Cinque Terre

Sergio Marelli

Docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.

El cogito del hombre mediático

Extraña pareja: el zorro y la gallina

El diario argentino Clarín, en su edición del 19 de enero de 2007, dio cuenta de un pronunciamiento de la Comisión Europea (CE), referido al impacto de la entrada al viejo continente de grandes grupos de comunicación internacionales, como las News Corp y del multimillonario Rupert Murdoch. La declaración se da en el marco de un gigantesco proceso de compra-venta de medios en Europa, que se ha acelerado vertiginosamente en los últimos diez años. “El simple hecho de que se produzca una concentración no indica automáticamente que haya una pérdida o una falta de pluralismo en los medios”. La máxima autoridad del gobierno europeo recurre a un malabarismo lingu%u0308ístico para celebrar las nupcias entre el zorro y la gallina: el pluralismo informativo y la concentración mediática. Su dictamen apunta a que el meollo de la cuestión no es la constitución de poderosos oligopolios mediáticos, sino la instauración de mecanismos que garanticen el pluralismo informativo y la diversidad de accesos para los ciudadanos a las fuentes de información. El propósito, claro está, es loable. Lo que resta por analizar es su viabilidad, si no hay una contradicción irresoluble que vicia de irrealidad el planteamiento.

El informe de la Comunidad Europea, que aparece coincidentemente con el rápido despliegue de grandes grupos mediáticos en países que otrora se encontraban bajo la égida de la difunta Unión Soviética, aclara que la conciliación de los opuestos -propiedad de los medios y pluralismo informativo-, depende “mucho de las salvaguardas legales y de la independencia real respecto al propietario”. ¿Qué es el pluralismo para la CE? El pluralismo, afirma, “incluye el acceso a una información variada que permita a los ciudadanos formarse una opinión sin verse influidos por una fuente dominante, y poner al servicio de los ciudadanos mecanismos transparentes que garanticen el acceso a medios independientes”.

La legislación vigente en Europa ordena que -más allá de lo que sostenga la CE-, son los Estados nacionales los que deben definir las políticas de medios y las medidas para salvaguardar la identidad cultural, el acceso a la información y la pluralidad de la misma.

La liberalización de los mercados de la radiodifusión y las telecomunicaciones, junto al desarrollo de nacientes sectores económicos -como Internet-, hicieron posible que algunas organizaciones empresariales dieran el salto de una estructura monomedia a conformar grandes grupos multimedia, con presencia de capital extranjero y estrategias globales que alientan una lógica de expansión que los lleva a extender su influencia a todas las ramas de la industria de la información. Estas nuevas condiciones de producción de las noticias permite, en simultáneo, la proliferación sine die de informaciones, y el armado de una visión tendenciosa de la realidad que se erije como única y obligatoria.

Este debate, de insoslayables consecuencias a escala mundial, ofrece rico material para la discusión sobre las implicaciones sociales y culturales de la desaforada concentración mediática que tiene al mundo entero como reino. Pretender enmarcar la cuestión en una nota, es darle diploma de limitación a una de las cuestiones más arduas y desvelantes del periodismo contemporáneo. Pero no nos privaremos de poner de resalto algunas de sus secuelas.

El lenguaje destripado

Ya hemos señalado, en notas anteriores, que entre otros desequilibrios neurovegetativos, la televisión produce un creciente empobrecimiento del vocabulario oral. La televisión no sólo derriba los sesos, equiparando hacia abajo el nivel de expectativas intelectuales de los televidentes; sino que, concomitantemente, desvitaliza la facultad de articular un lenguaje que tienda a la hondura sin perder la claridad. El lenguaje que predomina en los medios es antipoético. ¿Por qué? Porque es en la poesía donde el lenguaje alcanza su máxima potencia expresiva. Donde las palabras se conciben como un bien precioso, la poesía no puede menos que importar. Pero allí donde las palabras son meros ruidos que profanan el silencio de la comprensión, e impiden el recogimiento reflexivo; el ser humano es llevado hasta el extremo límite de su pobreza expresiva. El desinterés infranqueable por el buen manejo idiomático es la contrapartida de la banalización de todo lo que toca la televisión, ese rey Midas al revés que cuanto más oro ofrece menos vale, y cuanto más habla, menos dice.

