Cinque Terre

Luis Castrillón-RST

Escritor

El conocimiento eclipsado

ISAAC ESQUIVEL / CUARTOSCURO

Es imposible tapar el sol con un dedo, pero aparentemente el conocimiento sí. Basta tener más que un dedo de frente (lo cual implicaría un menor desarrollo del lóbulo frontal) para caer en las supercherías y el pseudoconocimiento que la sociedad contemporánea sigue valorando casi como dogmas que se integran a una sabiduría popular que se impone.

De acuerdo con el juicio de valor anterior, la responsabilidad de la diseminación de ese pseudoconomiento está en quien lo recibe, comparte, asimila y acepta como una verdad y un elemento, o incluso parámetro, para tomar decisiones en su vida común o ante eventos que superan lo ordinario.

Siguiendo esa misma línea, ese argumento es como la serpiente que se muerde la cola porque representa una vez más una forma de supuesto saber cuyos fundamentos están basados en el dicho popular y no en lo medible, verificable y comprobable.

El problema con el pseudoconocimiento está más allá de quien lo recibe y lo incorpora a su bagaje de saberes, en realidad está en la forma fallida en la que la sociedad contemporánea en México, al igual que en otras naciones, ha utilizado para comunicar el conocimiento y promover el desarrollo intelectual de cada individuo.

El ejemplo más reciente de esa forma fallida quedó expuesto durante el eclipse total de Sol del 21 de agosto pasado durante el que más que el Sol, fue el conocimiento científico, el dato concreto, demostrable y comprobable los que quedaron eclipsados por una ola de argumentos basados en supercherías, pensamiento mágico y pseudoconocimiento.

Los ejemplos sobran y se expusieron en medios sociodigitales como Facebook y Whatsapp, los cuales ya no pueden seguirse viendo como extensiones virtuales de la vida social “tangible”, sino como parte inherente de la convivencia contemporánea y por ende determinantes en el comportamiento de algunos individuos o incluso sectores de la sociedad (si esto es difícil de creer, recuérdense los disturbios de los días 4 y 5 de enero de 2017 provocados por el hashtag #saqueaunwalmart).

Mientras la información sobre la posibilidad de ver un eclipse total de Sol en forma parcial en territorio mexicano circulaba en medios informativos y de entretenimiento, con sus precisiones e imprecisiones, una mayor ola de supercherías y sandeces –hay que llamar a las cosas por su nombre, aunque sea en eufemismo– se colocaba entre los comentarios más populares:

Colocarse un listón rojo en el vientre y alfileres en el caso de las mujeres embarazadas.

No salir y exponerse a las radiaciones cósmicas, también entre mujeres embarazadas.

Utilizar cualquier careta o lentes de soldador para verlo sin riesgo de daño ocular.

Utilizar radiografías o material para impresión radiográfica como filtro para poder ver el eclipse.

Construir lentes caseros para filtrar rayos UV, rayos beta, gama (y toda una lista de rayos que no forman parte de las emisiones solares) y ver el eclipse sin problemas.

Plantas que crecen mejor si se siembran durante el eclipse.

Mitos sobre malos augurios (basados en malas interpretaciones de investigaciones y relatos sobre la observación astronómica en la cultura maya).

Entre otros, los ejemplos anteriores fueron compartidos miles de veces en perfiles de Facebook y grupos de WhatsApp en los que presuntos expertos hacían múltiples recomendaciones sobre cómo evitar daños por las “radiaciones” solares.

Bastaba leer los comentarios de esas publicaciones para tener una percepción de la forma en la que tenían más impacto que textos que explicaban el fenómeno solar como parte de lo que ocurre en la dinámica del Universo.

Y entonces, ¿dónde está ese fallo argumentado párrafos atrás? en los procesos de comunicación del conocimiento, no sólo de la comunicación pública de la ciencia o de la divulgación científica sino en los que engloban esas dos formas de promocionar el conocimiento y en otras como la enseñanza escolar o la educación formal.

Por una parte, hemos delegado a la enseñanza escolar la responsabilidad completa de generar el conocimiento en los menores y apostado a que ello será suficiente para lograr su desarrollo intelectual. Todo bajo un esquema de aprendizaje en el que se privilegia la memorización, ni siquiera la mnemotecnia como tal, por encima del estímulo en la búsqueda de conocimiento y la formación de una actitud reflexiva que conduzca a un pensamiento crítico.

Las escuelas se han convertido en supuestos centros de saber en los que confiamos todo proceso formativo intelectual y en las que hemos dado preponderancia a la acumulación de datos sin cuestionamientos.

Ahí, donde el objetivo es impulsar el conocimiento, este prácticamente se estanca y siguiendo simbólicamente esa expresión, tal como agua estancada, el conocimiento se contamina, se descompone, se convierte en caldo de cultivo para agentes dañinos al desarrollo intelectual.

Agentes que terminan expresándose en una sociedad enferma de incultura que prefiere soluciones mágicas, esoterismo, supercherías, prácticas de salud basadas en el manejo de “energías”, o directamente en la fe o creencia de que algo “ocurrirá” (cualquier duda al respecto pueden consultarse los entristecedores datos que ofrece la Encuesta sobre percepción pública de la Ciencia y la Tecnología 2015, elaborada por el INEGI).

Pero el problema no termina ahí porque existe otro agente en este proceso de comunicación del conocimiento que ha fallado también de forma estrepitosa: los medios informativos y de entretenimiento.

Comunicar la ciencia, el saber, el conocimiento es un asunto mayor y sin embargo la generación de contenidos en esa área de especialización –hablar de cómo generamos conocimiento y para qué nos sirve– es una especie de bicho raro, cuando no pato horrendo o simplemente material de relleno que no genera ingresos en la agenda de los medios informativos.

En un entorno en el que el periodismo y la información suben y bajan en cuanto a su valoración desde la perspectiva de la sociedad, el manejo de información sobre la generación, producción y distribución del conocimiento, así como su aportación al desarrollo de la humanidad hasta la fecha ha sido relegado.

ARTEMIO GUERRA BAZ / CUARTOSCURO

El problema mayor que ese echar a un lado la agenda del conocimiento está impresa –por decirlo simbólicamente– no sólo en la ausencia de noticias o reportajes sobre ciencia y tecnología de forma específica, sino en la prevalencia de noticias enunciativas y declarativas por encima de aquellas que expliquen, que provoquen la reflexión en la audiencia, en la sociedad.

No se diga ya en la opinión subjetiva y sin sustento, o de plano expresando el interés particular de un grupo social de forma explícita, que se superpone a la información y a los datos duros, a lo medible, a lo verificable y comprobable.

No extraña que en este último caso así sea, porque finalmente, el proceso mediante el cual nos hemos enseñado y seguimos enseñando a generarnos conocimiento es a través no de voces acreditadas porque demuestren su saber, sino vía figuras simbólicas que representan una autoridad o un saber no siempre demostrado y a las que no cuestionamos porque son eso: “la autoridad”.

Los medios informativos hemos fallado, estamos incumpliendo con parte de nuestra responsabilidad y labor de favorecer y ser plataformas de la comunicación del conocimiento y por ende de la generación del mismo.

Un eclipse, irónicamente un momento de oscuridad, nos lo ha expuesto a todas luces una vez más. Tal vez podríamos arreglarlo con el correcto manejo de las energías correspondientes.

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