Cinque Terre

Daniel Iván

Miembro del equipo de Gestión y Formación de AMARC-México. Presidente de La Voladora Comunicación A.C. www.danielivan.com.

Doxa, o cómo perder en el juego de las sillas

Hacia una caracterización de la web semántica:

Si nos atenemos a los más obvios rastros que ha dejado de sus motivaciones la cruenta historia de la teoría del conocimiento, y si nos atenemos primordialmente a los argumentos que los defensores de las ontologías han utilizado para responder a las inacabables acusaciones de “totalitarismo”, “aplanamiento” o “reduccionismo” con las que se ha terminado -o intentado terminar- con su preeminencia, podemos ver que las “clasificaciones universales”, los “índices de todo”, los catálogos, doxas sistematizadas y otras formas del esfuerzo ontológico han tenido como principal pulsión la utilidad del conocimiento. Es decir, que lo que la humanidad sabe sea útil en su contexto y, por supuesto, que sea útil también a las generaciones por venir. Que esté a la mano, que sea fácilmente reconocible y, muy principalmente, que responda organizativa y nominalmente a un campo semántico cuya aplicación pragmática traiga beneficios cuantificables a la sociedad humana.

No es difícil adivinar que, para desgracia de los animales simbólicos que somos, esta pulsión no puede evadirse de jugar (por decirlo de una forma que no suene a valoración catastrófica) en el campo de lo ético, de lo estético y de lo político; es decir, en esas esferas que ponen “peso y significado” en el fondo, en la forma y en las consecuencias que ambos tienen al relacionarse con nuestro entorno -y acepto aquí el debate ontológico, axiológico o simplemente voluntarioso de quien afirme que no son nuestro “fondo y forma” sino nuestra esencia toda (nuestro “yo”, si nos atenemos a la insufrible teoría psicoanalítica) quien se relaciona con el entorno; del debate de esas fronteras va todo esto, por supuesto.

Resulta desafiante entonces la afirmación de que al especialista en medicina le es más útil la consulta del vademécum de su respectiva especialidad que, por decir, la consulta del diccionario Rock Movers & Shakers, que cada año incluye a los más destacados exponentes de la música de rock y sus periferias. No resultará menos desafiante la afirmación de que, por el contrario, al especialista de marras le es más necesaria la lectura de ése o de cualquier otro material fuera de su área de especialidad, en tanto esa lectura enriquece con nuevas perspectivas no sólo su praxis médica sino la totalidad de su conocimiento y, por tanto, su forma de ver el mundo y de participar en él. Y no menos desafiante será el corolario de quien afirme, como para terminar esta discusión y no sin elementos, que de nada sirven los médicos cultos cuando la Segunda Guerra Mundial y el siglo XX dejaron clarísimo que hasta los más cultivados espíritus son capaces de las más grandes aberraciones (y, acto seguido, se enarbolarán los retratos de Oppenheimer y de Mengele, como para evitar cualquier sombra de duda).

De la era industrial heredamos el arquetipo de la especialización, y el desarrollo de la sociedad de mercados internacionales y universales (y el cambio de paradigma de la era industrial a la era electrónica/digital) no ha hecho sino subrayarlo. De hecho, muchos de los grandes cambios en los sistemas ontológicos y taxonómicos ligados al espacio universitario moderno fueron -y siguen siendo- fruto de la necesidad de especializar a esa nueva generación de “profesionales” que se hacían necesarios para un mercado de trabajo cada vez más focalizado en la repetición de patrones y al que le preocupaba cada vez menos la generación de nuevos conocimientos no mecanizables (incluso, en nuestra contemporaneidad, muchos conocimientos mecanizables y/o digitalmente reproducibles resultan amenazantes para la economía de mercado, como el uso de energías alternativas o el desarrollo de software no propietario -por poner dos ejemplos fácilmente reconocibles como “jugadores” en el campo ético, estético y político). Como sea que haya sido, la universidad pasó de ser el espacio sine qua non del debate y el disenso (naturaleza que venía implícita aún en su nomimal “universitas” -“que todo lo contiene”) a formar parte de una lista de opciones de “educación superior” y de “formación de profesionales” que incluye además, y por si no quedaba claro, a institutos tecnológicos, politécnicos, colegios de especialidades y así. La necesidad de confrontación de ideas no deja de existir, por supuesto, y hoy se traduce en esfuerzos que van desde los pírricos -pero muy necesarios- intentos porque la filosofía y otras disciplinas

no mecanizables sigan incluidas en las currículas de casi cada nivel de educación (ya que en casi cada nivel se les quiere desechar como “inútiles”) hasta en la generación de espacios alternativos de debate académico fuera y, claro, dentro de las universidades, que no dejan de contener poderosas inteligencias ávidas de intercambio cognitivo por más majadera que hayan sido mis generalizaciones en este párrafo.

