Cinque Terre

Marco Levario Turcott

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Director de etcétera

Diosas, vírgenes, ninfas y mujeres libres

Me atraen las mujeres concupiscentes en los dos sentidos principales: por su ansia de bienes y sus deseos sexuales. En particular me gustan las cortesanas que fueron modelo de grandes artistas, ya lo he dicho antes, para hacer posible la escultura griega o romana e innumerables lienzos desde el comienzo de los tiempos hasta nuestros días (acaso por eso siento un morboso placer al registrar que buena parte de las obras pictóricas reciben la admiración indirecta –y acaso ignorante– de las cortesanas antedichas).

Las tres gracias. Pedro Pablo Rubens

El espíritu desenfadado y drolático de las mujeres retratadas, incluso algunas que lo fueron para representar a vírgenes (en un indudable registro de la doble moral) encuentra eco en las miradas que se detienen en el pezón que incendió a Rafael –el de su amante a quien después el artista ignoró para no vivir el escarnio de la sociedad puritana– o los senos atónitos que enardecieron a Botticelli en El nacimiento de Venus y La Primavera; son incontables las representaciones que sintetizan los deseos del artista y su imaginación para trascender la censura en cualquiera de los tiempos remotos. Ah, y casi lo olvido: esas mujeres cobraron.

En eso pienso al andar por los pasillos de El Prado. Desde los primeros años de Francisco de Goya hasta Picasso (para quien la vida era la líbido en  buena salud).

Me gusta el erotismo de las artes griegas y romanas y, entre quienes siguieron esos senderos, el de uno de sus hijos más prodigiosos (que también tuvo como referente a Tiziano): Pedro Pablo Rubens. Creo que la exuberancia y el colorido del pintor barroco alcanzó la cúspide en su versión de Las Gracias –donde hace un espléndido homenaje a la belleza, al amor y al sexo–, y en El rapto de Proserpina, hija de Ceres, la diosa de la tierra. A eso fui a El Prado, a mirar el erotismo en la pintura aunque en esas caldas me sumergí un buen rato en Matteo Bonuccelli, el célebre fundidor ayudante de Bernini, para contemplar la espalda y la figura calipigea de su versión del hermafrodita en bronce. Y ya luego en el Hércules que lucha contra el león de Nemea pintado por Francisco de Zurbarán.

En las salas se entrecruzan los siglos y las corrientes culturales y técnicas, pero ese desorden le da mayor impacto a las sorpresas porque a unos pasos están un par de versiones de Diana y Calisto, Ninfas y sátiros de vuelta al marienismo del pintor flamenco (donde hay notorias semejanzas con Amor sacro y amor profano de Tiziano). El tocador de Venus, de Francisco Albani, unos metros más adelante, tiene una concupiscencia indescriptible pero la versión de Tintoreto sobre Lot y sus hijas me resulta la más atractiva.

Entre esos tiempos entrecruzados reconozco en los artistas no sólo la técnica (que para muchos –yo difiero– es arte en sí mismo) ni la creatividad inherente al arte sino esa inventiva para enfrentar la censura de la iglesia y de los reyes, y simultáneamente recargar en estos el patrocinio de las obras (las burlas de Velázquez al poderoso son fenomenales, incluso su ironía al dibujar de la manera más fidedigna posible a las mujeres feas y poderosas).

Me place andar entre los muslos esculpidos y las sonrisas traviesas, también entre los velos de la inocencia o la purificación pagana y cristiana, entre diosas y vírgenes. Imagino la retribución a esas mujeres libres. Ando entre cuerpos turgentes y rostros sonrientes, sonrojados, inmortalizados por los pinceles del artista. Mejor: fundidos en esos trazos.

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