Andrea Recúpero

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Periodista.

El amarillo de Argentina

Una mujer aparece muerta en su casa. Está semidesnuda y con el cinto de la bata atado con varios nudos alrededor del cuello. No hay signos en la vivienda de violencia, ni cerrojos forzados, ni ventanas rotas. Todo está en su lugar. Tampoco falta algún objeto de valor, a pesar de que es una casa de clase media alta en un distinguido barrio privado de provincia. El marido de la víctima es un conocido médico traumatólogo, de buena posición, que por esas horas participa de un torneo de golf en un balneario top uruguayo. Los dos hijos de la pareja tampoco están en la ciudad. La víctima es una ex reina de belleza. Un pote de vaselina en la mesa de noche y rastros de semen en el cadáver son tomados como prueba de una muerte violenta después del acto sexual. La policía informa de inmediato que el móvil del crimen pudo ser pasional.

Sangre, sexo y dinero. Tres ingredientes básicos para la receta sensacionalista. Más tarde se supo que tampoco le faltaba al caso el necesario trasfondo de vínculos con el poder local para que la mezcla fuera irresistible para la prensa. Los directores y editores de medios tenían enfrente una historia con un enorme potencial mediático, un crimen para vender miles de ejemplares, una novela por entregas. Sólo era necesario poner en funcionamiento la maquinaria de las versiones, de los titulares más sorprendentes, de las insólitas revelaciones, para buscar impacto y atraer lectores.

Se trata del crimen de Nora Dalmasso, una argentina de 51 años con varias cirugías estéticas y una intensa vida social, que incluía –según la causa judicial– varios compañeros sexuales, quien fue asesinada el 25 de noviembre de 2006 en su casa del Country Villa Golf, en Río Cuarto, provincia de Córdoba. La prensa hizo del caso un show mediático, en el que el asesinato quedó relegado a último plano para abrir paso al relato de la vida social y sexual de una mujer de la clase alta, “Norita”, como se permitieron llamar a la víctima casi todos los medios, borrando la frontera entre lo público y lo privado y dejando de lado toda la ética.

El uso familiar y peyorativo del diminutivo del nombre propio – Nora/ Norita– le permitió a la prensa amarilla narrar conlujo de detalles cómo practicó Dalmasso sexo violento justo antes de morir con un hombre que no era su marido, un detalle –el de la infidelidad– que sirvió para llenar dobles páginas centrales en los diarios y para ilustrar la tapa de varios semanarios. Sólo la revista Noticias hizo cinco portadas con el caso Dalmasso el último año. La más reciente, titulada “Lazos de sangre y de muerte”, prometía en el copete: “Facundo Macarrón. Por qué el fiscal lo acusa por el asesinato de su madre, Nora Dalmasso. La lógica del crimen y el abuso sexual. El factor gay y el conflicto de clases que divide a Río Cuarto”. Poco después, los medios transcribieron los mensajes eróticos que recibió la víctima en su teléfono celular mientras cenaba con un grupo de amigas poco antes de morir y aparecieron on line dos blogs y un fotoblog atribuidos a Facundo Macarrón, el hijo de la mujer asesinada, en los que supuestamente el joven se defendía de las sospechas que recayeron sobre él. A esa altura, a casi nadie le importaba estar violando el secreto de sumario y la intimidad de muchas personas, menos que se encontrara al asesino ni que se hiciera justicia.

Informar sin límites

Todos querían más. Y lo tuvieron: páginas enteras, explicativas, sobretécnicas sadomasoquistas, que incluían ilustraciones sobre la práctica de las asfixiofilia, un juego erótico que consiste en ahorcar al compañero sexual para que alcance el clímax. Aunque la justicia comprobó luego que ese no fue el motivo de la muerte, esas publicaciones fueron las más “consumidas”, a pesar de que el conflicto por la construcción de una papelera contaminante en la frontera entre Argentina y Uruguay derivaba por esos días en un enfrentamiento en la Corte Penal Internacional de La Haya, y cuando un fallo sobre la pesificación (reforma del régimen cambiario) daba por cerrada una de las crisis más graves de la historia económica y social del país, la de 2001.

Miles de enviados especiales llegaron a Río Cuarto y, sumados a periodistas locales, con información obtenida de fuentes judiciales relacionadas a la investigación, llenaron cientos de páginas y espacios mde radio y televisión con hipótesis que enseguida quedaban descartadas o desmentidas, pero que los medios se permitían difundir “en crudo” –como se dice entre colegas– “sin chequear” y “sin cruzar con otras fuentes”. Todo por la competencia.

