Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

El Compayito

Siempre he desconfiado de los intelectuales mamones que “no les gusta el futbol” y hacen ascos ante cualquier torneo por venir. Los imagino pedantes en su Olimpo, destazando a sus colegas y bebiendo cognac. El caso es que a los que sí nos gusta el futbol nos toca verlo en televisiones mexicanas, con locutores mexicanos que tienen el mismo coeficiente intelectual de un burro de planchar. En este rebaño sagrado destaca un personaje llamado “El Compayito”, que no es otra cosa que la mano de un señor con ojos que un número preocupante de mexicanos considera gracioso. Sin embargo, esta digresión nada tiene que ver con mis fobias intelectuales o con el futbol sino con la nota aparecida a mediados de mes acerca de la captura de Óscar Osvaldo García.

Todo empezó con una denuncia, la del poeta Efraín Bartolomé, al que junto a su esposa le metieron un sustazo una horda de policías que invadió su casa como se invade Irak. Las cosas se fueron aclarando y salió al paso el Procurador del Estado de México para disculparse por un error y expresar que habían capturado al líder de “La Mano con Ojos”, justamente “El Compayito”. Entonces inició una discusión idiota acerca de que Bartolomé no exageraba, ya que el tamaño de la captura justificaba el error, lo cual es un argumento de pacotilla.

Luego vinieron las conferencias de prensa, que nada tienen de malo y sí de positivo. Que la autoridad informe es simplemente su deber. Hasta estaba yo cuando el periódico Reforma publicó un video con el interrogatorio de este personaje que me dejó literalmente temblando y que tiene varias aristas. La primera es evidente: ¿cuál es el interés noticioso de presentar una hora de grabaciones en la que un criminal narra atrocidades con un cinismo inverosímil? La verdad no encuentro una razón periodística que justifique lo anterior y sí una especie de apología de un hombre que perdió todo contacto con un lado humano.

La entrevista es simplemente escalofriante: “¿Qué hubiera pasado?”, le pregunta el Procurador; “Te hubiera matado, te hubiera encontrado y te hubiera hecho pedazos”, es la respuesta. Acto seguido, el delincuente narra que se formó militarmente, que mató y descuartizó a 300 personas y que ordenó la muerte de otras tantas. Asimismo, los policías le preguntan lo que haría si metieran en la misma celda a sus enemigos. ¿Puede haber mayor pendejez? La respuesta es anticipable: “Los mataría con mis manos”, “estoy entrenado para matar”.

No quiero seguir dando cuenta de lo que vi porque desgraciadamente es público, pero sí de esta tendencia a ofrecer cada vez mayores porciones de violencia a la ciudadanía. Está claro que los periódicos y los medios en general son negocios, y como tales, buscan maximizar sus ventas. La forma de lograr este objetivo es desigual. Mientras que algunos tratan de mantener un código elemental de ética y autorregulación, otros han encontrado una veta en publicar fotos o entrevistas que simplemente alientan la avidez de muchas personas por ver hechos escandalosos, como las cabezas de gente asesinada o el cuerpo de un narcotraficante desnudo y con billetes encima.

Creo que se entiende poco que sólo en la medida en que podamos reflexionar sobre esta tendencia, más allá de pactos que nadie cumple, se podría abonar a contar con el derecho a información de calidad y no esta espiral en la que descendemos.

“Le picaron los ojos a la mano con ojos”, dice sonriente “El Compayito”, para luego felicitar al Procurador y a sus hombres por las tareas de inteligencia que desplegaron para capturarlo. No entiendo, y espero no ser el único que se pasme ante una nota de este tipo. Creo en la libertad de prensa y sé que limitarla es desatino. Pero espero también algo de criterio informativo en personas que profesionalmente se dedican a eso, que son periodistas y no mercenarios cuyo único fin es lucrar con la información.

Ojalá alguien con una autoridad intelectual, que evidentemente no poseo, logre abrir un debate serio sobre este tema, porque se empieza a hacer tarde y las consecuencias pueden ser simplemente imprevisibles.

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