tomó de la mano y lo llevó al baño de mujeres. Por fin, Natalio tenía de frente a la mujer, a su hechicera, nada de palabras, ni una pregunta. Ella lo besó. Con cuidado comenzó a tocarla. “Mantén las manos firmes, Natalio, no tiembles”, se decía a sí mismo. Los dos se recorrieron, él un principiante, ella la guía.

Iba a pasar… con su primer amor, el único, la mujer en la pantalla era ya carne viva entre sus manos, respiraba hondo para no demostrar inexperiencia, rozaba sus caderas, apretaba con suavidad sus senos, besaba su cuerpo con precaución. Se animó a dirigirle la palabra, apartó su cabello y dijo: “quiero que te vayas feliz”. Ella respondió: “los dos lo haremos”.

Siguieron tocándose, se besaban con efusividad. Él hacia esfuerzos por no desvanecerse en ella, se detenía por segundos y otra vez la tomaba con fuerza. Los sudores se mezclaron, los alientos fueron uno solo. El rito se cumplió cuando en un grito el hombre dejó toda su alma dentro de esa mujer.

Pasaron unas horas, hasta que alguien se percató de la ausencia de Natalio. Lo buscaron por todo el lugar hasta que decidieron ir al baño de mujeres. Abrieron la puerta y ahí estaba un hombre recostado, con los pantalones abajo y la sonrisa más grande que jamás le habían visto. Estaba muerto.

Todos boquiabiertos. Las primeras especulaciones: una masturbación mortal. Las primeras burlas, cuando al verlo detenidamente parecía haber bajado veinte kilos en tres horas. Entre carcajadas balbuceaban: “¡Se fue bien servido!”

Pero aquél que permanecía callado, de pronto dijo: “¡No manchen, más bien parece que se lo chupó la bruja!”.

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