Por supuesto, no hace falta más que una vista general a esa historia de la teoría del conocimiento para concluir que esa tensión entre “lo especializado” y la “universalidad del espíritu humano” no es necesariamente un filosofema moderno sino, en todo caso, una contradicción inherente al plano cognitivo e incluso a la esfera semántica. No en vano cada significado busca una preeminencia en la conformación del logos (y no en vano el principal discurso de la especialización acude a señalar las ventajas de conocer y dominar “la mayor cantidad de conocimientos relacionados con _____” -agregue usted el campo cognitivo de su preferencia es decir, no en vano cada afirmación articulable parece buscar el estatus de “creencia justificable” que, muy en los albores del pensamiento humano preeminente en occidente, era la definición más aceptada de “conocimiento”. Cada enunciado busca tener la razón; probablemente porque cada enunciado, en tanto materia cognoscible, se mueve irremediablemente en el plano de la forma, el fondo y sus reverberaciones; el campo de la creación, la recepción y el efecto, si se quiere pecar de hermenéutico. Probablemente en la esfera digital, establecida como universo semántico, se cumpla con una precisión casi milimétrica la premisa de Pierre Bordieu que establece la doxa más como un territorio que como una afirmación de ser; es decir, como territorio delimitado de todo lo que puede decirse y pensarse, el “universo del discurso posible”.1

En todo caso, la premisa del conocimiento como universo inabarcable siempre entrará en tensión con la necesidad del individuo por afirmarse en lo que sabe, en lo que le es aprehensible y, curiosamente, en lo que puede darse socialmente “por sentado”. A la necesidad de afirmación del individuo le seguirá, casi por naturaleza, la necesidad de afirmación del corpus social y, por tal, de un corpus sistémico que obligará al individuo a buscar su afirmación, a la que seguirá la necesidad de afirmación del corpus social y… bueno, estimado lector, usted entiende el resto. Curiosamente, el conocimiento se parece trágicamente al juego de las sillas, donde quien más rápidamente asiente el culo tiene por lo menos una oportunidad de trascendencia que, por lo demás, sólo dura hasta la siguiente ronda.

En todo caso, en el terreno intangible de lo digital, en ese universo semántico que es al mismo tiempo un espacio a navegar y un contenedor de nosotros mismos, no hay necesariamente una necesidad intrínseca de tensión entre lo general y lo individual. Incluso (sin que la nobleza de sus intenciones signifique que alguno ha llegado a buen puerto en su afán) varios de los más reconocidos teóricos y pensadores de la web semántica, como Clay Shirky o Bruce Sterling, -por mencionar algunos-, están intentando concluir algunas formas primarias de algoritmos y otras formas de razonamiento codificable para establecer equilibrios (o, en todo caso, para descubrir los alcances codificables de la idea de equilibrio) que de alguna manera tiendan un puente eficaz entre la rigidez ontológica propia de la “generalización” a la que está obligada la lógica maquinal de la computadora, y la lógica simbólica, arbitraria y no lineal a la que está condenada la folksonomía (ésta, por el momento, la forma más eficiente de intervención semántica de las personas humanas en el mundo digital).

Tal vez el más difícil de todos los cambios en nuestros procesos de comprensión vaya a ser el que nos libere de esas ideas preconcebidas: que lo humano es en general caótico, frenético, desestructurado; que lo maquinal es preciso, frío, estructural e incapaz de verse afectado por ningún impulso espirituoso. Y tal vez la única respuesta a los fracasos por estructurar una web semántica viable y con posibilidades de prevalecer sea descubrir, en nosotros y en nuestras contrapartes digitales -las computadoras- alguna afinidad orgánica, algún ethos imposible; la camaradería de quienes se entienden, de igual a igual, en un universo cuantificable.

Nota

1 En Esbozos de Teoría de la Práctica, 1972.

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