La creciente fragilidad del compromiso subjetivo con el lenguaje es una de las rendijas por las que hace agua el entendimiento humano. Ese compromiso ha sido fuertemente vulnerado por la pérdida de rigor e imaginación verbal tan diseminado en los medios radiotelevisivos e, incluso, en la prensa escrita donde ingenuamente puede creerse que es el ámbito que en mejores condiciones está para apreciar el valor de las palabras-. No hay duda, entonces, que el deterioro del idioma en el uso habitual que de él se hace, mucho contribuye a que el cuidado de las palabras acabe por resultar un menester ajeno a las costumbres colectivas. Las exigencias sintácticas y semánticas que se esperan de un hombre de prensa, en consecuencia, terminan convertidas en exigencias abusivas. Pero con ello, claro está, no son las palabras ni el periodismo las que sobre todo pierden, sino la comunidad. Una comunidad que, al volverle la espalda a la riqueza del lenguaje, se aleja de una mejor comprensión de sí misma.

El sanscrito televisivo

El mito de la globalización ha puesto en circulación, en los países latinoamericanos, la utilización de un idioma neutro que asola los teleteatros y miniseries. La tontería inculta y cómoda de hacer obviar al televidente la significación del lenguaje de cada país supuestamente hermano en aras de la “comprensión” idiomática es inadecuada, poco convincente desde lo artístico y absolutamente contraria a cualquier técnica de actuación.

Hubo un tiempo -cuya lejanía no mengua su esplendor-, en que el cine argentino -por ejemplo-, ganaba mercados en Latinoamérica con películas que reflejaban su manera de ser y de hablar. Es cierto que en aquella época el “tú” era moneda corriente en la ficción, pero también es verdad que el “che” se imponía en los personajes populares que aparecían en aquellos filmes. La gran Niní Marshall -“la Cervantes con falda”, como la llamó María Elena Walsh-, era éxito y sensación en la mayor parte de América Latina no sólo por su inolvidable Cándida -gallega común a muchos países de habla hispana-; sino por la típica y magistral Catita, porteña de corazón, hija de inmigrantes italianos y con giros idiomáticos desopilantes. Del mismo modo que muchos argentinos reían a carcajadas con el maravilloso Cantinflas, maestro en complicado y peregrino uso del idioma más genuinamente mexicano. México gozó con las creaciones del argentino Luis Sandrini y España consagró a Pepe Iglesias, El Zorro, y sus desternillantes personajes. Así éramos o, mejor dicho, así queríamos ser. Inequívocamente personales. Los tics verbales y modismos argentinos: el che, el tango, el “¿lo qué?” de Catita, el “mientras el cuerpo aguante” o “la vieja ve lo colore” de Sandrini; les mostraban a los demás países de nuestra América cómo eran las cosas en el sur del mundo, mientras en Argentina se cantaba “Ay Jalisco no te rajes”, con el gran charro Jorge Negrete, a veces en dúo con Libertad Lamarque. A los argentinos no les chocaba la cadencia mexicana de aquella diosa infinitamente seductora que fue y será María Félix, y no se le pidió a doña Dolores del Río, cuando llegó a Argentina como mexicana triunfadora en Hollywood, a hacer de la muy britá nica Lady Windermore a Buenos Aires, que agregara más “neutro” a semejante experiencia ya bastante internacional. No tenía el carácter de epidémico este virus de torpeza artística que, en nuestros días, obliga a los actores a perder su identidad y hablar como si estuvieran doblados en Miami. “Balaceros”, “carros aparcados”, “chambas”, “ahoritas” y “chéveres”, se incorporaron al lenguaje rioplatense gracias a El Chavo y a Verónica Castro, asimilándose al lenguaje corriente como una especia que sazona exquisitamente el habla coloquial.

Por el contrario, de esta búsqueda a los codazos de un idioma que lime las aristas, modismos y particularidades idiomáticas de cada región de América, lo único que puede surgir es un lenguaje anodino, insípido, híbrido y sin representación humana, destinado a la mofa y al infierno del olvido. ¡Órale pues, che roto, cabrón, ahijuna, con esas tonteras sin remedio!

La muerte por Internet

Hace poco tiempo hemos podido ver, merced a Internet, la ejecución de Saddam Hussein. Nadie ignora que el condenado ha sido un carnicero, que está manchado de sangre de otros y que si algo ha desconocido en su vida es la piedad. Pero, esa muerte -ordenada seguramente por la administración Bush-, se le escapa de las manos al imperio bélico-comunicacional. ¿Qué mostraban las imágenes? La torpeza de los verdugos que se burlaban de Saddam, en tanto éste, por el contrario, aparecía en escena leyendo el Corán y exhibiendo serenidad. Todo mientras la horca espera. Saddam es ahorcado y los millones que vieron la ejecución lo vieron como víctima. Faltó un detalle a ese espectáculo sádico que Internet ofreció al mundo: el sonido. Los espectadores lamentaron el silencio de lo que vieron, es decir, les apenaba que el filme metido clandestinamente en la red no tuviera banda sonora. Querían oír los quejidos de Saddam, el golpe seco de la horca, las risas de los verdugos. Es posible que en un futuro no muy lejano alguien le agregue sonido al obsceno material. Algún quejido, alguna risa. Entonces, el homo-net, acostumbrado a ver basura y a exigirla, quedará saciado.

