El arte y la salvación de la ciencia

Opinión

Otro de los textos que atrae mi atención es el dedicado a Charles Darwin, del que recuerda lo que decía Osip Mandelstam: “Consiguió convertirse más bien en un cronista de guerra, en un humilde entrevistador de especies en vías de extinción, en un reportero desesperado que logró colarse como testigo ocular de los hechos”. ¿Cómo describe el estilo de Darwin y de qué forma moldeó su programa de investigación?


La cita es pertinente: al principio Mandestalm no comprendió bien el estilo austero, directo, fáctico de Darwin, pero luego se deshizo en elogios porque comprendió lo que todo buen escritor debe tener en mente: cada tema exige su tratamiento. Como buen divulgador, Darwin no trató de impresionarnos con sus datos y descripciones sino hacernos entender el significado último de que las especies sigan mecanismos evolutivos que no tienen significado.


En varias partes del libro se anota que los grandes trabajos científicos ya no los hace un genio casi aislado, sino equipos numerosos integrados por especialistas en varias materias (como lo muestra el artículo dedicado al premio Nobel de Física de 2013). ¿Cómo cambió la ciencia con esa transformación de ser casi un trabajo individual a una labor colectiva?


Conforme las ciencias se hicieron más complejas y los artefactos tecnológicos aún más elaborados resultó evidente que las aventuras del conocimiento se convertirían en empresas. Hoy son consorcios dinámicos como la CERN, el Instituto Astrofísico de Canarias (IAC) y las empresas de biotecnología. Los genios dependen del trabajo de los “normales”.


¿Cómo le sirve a un científico tener una buena formación en humanidades, especialmente para la expresión y la imaginación? Menciona, por ejemplo, que “las decenas de artículos que los investigadores publican en todo el mundo se escriben en la confortable estabilidad de un lenguaje inexpresivo a tal grado que han terminado convirtiéndose en una especie de registro sismográfico, un hilo que tiembla sin mayor propósito que corroborar datos seguros”.


Creo que muchos investigadores en ciencia se hallan alejados del genuino espíritu científico y publican para sobrevivir; hacen lo que pueden, no los culpo. Algo parecido sucede con muchos escritores que no tienen “futuridad”, como diría David Huerta. Alguna vez este gran poeta, avezado en cuestiones de ciencia, afirmó que mis cuentos y novelas tenían futuro porque eran una mezcla rara, imaginativa, de sentimientos literarios y trances científicos. No es condición sine qua non hablar de ciencia, la única condición es ser un testigo sensible de nuestro tiempo, no importa si hablas del futuro o del pasado.


Varios ilustres científicos me han confesado que, en momentos de duda y fracaso en su investigación, el arte, un buen libro, los ha salvado de perecer. A escritores como William Wordsworth, Italo Calvino y Octavio Paz la ciencia les abrió nuevas ventanas tanto al cosmos como a su propia psique.


Usted ha realizado crónicas, entrevistas y reportajes sobre la actividad científica. Recuerda que en 1993 visito al nobel de Química Max Perutz para plantearle un problema: el clima de opinión hostil a la ciencia provocado por “académicos apurados por sus propias dudas en un ‘inocente’ contubernio con medios de información, quienes en el pecado de buscar de forma compulsiva la noticia han llevado la penitencia de tergiversarla”. A 22 años de aquella visita, ¿ha cambiado ese estado de la opinión pública?


Sin duda existe un periodismo convencional ético, pero también hay muchos canales informativos novedosos que difuminan y distorsionan los hechos e ideas. Acabo de platicar con el premio Nobel de Química Mario J. Molina, quien me advirtió del trabajo sucio que instrumentan diversos medios con el fin de negar el cambio climático, los mismos que en el pasado fueron contratados por las compañías tabacaleras para sembrar dudas sobre el daño de los cigarrillos industriales. El que esté medio de moda ofrecer noticias de ciencia y tecnología perturba a quienes no están convencidos de una cultura científico-humanista cabal.


También recupera una declaración que en 1999 le hizo Alun Anderson, entonces editor en jefe de New Scientist, quien le dijo: “Podemos despertar expectativas equivocadas, lo cual no sería nada ético. Por eso tratamos de evitar un tratamiento de los acontecimientos y hechos científicos y tecnológicos como si fuesen ‘juguetes’, como algo que echa chispas y es novedoso y va a solucionar todos nuestros problemas. Preferimos hacer pensar a nuestros lectores sobre sí mismos, hacerlos reflexionar sobre las implicaciones serias y lúdicas (si existen) de un suceso en la ciencia y la tecnología de nuestros días”. En esa dirección, ¿cómo observa la cobertura que los medios de comunicación nacionales otorgan a la ciencia y la tecnología?


Pienso que hacen un esfuerzo de buena fe, pero no basta. Se requiere de una conversión “mística” de la sociedad, que la curiosidad y el gusto por leer y escribir despierte en cada uno por voluntad propia, de manera que se vuelvan más exigentes con su medio favorito.


En el libro dice que “ahora nos hemos internado en un campo incierto y abstracto en el que parece premiarse la audacia y no el ingenio”. ¿Qué riesgos entraña esto para la investigación científica?


Enormes, pues como dije antes la aventura científica se ha convertido en una empresa donde parte del éxito se mide con parámetros del mundo capitalista. Pero no podría ser de otra manera y hay que enfrentarlo de la mejor manera. Está en manos de la comunidad de inventores revertir la tendencia.


En el artículo dedicado a Pablo Rudomín se refiere a un problema grave del país: la falta de inversión en educación e investigación científica y tecnológica. Para resolverlo se requiere presión social, pero ¿cómo generarla? ¿Qué papel deben tener los medios de comunicación en su promoción?


El secretario de Educación Pública acaba de anunciar una nueva revolución educativa, y esperemos que la inversión millonaria no se diluya y genere una cultura fuertemente científica con sangre llena de arte. Será imperioso generar nuevos contenidos acordes con nuestra idiosincracia, salpicados de humor e ingenio, con el fin de conseguir la atención de los educandos, y ahí los medios podrían potenciar su impacto. No podemos darnos el lujo de perder otra generación analfabeta.

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