Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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¿Dónde las sextuiteras y los impertinentes?

La gente se está poniendo solemne, mal síntoma para una sociedad o un grupo social cualquiera. Desde luego, cuando se habla de redes sociales la referencia es al TL o los contactos que uno ha elegido. Quizá fuera de mi círculo priman la campechanería y el buen humor.

Hace mucho que cerré mi muro de Facebook, es decir, que nadie puede publicar en él y solo pueden ver lo que pongo aquellos a quienes he aceptado como “amigos”. Lo hice porque soy intolerante, y aunque creo en las virtudes de la tolerancia, no creo que la fraternidad universal implique que cualquiera puede venir a orinar en mi alfombra.

Según los tuiteros rancios, Facebook está plagado de tontos, lerdos y cursis. Pues serán sus amigos, porque los míos son muy diferentes. Podría dar nombres de muchísimos escritores, fotógrafos, músicos, pintores, científicos, etcétera, todos notables, que usan Facebook. Entre ellos abundan los que no usan Twitter o lo usan muy eventualmente. Eso, solo por ejemplo, pero no desdeño a las amas de casa, los desocupados, los sencillos trabajadores de la normalidad que poseen una mente brillante y saben usar la palabra o la imagen de tal modo que podrían destacar en un país que se empeña en ocultar la grandeza de sus creadores. Un país donde, lo he dicho muchas veces, Hugo Hiriart es un nombre casi desconocido; un país donde ciertos grupos inflan a sus ciervos y meten en el cuarto de trebejos a gente como, por decir algo, Juan García Ponce. De modo que mi Facebook es realmente interesante. Lo que más gracia me hace es que mientras los tuiteros se la pasan burlándose de los feisbuqueros, éstos apenas si se ocupan de aquéllos, aunque también usen Twitter.

Lo que en definitiva marca una diferencia en contra de la red social de Mark Zuckerberg es la ñoña política contra desnudos y demás imágenes que un mundo que pasó del siglo XXI al XIX considera “ofensivas”. En Facebook se puede agredir alegremente a cualquiera con un vocabulario proscrito en Alvarado, Veracruz, pero no se puede poner una mujer desnuda. Mucho menos un hombre: eso es mal visto en absolutamente todos los círculos sociales (ese temor al pene que hace sospechar que se trata de deseo).

En Twitter se puede poner cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa me refiero a las imágenes más fuertes, tanto de sexo como de violencia. No es la red social la que se hace eco de los censores voluntarios, los denunciantes anónimos que sobrellevan su estreñimiento y frustración reprobando los gustos ajenos, las bellezas y vidas que no son capaces de comprender. Lo que no se puede es librar la censura de los propios contactos, del propio TL. En Twitter, el mío, la sexualidad humana está prohibida, a menos que se suscriba en la sensualidad artística consensuada. Dicho llanamente: si hablo de follar se me hace una de las acusaciones más grandes de las que son capaces los defensores de la libertad de expresión: “sextuitero”. Éste o aquél ponen que comieron algo inmundo que les parece una delicia o que fueron a un restaurante de esos que viven del nombre y son malísimos, por ejemplo, y todo en paz. El mal gusto, la vulgaridad, la mala crianza no representan un problema para nadie, ¡pero la sexualidad es réproba e inaceptable! Solo por abundar y ser aun más claro: Salvo por la moral primitiva en boga, no veo diferencia entre “Fuimos al Cambalache donde compartimos una parrillada deliciosa” y “Pasamos la noche en el Camino Real donde tuvimos una noche de sexo desaforado”. En ambos casos se trata de algo que a nadie más le interesa, que es parte de la vida privada y que no todos pueden presumir, pero la primera es bien vista y la segunda se considera de pésimo gusto. No lo entiendo, desde luego, pero creo que es un problema del siglo XXI y de la forma esnob en que nos presentamos en una sociedad cada vez más virtual. Lo mismo sucede con ciertas opiniones artísticas o políticas, pero ahí me parece más comprensible, no sé si más sensato.

Si de un tiempo para acá el activismo había invadido esta red social hasta lo insufrible, cosa que se entiende en un país con graves problemas de toda índole, se ha ido deslizando peligrosamente a una especie de plaza pública donde todo el mundo se desgañita berreando malestares y donde, encima, cualquier fanático o servidor de ciertos intereses puede insultar a quien no está de acuerdo con él, o sencillamente se abstiene de opinar por la razón que sea.

Para acabarla, el éxito social y profesional hoy en día parece medirse por el número de followers. Cualquier poeta mediocre con muchos seguidores resulta ser un escritor digno del mayor respeto. Caray, me digo, no he visto a ningún creador hacerse en Twitter. O, en otras palabras, cuando llegaron a Twitter la obra ya estaba ahí. Y como el éxito se mide en seguidores, nadie da unfollow por miedo a que se la regresen, así que ponen en “mute” a los que les disgustan. Resultado: Ya no hay retroalimentación, juegos de palabras de esos a los que llamábamos memes, intercambios de ingenio. Ya no se tuitea con una sonrisa, sino con la cara de perro de los mentecatos decididos a comerse el mundo, conquistarlo; patéticos seres de todas las calañas para los que el mundo es la fama, la vida es el éxito, y el resto es basura de mal gusto.

En consecuencia, es penoso citar (como lo hace medio mundo sin tener idea del origen de la frase) al inmenso Allen Ginsberg en Howl: “He visto a las mejores mentes de mi generación…” regresar a Facebook.

Los que hemos tenido que ganarnos a golpe de ariete y lamiendo cicatrices el derecho a la alegría y la libertad, ya no soportamos ese solemne e infinito transcurso de frases sabiondas escritas por gente alienada por la corrección política.

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