Cinque Terre

Carlos Castillo López

Analista político

El casete

Costumbres y usos urbanos

La escena fue característica de quienes crecimos antes de que la llamada era digital redujera todo al mundo de bits y bytes: 1) sintonizar la estación de radio preferida con ese balance del tacto que exigía un pulso capaz de hallar el .7 entre el 104 y el 108; 2) presionar los botones rec, play y pause al mismo tiempo en espera de que la canción comenzara a sonar; 3) hacerse de la pieza que, junto a otras obtenidas de igual modo, conformaría la selección personal que llenaba casetes de 60, 90 o 120 minutos de duración. Han pasado casi veinte años de esa práctica que ahorraba adquirir -en pesos viejos- las cintas que, a la postre, sufrían el desgaste fruto de adelantar y retroceder la canción predilecta, lo cual era también un cálculo milimétrico para atinar el momento exacto en que los acordes iniciales marcaban el comienzo de la pieza. Veinte años en los que la tecnología redujo todo a un sencillo y útil botón que lleva al track siguiente o anterior del CD y luego del mp3.

Los casetes quedaron como objetos de la nostalgia, arrumbados en sus cajas junto a los viejos aparatos de radio que poco a poco cedieron su manivela de sintonía a una pantalla digital que simplificó para siempre el modo de hallar una estación. Los encontré en la última mudanza. Los originales que valía la pena adquirir porque todas -o casi todas- las canciones merecían ser escuchadas y los grabados de la radio, que pasaban a ser prácticamente creaciones propias pues mezclaban el gusto particular de un grupo a otro, de una banda a la siguiente y evitaban el desgaste de las cabezas del reproductor y de la cinta de lo reproducido.

Mi infancia estuvo llena de casetes que escuchaba mi padre y que había traído de Italia y Suiza, tras un lustro de estudios en el viejo continente. Se completó con otros que obtuvo en Sudamérica y que me iniciaron muy joven en la llamada canción de protesta; a cierta edad, esas influencias causan daños irreversibles y, años después, la colección contestataria se enriquecía con otros tantos que yo obtuve de canciones separatistas canadienses. Así, el uruguayo José Carbajal “el Sabalero”, que cantaba candombes contra la dictadura, aparecía en la misma cinta junto a Michel Rivard o Richar Seguin, que a ritmo de country proclamaban la independencia québécoise.

Los cambios de casa sumaban una decena antes de cumplir los quince años; jamás tuve acetatos porque, decían, se dañaban al transportarse y era preferible optar esa otra plataforma más compacta y portátil, que después cupo en un walkman y podía llevarse a cualquier sitio. Los aparatos, al principio, eran inaccesibles. Alguien que viajaba a Estados Unidos o algún acaudalado pariente llegaron con el primero, adquirido en esos establecimientos de productos de importación -anteriores al Tratado de Libre Comercio- que llamábamos “tiendas japonesas”, donde un chocolate Snickers o Milky Way podían costar lo que diez tin larines.

Ahí estaban los primeros walkman, negros, aparatosos, del tamaño de un videocasete pero que podían tocar cintas o sintonizar la radio y colgarse del cinto o guardarse en otra novedad de la época: las “cangureras”, esas bolsas que se amarraban a la cintura y permitían cargar el reproductor y uno que otro casete. También se conseguían en la llamada fayuca, en Tepito, donde se decía “te roban los calcetines sin quitarte los zapatos”.

Tener walkman equivalía a ser la envidia de la escuela y poco a poco comenzó a proliferar la imagen del muchacho con los audífonos sostenidos a la cabeza por una diadema, el cable conectado al aparato y el siempre latente riesgo de que la cinta se enredara, precedida de una alteración del sonido que terminaba por lentificarse hasta volverse agudo, inevitable aviso de que ocurría un caos de proporciones catastróficas. Entonces se recurría al lápiz que, insertado en uno de los orificios del casete, se giraba para regresar la cinta a su lugar, lo cual era un éxito a menos que ésta se volteara y volviera inservible la colección de canciones. Nadie nacido entre los años setenta y ochenta del siglo XX es ajeno a estas tragedias, que podían reducir el trabajo de captura y grabación de varias semanas a una madeja inservible que, de cuando en vez, se observaba tirada por las calles, que se enredaba en los zapatos del viandante distraído y era en fin de cuentas una especie de símbolo urbano.

