Cinque Terre

Mireya Maldonado

Periodista.

Discriminación, racismo e intolerancia en las redes

Odio a quienes no piensan como nosotros, odio a las figuras públicas, odio a lo que es diferente, a las mujeres, a los negros, a los indios, a los nacos, a los seguidores de un político u otro; odio hacia quienes tienen un espacio en los medios de comunicación tradicionales. Esto se llama discriminación, racismo e intolerancia…

Con frecuencia las redes sociales se enredan en desencuentros y descalificaciones. Es un reflejo de lo que ocurre en las entrañas de la sociedad aunque no parece ser un tema que ocupe a gran parte de los medios de comunicación, políticos, especialistas o a millones de usuarios de la red. Pero, ¿qué nos hace creer que no pasa nada con esa barbarie digital que apuñala calificativos (jotos, mujerzuelas, vendidos, traidores, liendres pandrosas, pendejos)?

Un espejo de la sociedad

El conflicto forma parte de la vida social, comenta el doctor Javier del Rey Morató de la Universidad Complutense de Madrid. “Ortega y Gasset decía que toda sociedad es a la vez disociedad. Hay elementos comunes que la congregan, valores, afectos y sentimientos compartidos, pero también existen elementos disgregadores que forman parte de la convivencia.

“Luego hay grupos sociales enfrentados cuyos conflictos se reflejan usualmente en los medios de comunicación tradicionales. Ellos publican en nombre de una opinión pública que no conocen, de la que se erigen en intérpretes, en acuñadores de enunciados fundamentales. ¿Qué es la opinión pública, cuál es el sujeto, sobre todo cómo la conocen, hacen acaso investigaciones empíricas?”.

“Muchos actúan como grupo de presión. Entre ellos y los políticos hay un encuentro de legitimidades. Damos por buenos los enunciados cuando dicen la opinión pública piensa esto, tal o cual”. Y el público se cree representado y se confronta por ellos “en esa nueva tecnología inédita en la historia universal”.

“Una propuesta educativa o energética como las del Presidente, evidentemente puede concitar el entusiasmo de los propios, la indiferencia o la rotunda oposición de adversarios. Eso se llama conflictividad que se incrementa con los medios tradicionales, aumenta en las redes sociales y ya es indisociable del mundo moderno”.

Morató advierte que quizás eso pasa en México.

¿Hay que regularlas?

Por primera vez en la historia universal aparece, por debajo de los medios tradicionales de comunicación, un subsuelo que se mueve solo, con otra lógica y sin responsabilidad. Pero, como dice el profesor “No se trata de regularla. Quizás lo mejor es contar con que existe y cambiar las estrategias de comunicación que ya no pueden ser las de 1995. Hay una realidad internauta con gente de todo tipo y condición. Hay que tenerlo en cuenta, reaccionar a tiempo para que no suba a la primera planta, a la segunda o tercera del edificio social. Es un mundo muy complicado, no solo para políticos o periodistas, sino para la gente común porque todos somos sujetos de ser vapuleados”.

¿Válvula de escape?

Los periodistas son uno de los grupos que suscitan mayor visceralidad en las redes. Varios han dejado testimonios en sus espacios periodísticos y los ataques contra ellos son visibles en Facebook y, sobre todo, en Twitter. ¿Deben preocuparnos las amenazas que reciben?

El estudio “La libertad en la red 2013” de Freedom House dice que “México retrocede en libertad de acceso a Internet ante el aumento de los ataques a periodistas y activistas online por parte de la delincuencia organizada y otros actores que intentan controlar la agenda informativa”.

“Mientras la intimidación generalizada, las amenazas, la violencia y la autocensura históricamente se limitó a los medios tradicionales, los colaboradores de sitios web críticos y narcoblogs están siendo víctimas del creciente hostigamiento, ataques cibernéticos, violencia física y asesinatos conforme la información reportada gana importancia”, expone la organización estadounidense.

Al respecto el senador Marco Antonio Blásquez Salinas, presidente de la Comisión Especial para dar Seguimiento a las Agresiones contra Periodistas y Medios de Comunicación, señala: “No tengo ninguna noticia de ninguna amenaza o insulto que haya recibido algún periodista en Twitter. En tanto no haya una sospecha fundada y por tanto una petición expresa, para mí esto no tendría mayor relevancia”.

“Yo no justifico que una persona use a la red para ofender, pero debemos entender que vivimos en un México fragmentado. Y los compañeros de los medios de difusión también tienen posicionamientos muy claros de índole político, no partidista. Y llegan a razonar contundentemente en contra de algunos movimientos o en contra de algunos líderes políticos y estos tienen seguidores que obviamente van a responder”.