Esto sólo puede parecer normal en un mundo que se ha vuelto completamente loco. En la lápida de estos tiempos, alguna criatura futura podría escribir que se trataba de una triste época en que la muerte era redimida de su condición dramática por astucias de la tecnología, para burla de la sagrada vida.

Es muy difícil ver ahorcar o electrificar a un hombre y pensar, a la vez, en los crímenes que cometió. Pensar: “Se lo merece”. El que observa se pone, de algún inevitable modo, del lado de la víctima. Foucault profetizó: “El castigo tenderá, pues, a convertirse en la parte más oculta del proceso penal… Por ello, la justicia no toma sobre sí, públicamente, la parte de violencia vinculada a su ejercicio. Si mata, ella también, o si hiere, no es ya la glorificación de su fuerza, es un elemento de sí misma al que no tiene más remedio que tolerar, pero del que le es difícil valerse”. En otra parte de Vigilar y castigar (Siglo XXI, México, 1999), Foucault se refiere al castigo-espectáculo: “Las notaciones de la infamia se redistribuyen: en el castigo-espectáculo, un horror confuso brotaba del cadalso, horror que envolvía a la vez al verdugo y al condenado, y que si bien estaba siempre dispuesto a convertir en compasión o en admiración la vergu%u0308enza infligida al supliciado, convertía regularmente en infamia la violencia legal del verdugo”. Y añade Foucault: “Es feo ser digno de castigo, pero es poco glorioso castigar” (Ibid, p. 17).

A fines de los años 80, cuando el postmodernismo comienza a universalizar su voz, el pensador italiano Gianni Vattimo habla de la “sociedad transparente”. Todo cobraba unánime visibilidad. Los medios volvían todo totalmente visible. Eso generó, en muchos, un optimismo que se aferraba a la posibilidad de la completa transparencia del mundo de la información. Aún hoy se escucha hablar de Internet como un espacio de libertad “que se le escapó al imperio”. El homo-net condicionado y enajenado por el vértigo de la red, podrá ver en Saddam Hussein a una víctima, pero esto no le despierta piedad. Saddam es el “perdedor” del juego que el homo-net está viendo. Asiste a un juego más, a un espectáculo más de los infinitos que ofrece la red. Internet deshumaniza todo. Nada surgirá de ver al célebre carnicero y ahora víctima. Se reclamará, por el contrario, que se complete el game. Que se le añada sonido. Después se pasará a otra cosa. Y a otra. Y nada significará nada. El homo-net es un navegante de la nada. Navega dentro de un significante tan saturado que es, en definitiva, un significante vacío para hombres vacíos, dado que la materia para dar contenido a sus vidas está en otra parte, no en la red. El vacío en el que se hunden interminablemente -y que llevan en su interior-, no es otro que vacío de proyectos. ¿Y cómo intentan suturar su carencia, con qué materiales buscan rellenar su abismo privado? Llenan su hambre de objetos con los cuales el sistema económico incrementa constantemente la ilusión de paliar el vacío de futuro y la ausencia de gratificación moral a la cual la sociedad civil se ve condenada.

Cuando al crimen se lo desdramatiza hasta la liviandad del juego, el concepto de civilización se devalúa hasta ser sólo bisutería sociológica. Ni siquiera se conoce con certeza cuántos muertos ha causado la ocupación de Irak. Algunos dicen que cerca de diez mil. Muchos de ellos niños, mujeres y viejos. ¿Cuánto valen esas vidas? Se pregunta Eduardo Galeano: “¿Qué hubiera pasado si el país invasor hubiera sido el país invadido? Las víctimas norteamericanas de semejante carnicería seguirían siendo el tema perpetuo de los medios de comunicación masiva. Las víctimas iraquíes no merecen, en cambio, nada más que silencio”. Un silencio que ensordece pese al fragor de tanta pavada, y al batallón de trivialidades que colman la atención de los televidentes.

