El apagón analógico

Opinión

Cuando la primera televisión llegó a mi casa tenía el tamaño de un auto pequeño y era forrada de madera pulida. Si mal no recuerdo de un lado había un tocadiscos y del otro un aparato de radio.


El aparato me pareció en su momento una maravilla en la que yo pude apreciar notabilidades. Porque notable era el Teatro Fantástico con Cachirulo en el que se contaban cuentos y el villano se escondía detrás de un pirul de dos centímetros de diámetro para que la heroína, que debe haber sido idiota o invidente, no lo descubriera mientras todos los niños de mi generación lo veíamos claramente. Estaba también Pepita Gomis, una señora que tenía un kínder televisivo y que saludaba a través de un espejo mágico. Un servidor sintió profunda frustración el día que nos saludó a mi hermana y a mí como “Mis amiguitos Diana y Pedro”. Los años pasaron y el aparato fue perdiendo botones y por algún misterio vinculado con la ley de Ohm, cada que quería subir el volumen debía ir por un trapo so riesgo de recibir una descarga de 100 watts.


En fin, he ocupado ya mucha tinta de mi bien amada etcétera para hablar sobre la imbecilidad rampante de la televisión nacional. Ver a Laura Bozzo, al cretino de Esteban Arce o al gustado programa “Sabadazo” deberían de ser considerados delitos de lesa humanidad, pero no, la gente los consume como si fueran oro molido y unos vuelve a preguntarse ¿son idiotas o el idiota es uno que cree que son idiotas? En este panorama desolador surgió la propuesta del apagón analógico. Me tomó cuatro wisquis para entender que nuestros aparatos actuales son analógicos (no sé qué es eso) y que el triunfo de la modernidad los debe convertir en digitales como un asunto de “Política de Estado”.


Lo primero que debo decir es que en casa de un servidor hay dos aparatos antediluvianos del tamaño de un burro de planchar. Un día me hablaron de Sky para ofrecerme alta definición, cuando les expliqué como eran mis televisores me colgaron el teléfono. María mi hija me preguntó hace unos días “¿por qué nos los cambias?” Mi respuesta fue simple: “Porque todavía sirven”. Su réplica casi me saca lágrimas: “por eso te quiero más”.


El caso es que me he convertido en una especie de apestado social que debe correr a una tienda para cambiar mi aparato o comprar un decodificador que permita que no me vaya directo a la noche de los tiempos analógica y es algo que francamente no me da la gana, así que ya le contaré, querido lector.


El último punto es el bueno ya que considero el anecdotario de mi vida irrelevante; resulta que el Gobierno ha decidido (ignoro con qué criterio, si es que lo hay) dotar a millones de personas de aparatos de televisión nuevos.


El otro día ví cómo una nube de gente pobre se arremolinaba en el sitio de entrega y salían muy contentos cargando su pantallota. Me hago cargo de que comparar políticas es a veces estéril pero ¿no sería más sensato destinar esos miles de millones a tareas educativas que le permitan a la gente una mirada crítica sobre la señorita Laura en lugar de subsidiarlos para que la vean? Entiendo que el gobierno hace esto porque una de sus tareas fundamentales es que la gente no se enoje y no me quiero imaginar el desmadre asociado a que el primero de enero del año entrante los televisores mueran de inanición analógica y por ello opta por regalar televisiones a costa de los impuestos que uno paga y que ingenuamente piensa que van a carreteras y escuelas.


La única buena noticia es que como hacen las cosas con las patas esto se ha venido retrasando e inclusive hace unas semanas dejaron a los regiomontanos apagados a traición, asunto que me pareció muy divertido.


Para variar no entiendo nada pero sé que ése es un problema personal asociado a mi profunda neurosis que (esa sí) ya no tiene remedio.

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