Cuando empecé a usar las redes, sin el afán de agraviar a nadie, agrega el senador Blasquez, “yo decía que era como un cardumen de pirañas. Cuando se trata de criticar a alguien es como meter un brazo y te lo van a comer. Twitter está peor porque ahí están las grandes personalidades y por supuesto que se desarrolla mucha violencia”.

“Los periodistas no pueden renunciar a su derecho de crítica o de análisis para que no se molesten los señores de las redes sociales. Pero yo no conozco, y estoy en contacto con la fiscal y el mecanismo de gobernación, a un periodista que haya hablado sobre el temor de ser agredido por comentarios en las redes”.

Los fluídos buscan salida

Sobre el peligro que de la amenaza en las redes se pase a los hechos, el senador Blásquez agrega que “como periodista y político opino que quien te quiera matar no te lo va a avisar. Nada más te intimidarán, tratarán de cobrarte pero en lo personal no existe preocupación.

“No convalido las agresiones de ningún tipo, el lenguaje burdo, pero entiendo que por algún lado tienen que salir esas expresiones. Todos los fluidos buscan una salida, si no hay tal, estallan”. E insiste en que “la opinión pública es una expresión de lo que sientes, es pasión, es coraje político y social y la gente te puede decir lo que quieras pero no te dañarán”.

En cuanto a los grupos de bots que se sabe son contratados para atacar un perfil u otro de personajes variopintos, pregunta: “¿qué diferencia hay entre un monopolio que centra toda su capacidad editorial y ubica a todos sus comunicadores para destruir a un candidato y darle ventaja al otro y esos ejércitos de bots que se contratan para estar golpeando perfiles?”.

Todos podemos ser víctimas

La violencia psicológica es un acto deliberado que. Manifiesta también la incapacidad individual y colectiva de auto constituirse sin negar al otro como otro. Cornelius Castoriadis formuló planteamientos en torno a la relación con ese otro, particularmente cuando se torna imposible si no es por la vía de las expresiones más agudas de odio.

Dicho autor habla de una compulsión a la repetición categorizada por Freud, contenida ya en el “silogismo del sujeto” aristotélico: yo soy (el) bien, tú no eres yo, por tanto tú no eres el bien. Dicha compulsión se acompaña por el discurso religioso, los nacionalismos, el racismo, la misoginia, la homofobia, la intolerancia…

La psicóloga Claudia de Mendieta explica que la agresión es natural en los seres humanos, la violencia no, que se define como un modo de reaccionar y puede hacer uso de la fuerza física o la coacción psicológica.

El ciberespacio es otro escenario donde observamos conductas violentas, se expresan la frustración, el enojo y existen menos consecuencias inmediatas. No es lo mismo practicar dichas conductas en la escuela, en el trabajo, con tu pareja o cara.

En cuanto a las amenazas sobre todo contra figuras reconocibles, cree que es complicado que se lleven a la práctica “porque el ciberespacio también funciona como una especie de mátrix donde puedes crear una realidad alterna. Te permite usar la fantasía y protegerte en ella para no pasar necesariamente al acto. En algunos casos sirve como catarsis social”.

Pero cabe la posibilidad de que escenarios fantasiosos se trasladen a la realidad. “Está documentado cómo de lo virtual se ha pasado a expresiones violentas terribles; por ejemplo, escenarios donde se vinculan personas en la vida real para ejercer violencia, que se relacionan de cierta manera a través del ciberespacio y acaba en una tragedia”.

Es importante entender las frustraciones psicosociales en sus diferentes niveles, agrega Claudia de Mendieta. Si nos vamos a lo microsocial, la familia como unidad principal de la sociedad mexicana, vive una crisis de valores. ¿Qué le comunicamos a los hijos a través de padres autocráticos que no permiten la negociación o muy flexibles, que no marcan límites? No se hace patente el respeto a las diferencias, aprender a perder y no solo querer ganar todo el tiempo. Vivimos una crisis en la que la violencia se percibe desde el entorno más cercano, con carencias emocionales que se trasladan a las redes sociales.

Eso se refleja en varias cuentas de Twitter o Facebook. “Había una que exaltaba la violencia de género con frases como las mujeres deben ser golpeadas o merecen morir. La homofobia puede ser encubierta sutil, disfrazada de broma, o explícita, o promover el rechazo a la homosexualidad, a la comunidad lésbico-gay. Es algo terrible porque evidencia que no aceptamos las diferencias pero, además, reaccionamos con odio”.

“Así como en su parte proactiva las redes sociales sirven para movilizar grupos, proponer ideas, generar ciertos movimientos sociales; de la misma manera pueden tener una influencia negativa porque al final el lenguaje estructura la conciencia. Y si empezamos a hacer parte de lo cotidiano ese odio que se manifiesta de diversas maneras, se contribuye a la consolidación de una cultura intolerante y por supuesto violenta”.