Esta manipulación noticiosa es posible en estos tiempos porque el desarrollo tecnológico ha permitido la instantaneidad del discurso globalizado. Unos siglos atrás, cuando el único medio informativo que existía era el diario -y, ciertamente, había muy pocos- los hechos demoraban mucho tiempo hasta convertirse en noticias, y en esta lentísima maceración, primero se presentaban con el incierto ropaje del rumor antes de erigirse en información. Ni hablar de la época previa a la invención de la imprenta, donde, como dijo Octavio Paz: “la escritura era el saber secreto y sagrado de muchas castas burocráticas”. La rapidez con que circula la información en el mundo actual es algo que debe procurarnos tanta satisfacción como intranquilidad. Ser conscientes de la velocidad con que un mensaje puede ser propagado por el mundo entero, pero, al mismo tiempo, saber que ese mensaje puede no ser verdadero. “El aumento indiscriminado de la información circulante va de la mano de un déficit de información de calidad”, escribió G. Tremblay, en una nota publicada en la revista Telos, núm. 54, bajo el título “La Sociedad de la Información y la nueva economía. Promesas, realidades y faltas de un modelo ideológico”.

Bradley dijo que uno de los efectos de la poesía debe ser darnos la sensación no de encontrar algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Parafraseándolo, podemos decir que el periodismo debe recordarnos que el derecho a la información no consiste en abrir la puerta a toneladas de novedades diarias, sino recordar nuestro derecho a exigir que toda información debe venir con la verdad latiendo en su costado.

Blogs y la contrahegemonia informativa

Por efecto del principio físico de acción y reacción, al discurso monolítico emitido desde los grandes medios de difusión, le contestan voces dispersas en el mundo desde los resquicios abiertos en la infinita red de la tecnología informativa. Ignorar no es no saber, ignorar es no conocer lo que no ignoramos. Poner al descubierto todo lo que se barre bajo la alfombra de la información, iluminar las zonas escondidas de la realidad, desocultar lo necesario para un más completo conocimiento de la realidad de nuestra época; serían los menesteres prioritarios de los medios alternativos.

Los blogs son un ejemplo de esta práctica de testimoniar la realidad desde una mirada contrahegemónica. La invasión a Irak comandada por las tropas estadounidenses fue una especie de “bautismo de fuego” de esta modalidad informativa que el crecimiento exponencial de la tecnología ha vuelto asequible. Proliferaron sitios en Internet con cuantiosa información dedicada a todo lo concerniente a la guerra. Al respecto, la periodista Stella Calloni -corresponsal del diario La Jornada,

de México-, señaló: “El Poder no puede controlar internet. Pueden interferir, pero no pueden controlar”. Si el argumento de la sobresaturación de la información en la red, utilizado para oponerse al surgimiento de los blogs, se vincula con la imposibilidad de control, se entiende por qué “el gobierno de los Estados Unidos desacredita estos nuevos e interesantes canales de información que no puede controlar”.

Si bien mucha de la información que circula por los blogs puede calificarse de meramente conjetural o infundada, lo cierto es que puede leerse en ellos muchos datos y desarrollos argumentales que, de otra manera, permanecerían en la penumbra. Según Lane Lawley: “en general, la gente no lee los blogs para saber qué pasa. Lo hace para saber qué piensan los demás… estos sitios fomentan un sentido de interacción, apoyo y construcción de comunidad que los otros medios no ofrecen”.

Recordando a Bertolt Brecht

Ese gran dramaturgo alemán, cuyos libros el nazismo se solazaba en quemar en hogueras públicas, reflexionó mucho sobre el sentido de la verdad. Los medios de difusión debieran saber que defender la verdad, lejos de pontificar o dogmatizar, es cumplir con su más íntima razón de ser. Bertolt Brecht, escribió: “El que quiera luchar contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer numerosas dificultades y estar dotado de cuatro virtudes capitales. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma, y el discernimiento indispensable para difundirla”.

La verdad suele ser áspera, irritar la piel sensible, sofocar a quienes gustan respirar el aire de las mentiras confortables. Puede ser “una partícula cargada de fuerza expansiva”, como decía Nietzche; o un peso abrumador sobre unos hombros esmirriados; en todo caso, la verdad tiene que ser el pan cotidiano de la comunicación humana, de lo contrario la misma muere en el silencio de la inanición. Decía Brecht: “Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis, sólo admiten una verdad: la que les suena bien”.

“Lo que no ha cambiado durante mucho tiempo termina por parecer inmutable”, decía, también, el autor de Madre coraje. Sería fatal para los que asiduamente recurrimos a los medios para ver si el mundo sigue ahí, creer que no es problema que la verdad sea sólo una amante ocasional del periodismo. Debemos mantener despierta la inteligencia, en las tres modalidades a las que aludía Emilio Mira y López -comprensión, creación y crítica-, para ser televidentes, lectores de diarios y revistas, y oyentes de radio, sin dejar de ser ese “animal racional” como nos definió Aristóteles en un arrebato de optimismo.

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