Los gustos musicales personales evolucionaban y las estaciones de radio o las tiendas departamentales ya no alcanzaban para hacerse del material de grupos o cantantes “no comerciales”, conocidos a fuerza de pasar los casetes de mano en mano, de grabadora en grabadora. Llegada la adolescencia, el tianguis de El Chopo, a un lado de la entonces abandonada Estación Buenavista -hoy flamante punto de partida del Ferrocarril Suburbano-, era punto de referencia obligada para quienes buscaban música distinta, desde trova cubana de Silvio Rodríguez hasta los catalanes Raimón o Lluis Llach, imposibles de encontrar en los nacientes Mixup o en las áreas dedicadas a música de Aurrerá y De Todo.

Los primeros discos compactos aparecieron y tardaron poco en ser tan baratos como los casetes, ya en vías de extinción pero aún disponibles en puestos de los que hoy se llaman comercio informal, y que durante esos años fueron espacio exclusivo para la música “marginal”: colocados uno a lado de otro, con sus cubiertas en blanco y negro, junto a separadores con la efigie del Che, de Zapata o del floreciente Marcos, bandas como Sekta Core, Panteón Rococó o la Tremenda Korte sonaban mucho mejor que al ser producidas, llevadas a estudios profesionales, editadas, masterizadas, remasterizadas en formato digital por productores afamados en Los Ángeles, Nueva York o Miami.

Quizá los especialistas discutirán el punto anterior, pero aquel mercado sabatino ofrecía a los visitantes -compuestos en su mayoría por representantes de las más excéntricas tribus urbanas de la época: trisoleros con peinados en picos que se mantenían firmes por arte de algún menjurje sólo por ellos conocido; punks nostálgicos de los años ochenta; roqueros en busca de partituras que sólo ahí podían encontrarse; y los nacientes skatos, que aprovechaban cualquier planicie de concreto para hacer suertes con la patineta-, tanto a los ocasionales como a los de culto, la posibilidad de adquirir música imposible de hallar en prácticamente ninguna otra parte, generando un espacio de intercambio que acercaba a bandas lejanas con públicos nuevos (en lo personal, eran las cintas de Los Fabulosos Cadillacs, pues si bien el éxito “Matador” no tardó en asfixiar la radio comercial, había casi una decena de cintas anteriores que no estaban a la venta en ninguna otra parte).

La irrupción masiva del disco compacto cambió todas esas prácticas pero, como pasa con la tecnología naciente, pasaron todavía algunos años antes de ser sustituidas por completo; sin duda, muchos menos de los que convivieron el acetato y el casete, destinados a la postre a caer en el desuso y que pronto fueron sometidos por el naciente imperio digital. Las ventajas del CD eran muchas pero, hasta la aparición de las primeras computadoras con “quemador”, fue imposible mezclar los diversos gustos propios en una sola pieza, lo cual generó que muchos conserváramos nuestras viejas caseteras y, a la postre, las complementáramos con un discman que, conectado al viejo modular, permitía seguir con las viejas prácticas. El discman, no obstante, tenía una portabilidad poco útil. Cualquier bache, tropezón o movimiento brusco hacían saltar la pista hasta un punto impredecible; un disco compacto rayado se trababa y era necesario saltar al siguiente track; su tamaño hacía indispensable otros medios de transporte y el almacenamiento de los discos, a pesar de ser más delgados, volvió inservibles las viejas torres de casetes; para la playa, siempre era preferible cargar con grabadora y casetes que hacerlo con lectores ópticos que se volvían inservibles al mínimo roce con la arena.

Las disqueras pronto comprendieron que lo marginal podría ser comercial, y entonces fue posible adquirir los CD de grupos como Caifanes, Maldita Vecindad, El Tri o Lira N’ Roll en cualquier MixUp o tienda departamental. En caso de no tenerlos, se pedían a otra sucursal por fax o teléfono pero, lo importante, era la venta. Los acetatos ya eran cosa del pasado. Los casetes estaban en vías de extinción y plataformas de video como el Laser Disc habían demostrado que no toda nueva invención era necesariamente mejor que la anterior. Sin embargo, la música seguía: los videos y los canales especializados de televisión como MTV contribuyeron a la masificación de lo que hasta entonces era orgullo exclusivo de conocedores.

El rock argentino, el reggae francés o africano y otros géneros poco comerciales fueron importados por la innovadora Tower Records, donde era un lujo encontrar aquella música que sólo obtenían quienes podían viajar a esos países y continentes. A pesar de todo el avance tecnológico, valía la pena conservar los casetes viejos que ya nadie tenía y era imposible conseguir las canciones que sonaron durante unos meses y pocos recordaban, esos tesoros de cinta que mantenían a salvo la memoria de un olvido que elegía a sus sobrevivientes con base en el número de ventas; no era Soda Stereo ni Red Red Wine, eran Calamaro, Spinetta, Charly García, Fito Páez, Peter Tosh, Syd Barret y otros tantos que vencieron fronteras, llegaron a ser parte de los catálogos y, algunos, hasta de las listas de ventas.