¿Por qué no podemos compartir ideas sin los riesgos de la violencia verbal? El que la sociedad mexicana no esté preparada para debatir es un problema muy importante ya que nuestra cultura está más enfocada a la imposición, a la lucha de poder, comenta la especialista: “Creo tambien que la forma en que se maneja el poder económico en nuestro país frustra a la gente, le genera odio e impotencia. La pobreza en que vivimos es uno de los factores detonantes, incluso medular, de la violencia”.

¿Hay caminos?

Hilda García, periodista radicada en Nueva York, narra que cuando escribió una columna sobre cómo las redes sociales reflejaron el tema de los damnificados por los recientes huracanes, dejándolos en un segundo plano para dedicarse al enfrentamiento Aristegui y Bozzo, “tres personas defendieron a la primera cuando mi columna habla de que solo nos quedamos en la punta del debate y nadie mencionó a quienes perdieron todo. Los mismos comentarios reflejan que la gente no entendió lo que se trataba de explicar y nuevamente centró la discusión en el caso de la periodista y la conductora de televisión, pero no en casos de corrupción, negligencia o cualquier otra cuestión relacionada los damnificados.

Las redes reflejan el autoritarismo que ha prevalecido en México, dice Hida García. Tenemos una cultura poco democrática. “Así que más bien se debe impulsar la idea de democratizar los debates en todos los ámbitos y dejar que hasta quienes consideremos locos opinen, pero eso sí, bajo ciertas reglas. Cada medio y plataforma las tiene: Twitter, Facebook, AOL y la mayoría de los usuarios de redes o de quienes comentan en el sitio destinado para ello, la opinión, el artículo, reportaje o nota que publican los medios en sus versiones digitales, ni cuenta se dan de la importancia de las reglas del juego”.

Desafortunadamente las empresas de comunicación no le dan importancia al tema y desaparecen poco a poco a las personas encargadas de tales funciones. “Le sacan jugo solo para hacer promociones y ver cuanta gente participa, pero no les importa el área editorial”.

Hay medios que no las integran, dice Hilda García, entonces lo que ocurra en la sección de comentarios ni siquiera se toma en cuenta por el medio y queda bajo responsabilidad de los mismos usuarios lo que se diga. “Y por supuesto que ninguna plataforma tecnológica se va a responsabilizar de proteger a nadie, por eso se hacen relevos legales cuando se participa en el área de comentarios”.

Algunos de los ejemplos de esas reglas son: “para poder comentar usted debe registrarse con su nombre verdadero e indicar un e-mail de contacto. Queda prohibido cualquier insulto o agravio, amenazas de cualquier índole o insinuaciones hacia o contra cualquier persona. No se permite lenguaje libeloso, difamatorio, ilegal, obsceno u ofensivo, faltas de respeto y el uso de sobrenombres de mal gusto o mensajes que violen los derechos de intimidad de terceras personas”.

Desencanto por las redes

Se trata, añade Hilda García, de orientar para que haya una buena relación entre los que participan en los foros de mensajes o comunidades virtuales. Retomamos parte de su columna “Nomás la puntita”, publicada el primero de octubre en SIN EMBARGO.MX: “Me declaro una persona promotora del uso de Internet, del periodismo digital y encantada con las redes sociales, pero desencantada con algunos de sus usos y sé que no soy la primera que hace el señalamiento de las catarsis online. Ni tampoco es algo que no ocurra en el llamado mundo offline”.

“Pero creo que ya son varios ejemplos constantes que debilitan el debate sobre problemas ancestrales y que agotan la cohesión social tan necesaria en cualquier comunidad para tomar acciones que resuelvan una u otra situación.

Es legítimo y necesario criticar. Es más, en México nos hace falta saber criticar con argumentos, y a la vez nos falta defender con argumentos legítimos. Peor aún, nos falta respetar la crítica que se nos hace en lo individual y como grupos sociales”.

Un estudio de la Universidad Beihang en China, señalaba que el sentimiento que más rápido se propaga a través de las redes sociales es la ira. Esa ira que se convierte en violencia verbal. Ya hemos leído que puede originarla las circunstancias frustrantes que vive cada individuo en una sociedad que no ofrece igualdad de oportunidades, filias y fobias que se engendran desde nuestra infancia, la necesidad de tener siempre la razón y, por tanto, la última palabra, la falta de reconocimiento del otro, y la urgencia de apabullar a quien opina diferente.

Pero lo más importante es que somos incapaces de informarnos y, por tanto de entablar conversaciones, intercambios de puntos de vista, de llegar a acuerdos.

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