Pero aún no era suficiente. Cuando el marido ya había hecho jugosas declaraciones, un pintor que hacía refacciones en la vivienda había sido acusado de abuso sexual y homicidio calificado, y el hijo de la mujer –de 18 años– había sido etiquetado de gay y de principal sospechoso del asesinato, entonces aparecieron las fotos. Un canal de televisión, América TV, difundió imágenes del cadáver de Dalmasso que habían sido tomadas por la policía para incluir en el expediente judicial. El director de contenidos de la emisora, Román Lejtman, hasta entonces un respetado periodista de investigación, apuntó que la controvertida publicación de las fotografías en el noticiero del canal tenía como único objetivo “informar de la mejor manera posible sobre un hecho terrible y doloroso”.

Las marcas de la soga en el cuello, el cuerpo hinchado, las nalgas magulladas, un espectáculo violatorio de la intimidad quedó a la vista de todos. La muerta era a esa altura la única que no podía hablar, ni defenderse. Cuando ya quedaba muy poco por decir, los medios exhibieron el cuerpo de la víctima, para seguir leyendo en él cuando se habían acabado las palabras.

Se había tocado un límite. La justicia federal de Río Cuarto advirtió que multaría con 50 mil pesos (unos 16 mil dólares) por cada emisión a los medios que difundieran las fotos, y le ordenó al Comité Federal de radiodifusión (Comfer) enviar una circular a todos los medios de comunicación para que se abstuvieran de reproducir las fotografías de la escena del crimen. La justicia respondió así a un amparo presentado por uno de los abogados de la familia de la víctima, quien calificó de “circo mediático” toda la cobertura del caso y subrayó que las fotos fueron “su culminación” y una “violación indignante”. El Comfer manifestó su “preocupación y malestar” por la “creciente violación a la Ley de Radiodifusión por parte de algunos canales de televisión, con su consecuente perjuicio para la sociedad”.

La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) hizo un llamado a la “Ética del Periodismo”, tras la difusión de la intimidad de Nora Dalmasso y de fotografías de su cadáver, y exhortó “al fiel cumplimiento de los principios éticos que regulan la actividad periodística”.

El artículo 6 de la Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión, formulada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2000, permite sancionar las violaciones a los principios éticos que regulan la labor periodística.

En Argentina, la Constitución garantiza el derecho a la intimidad en su artículo 19, que dice: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados”. Se infiere, por lo tanto, que la vida privada está vedada a los medios. Por lo tanto cualquier persona cuya privacidad haya sido violentada puede recurrir a la justicia en vida, o pueden hacerlo sus familiares tras su muerte, como ocurrió tras la publicación de las fotos del Dalmasso muerta.

Héctor Lorenzo, director del diario Crónica, un clásico del sensacionalismo local, al ser consultado por etcétera sobre cuál es el límite para decidir la publicación de una foto, respondió que acude “al sentido común”.

“En noticias policiales tenemos fotos de cadáveres mutilados por el tren y tratamos de elegir las fotos menos impactantes, las que no obliguen al lector a querer taparse los ojos, a no querer ver. Hay límites que impone el sentido común”, explicó Lorenzo.

El periodista argumentó que los diarios cada vez publican más fotos de cadáveres “por un criterio comercial, son cosas que venden”.

” Cualquiera que circule por la General Paz (una importante autovía de la capital) puede notar que si hay un accidente el tránsito se detiene porque todos se paran a mirar. Ese interés no reconoce diferenciación de clases sociales, la gente es morbosa, y los medios serios, entre comillas, como Clarín y La Nación, tuvieron que adaptarse a ese criterio de la gente para vender, porque se dieron cuenta que Crónica y Diario Popular y todos los que tienen ese estilo le sacaban muchos lectores”, argumentó Lorenzo al explicar porqué algunos medios comenzaron a tornarse amarillos para atraer lectores.

El poder del mercado
Mientras una parte de la prensa contaba la historia de Nora Dalmasso con fuentes anónimas y fotos macabras, otra reflexionaba sobre los límites del periodismo ante el tratamiento rojo y/o amarillo del caso. Psicólogos, sociólogos y periodistas se preguntaban si las fotos del cadáver en el lugar del crimen provocaban en los espectadores el mismo efecto que las emisiones diarias (eternas) de Gran Hermano. La comparación con la incitación al voyeurismo del reality dejaba afuera la pregunta por la ética profesional. Algunos medios, para justificarse, deslizaron la clásica teoría que avala la retórica sensacionalista: “¿Acaso no es lo que la gente realmente quiere ver y no se anima a decir?”.

Para el profesor Carlos Mangone, titular de la cátedra de Comunicación de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, “aunque Argentina no tiene una tradición amarillista, como Estados Unidos, Inglaterra y varios países de América Latina, en los últimos años lo que iguala a todos los medios es la competencia mercantil por la noticia y el condicionamiento del medio audiovisual sobre el gráfico, por las imágenes de los acontecimientos”. Se recurre, entonces, al sensacionalismo para atraer de manera perversa al público, exhibiendo la vida privada, la violencia, lo escabroso explicó a etcétera.

