Cinque Terre

Arouet

El ángel negro

Siempre busco pretextos para hablar de ella y cuando no los encuentro entonces lo hago sin preámbulo alguno; me impulsa la autoridad de ser parte de las legiones de admiradores que tiene desde los años cincuenta del siglo pasado hasta la fecha por ser lo que es, un icono, o sea, por ser quien queremos que sea cada uno de nosotros. Y cada uno de nosotros hemos querido que sea, ante todo, huella de lo marginal, representación del erotismo, provocadora de la moral y las buenas costumbres y emblema contra la censura como aquella que, en sus tiempos, imperó en Estados Unidos. (Ya dije alguna vez que también la evoco por la gratitud que le guardan mis ardores de adolescente ahora en mis nostalgias de viejo.)

Su hermosura concupiscente y procaz es su imagen irremediable, indeleble incluso frente a sus propios rezos cuando en la segunda mitad de su vida se hizo cristiana. O sea, su cuerpo la trascendió a ella misma porque tiene un lenguaje propio y permanente, tanto, que poco se habla de su vida, sus tragedias y sus obsesiones. En todo caso, la impronta sexual arrebatada sólo se funde con su testaruda determinación por ser libre lo mismo frente al acoso de su padre que a su ilusión por ser actriz, igual en sus labores altruistas en Haití que al entregarse al fervor religioso y, claro, prestar su cuerpo a escondidas para eludir la ley que prohibía las fotografías de desnudos. Creo que esta paradoja es uno de los más elocuentes retratos que pueden hacerse de ella, me refiero a su infortunado denuedo por encabezar una congregación religiosa mientras que, en contraste, su emblema haya generado un templo de adoración que persiste hasta nuestros días. Y creo que para siempre.

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