Poco tardó en llegar la siguiente plataforma: tras varios intentos bastantes incómodos de encerrar música en archivos digitales (los de Sony, sobre todo) Apple entró al mercado en 2001 con iTunes, que a través de la computadora permitía almacenar mil canciones en un dispositivo del tamaño de un casete. Con esta herramienta era posible ya tener toda la música que cabía en cualquier cinta o en cualquier disco, bajo ese engañoso concepto de abundancia que volvió la cantidad un asunto de competencia: se comenzaron a popularizar frases como “ya tengo nueve mil canciones en la computadora”, o “el nuevo iPod almacena 48 horas de música continua”. Este avance tecnológico terminó por desterrar por completo las cintas de todo tipo de tienda, e incluso los aparatos para reproducirlas comenzaron a convertirse en una extrañeza cada vez más difícil de encontrar.

Los grupos que al principio se resistieron a ser ofertados en la iTunes Store cedieron uno tras otro al éxito que ésta cobró a nivel mundial: con el mismo sistema de prepago que los celulares, es posible adquirir todo tipo de material, desde aquellos cantantes contestatarios que escuché en mi infancia y adolescencia hasta adelantos de las novedades que vendrán o incluso más canciones de las que ofrecen los discos compactos. Para quienes se resisten con el argumento de que comprar un disco en línea no te ofrece el arte del cuadernillo, ya es posible incluso hacerse de éstos en formato .pdf. Así, los walkman se convirtieron en objetos de coleccionista, los discman terminaron de mostrar su inutilidad y los reproductores digitales se convierten poco a poco en parte del nuevo paisaje urbano, con esos audífonos diminutos que se ajustan a la entrada del oído, que casi siempre son blancos y abstraen a quien los usa de cualquier irrupción sonora que provenga del exterior.

Veinte años tomó para que las costumbres musicales sufrieran cambios irreversibles. De la especialización a la masificación en el uso, como ocurrió con la computación, con la fotografía, con la lectura -aunque en este campo la reticencia parece ser mayor- o con la telefonía. Pocos extrañan los rollos Kodak o Fuji y algunos recuerdan la frustración de las películas veladas o quemadas; adquirir una nueva computadora ya no requiere de la contratación de un especialista que la instale y eche a andar; nadie llora la desaparición del disco de marcación de los teléfonos viejos, así como pocos deben ser los que lamenten la caída del imperio del casete, que acompañó la adolescencia y forjó las costumbres musicales con los rituales que lo rodeaban, con las prácticas que impuso y que el desarrollo tecnológico fue dejando en el olvido hasta hacerlas vetustas y anacrónicas.

Hace unos meses, con el último cambio de casa, salieron de su escondite las cintas viejas, unas cien, empolvadas, algunas originales pero la mayoría conformadas por grabaciones de la radio. Ya no había dónde tocarlas y su silencio era como un idioma perdido que de pronto comienza a hablarse pero que ya nadie puede entender. Conseguí un viejo tocacintas gracias a mi hermano, un coleccionista patológico de cosas viejas, y escuché algunos fragmentos al azar; palpé sus cajas de plástico, sus portadas fotocopiadas e incluso me enfrenté a tener que recurrir al viejo lápiz amarillo para devolver la cinta de uno que se enredó. Recordé que para llevar walkman hacía también falta contar con las baterías alcalinas que eran la fuente energética de su motor.

No creo que el casete vuelva a tener nunca la importancia que tuvo alguna vez. O quizá, como ocurre hoy día con los viejos acetatos, aparezcan de nuevo en algún anaquel de tienda pero ya no como objetos útiles sino más bien como alimento de la nostalgia para quienes aún saben cómo situar la aguja en el surco indicado. Mientras eso pasa, entro a la computadora, abro la iTunes Store, busco aquellas canciones que sirvieron para conquistar a alguna mujer, para acentuar alguna amistad o para amenizar desenfrenos juveniles, y pulso la tecla digital de “Comprar”. Mientras espero a que pasen los tres minutos que tarda en descargarse el archivo, creo escuchar el reclamo de los casetes perdidos, el llamado del mercado ilegal, las voces de otros tiempos que busco rescatar y que llegan acompañadas de imágenes de tonos muy parecidos a los que se obtienen con el filtro hoy llamado “Instagram”.

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