Mangone precisó que “una serie de recursos, entre ellos la exageración, el catastrofismo, los golpes bajos, la ausencia de explicación y la conversión de todo acontecimiento en drama personal” forman parte de lo que se entiende por sensacionalismo.

En ese sentido, el sociólogo Luis Alberto Quevedo apuntó que la muerte de Dalmasso “es un policial que reúne muchos de los elementos básicos para que se transforme en un ‘caso’ de interés” para la prensa sensacionalista.

“Además de la ambigüedad, porque no se sabe lo que pasó, tiene un ingrediente fundamental y es que ocurrió en un country con gente poderosa. Esa situación de encierro, de complicidades internas, como la del crimen del Expreso de Oriente, de Agatha Christie, para la prensa sensacionalista es un material de especulación muy grande”, ilustró.

El asesinato de Nora Dalmasso fue acaso el último hecho policial más explotado por los medios gráficos y electrónicos de comunicación en Argentina para competir en el mercado y aumentar las ventas. Hubo otros feminicidios, una temática excluyente de las secciones policiales locales, explotados con sensacionalismo por los medios. Para citar algunos, el caso de la doctora Cecilia Giubileo, una psiquiatra de 39 años que desapareció de la colonia neuropsiquiátrica Open Door en los 80; la muerte violenta de Alicia Muñiz, la mujer del famoso boxeador Carlos Monzón a fines de esa década; el caso María Soledad Morales, la adolescente asesinada en la provincia de Catamarca en 1990, cuya muerte conmocionó al país y develó una trama de impunidad e irregularidades institucionales, y en los últimos años, el caso María Marta García Belsunce, asesinada de seis disparos en su casa en un country de la provincia de Buenos Aires, y, en enero de este año, el crimen de Rosana Galiano, 29 años, ejecutada por la espalda en el jardín de su casa.

El asesinato de María Marta derivó en amplias coberturas mediáticas y hasta inspiró una novela, Las viudas de los jueves, Premio Clarín de Novela en 2005, sobre los conflictos de un grupo de mujeres en la aparente calma y dicha de un barrio cerrado. El caso Dalmasso, en cambio, lo invadió todo, y hasta llegó a las calles donde se vendían camisetas (sudaderas) con leyendas que aludían a la vida sexual de la víctima.

“Dalmaso fue un caso policial en el que la gente te lleva a poder usar el humor”, afirmó Lorenzo. “Al ver gente en la calle con la remera que decía ‘Yo no estuve con Norita’ o ‘Yo no me acosté con Norita’, ahí puedes permitirte una humorada”, expresó.

“Lo fundamental en este caso fue la historia de infidelidad y que ella tenía amantes, eso le quitó seriedad a la muerte, como una reacción machista de la sociedad de que podía morir así por la vida disipada que llevaba. Eso le dio permiso a los medios y a la gente” para la humorada, aseguró el director de Crónica.

En Argentina no existe un código de ética para el ejercicio del periodismo, sino intentos individuales (Editorial Perfil) o de organismos como Fopea (Foro de Periodismo Argentino) , que circulan entre determinados grupos y que, en todos los casos, son eje de intensos debates. Tomando como referencia el Código de Ética redactado por Fopea, la cobertura del caso Dalmasso violó varios artículos, entre ellos el que exige “rigor y precisión en el manejo de los datos”, así como el que reclama “buen gusto”, definido como “un valor periodístico, por lo que la curiosidad escatológica, la estridencia innecesaria y la morbosidad son actitudes a evitar”.

En ese sentido, Mangone subrayó que “en los últimos años se ha dejado de proyectar sobre todo el periodismo la cuestión ética y se lo analiza desde un punto de vista semiológico, como un discurso más”, y advirtió que “lo más preocupante es que académicos de América Latina hayan empezado a avalar cierto sensacionalismo porque es apoyado por clases populares”.

Quevedo, investigador de Flacso y de la Universidad de Buenos Aires, explicó a esta revista que “aunque hace 100 años el género policial fue lo que dio apertura al periodismo amarillo, desde los últimos 15 años este tipo de periodismo, que estaba focalizado en algún tipo de publicación, comenzó a dispersarse en toda la prensa gráfica y en los medios electrónicos”.

En la actualidad, según Quevedo, el sensacionalismo es un recurso que usan todos los medios, pero “el género al expandirse, se sofisticó, pasó de las imágenes de cuerpos mutilados, de la cara violenta, a ingresar en casos privados, con recursos como la cámara oculta o las cámaras no pactadas, por ejemplo que entran a los barrios pobres” para retratar costados marginales de la sociedad.

De no existir los medios, el asesinato de Nora Dalmasso, aún sin resolver y pendiente de justicia, sería un caso para el mundo de los chimentos, “un caso delicioso”, calificó Quevedo. Pero lo que hacen los medios es poner la lupa en este tipo de relatos, que atraen a la humanidad, para ganar audiencia o vender más ejemplares.

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