Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

El dulce encanto de la inadecuación

Según Fabricio la ideología define a las personas. No solo eso: está convencido que el atuendo constituye una muestra palpable de la ideología. Me consta que no conoce a nadie que el gobierno haya asesinado por motivos políticos, pero se empeña en comportarse como si la represión política fuera nuestro pan de cada día. Nada imposible de digerir: me fascina platicar con él porque amo pelear a morir por cosas que no existen.

Un día coincidimos en la librería de Miriam, una mujer voluptuosa e inteligente. Dicho sea sin falsas correcciones políticas: más voluptuosa que inteligente. Escandalosa desventaja: él era su amigo y yo no. Pero Fabricio es un sujeto generoso y sin vacilar un segundo me la presentó. Casi sin transición me descubrí debatiendo con él en torno a la manida oposición entre el arte por el arte y el arte de compromiso político. Sí, debo admitirlo: con absoluta desvergu%u0308enza nos entregamos a la innoble tarea de reciclar con entusiasmo los consabidos argumentos que suscita el tema, pero hubo una novedad en nuestro debate: Miriam. Nuestro entusiasmo no lo despertaba el tema, sino el público que nos acompañaba. A manera de premio, pago o estímulo a nuestros esfuerzos litigantes, ella extrajo una botella de mezcal del fondo de un cajón y el calor de la charla se intensificó hasta rozar alturas exorbitantes. Sin darnos cuenta llegó la hora de cerrar la librería y, sin más, Miriam bajó la cortina con nosotros dentro. Una hora después sudábamos en trío. Como en tantas otras actividades compartidas, Fabricio llevó la mano: la penetró y luego yo. Ambos eyaculamos en sus piernas, pero ella no se mostraba satisfecha. De hecho permanecía a años luz del orgasmo. Entonces anunció que iba al baño y demoró algunos minutos dentro. Salió sonriente, al fin complacida.

Una semana más tarde reincidimos en aquel ménage à trois. Tal y como puede apreciarse en las diferentes etapas históricas de las naciones, tuvimos cambios, pero también continuidades. Los cambios: por primera vez en la vida Fabricio y yo no disputamos a rabiar. Las continuidades: él entró primero en ella y yo después, ambos nos venimos en sus piernas, ella permaneció insatisfecha y fue al baño a terminar sola lo que no conseguimos finiquitar en equipo.

-¿Por qué no haces con nosotros lo que haces sola en el baño? -le pregunté más tarde a la propia Miriam.

-Porque es una obra íntima, estrictamente personal -contestó con visible enfado y Fabricio me miró con desdén.

Hombres de ideas como somos, Fabricio y yo no nos conformamos con el statu quo y le propusimos a Miriam introducir algún cambio radical en nuestro itinerario erótico compartido. En lugar de dos hombres podíamos intervenir tres. Mujer liberal, amiga de los actos revolucionarios, Miriam aceptó nuestra propuesta y fuimos a pescar un hombre a un antro de moda. Elegimos un sujeto musculoso y presumiblemente bien dotado. Gracias a nuestro probado derecho de antigu%u0308edad, el sujeto musculoso la penetró al último, pero el resultado no varió en forma sustancial: otra vez Miriam tuvo que entrar al baño a proceder con lo suyo.

La segunda ocasión que salimos a pescar bateadores emergentes, Fabricio y yo recaímos en el desencuentro ideológico. La razón: el atuendo del tercer hombre. Él se inclinaba por un individuo con pinta de obrero y yo por uno de traje y corbata. Serena y salomónica, Miriam optó por ambos. Nuestros invitados demostraron ser mejores amantes que nosotros, pero Miriam quedó tan insatisfecha como siempre y como siempre se descubrió precisada a recurrir al remedio mágico que urdía en el baño.

Con frecuencia Miriam se sentía sola. No comprendía por qué nadie se comprometía con ella. Una vez quiso suicidarse y otra tuvieron que internarla en un hospital psiquiátrico. Pero nosotros siempre nos revelábamos propensos a complacerla o, al menos, lo intentábamos con denuedo.

-¿No crees que sería mejor establecerse con alguien que se adecúe a nuestros limitados alcances amatorios? -le pregunté una ocasión a Fabricio, mientras Miriam acababa de rematar en el baño el servicio sexual de la noche.

-Ya te salió lo burgués -espetó, y yo no tuve que defenderme:

-¿Lo burgués? ¿Por qué lo burgués? Cada noche me muestro dispuesto a amar, pero esta situación resulta insostenible. Todavía si se masturbara con nosotros, pero de modo terminante se niega a hacerlo. ¿Aún debo aclarar que, a despecho de nuestra adversidad ideológica, ambos creíamos que los burgueses no cogían en niveles óptimos? Vaya, y eso, ¿qué demonios importa?

Una noche se presentó un incidente con uno de nuestros invitados. Cuando volvió a quedar demostrado que los cuatro machos presentes no lograríamos satisfacerla, el tipo perdió el control de sí mismo e intentó golpearla. Fabricio acabó con el ojo morado y yo con un hilo de sangre en la nariz, pero conseguimos contenerlo y sacarlo a rastras de la librería. Un año y medio más tarde me casé con una mujer que lograba venirse conmigo y Fabricio se mudó a Cuernavaca. No obstante, ambos continuamos visitando a Miriam. A la fecha la frecuentamos y, de vez en cuando, coincidimos en la librería. Lo confieso: ya estoy harto de verlo desnudo. Seguro a él le sucede lo mismo: no de verme a mí, por supuesto, sino de verse a sí mismo. Pero bueno, en forma inevitable hemos vuelto a pelear con furia de caníbales por nuestras ideologías políticas irreconciliables.

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