Cinque Terre

Vania Maldonado

Escritora

Diosas del hentai

Mileena se ocultaba el rostro con un pañuelo, tenía dientes afilados y prefería no mostrarlos. Iba sin rumbo por la calle, no podía detenerse. Eran sus acostumbradas caminatas rápidas por calles sin citas. Después de unas horas, hubo algo que la detuvo de golpe, en un puesto que se extendía por la banqueta, vio una revista envuelta en celofán. En la portada estaba ella, con su cara de niña, con esa boca pequeña y mordible y sus ojos enormes. Sus senos sobresalían de la ropa interior blanca que no podía sujetarlos y parecían escaparse hacia el sol de la tarde.

La observó con detenimiento, volteaba la cabeza de un lado a otro, para cerciorarse de que nadie se diera cuenta en qué tenía puesta su atención. Quería agacharse, tomar entre sus manos la revista y hojearla, solo por curiosidad. Hasta que el joven, que atendía el puesto, se paró enfrente y dijo: “puede verla con toda confianza”. Estuvo punto de irse sin decir nada, pero algo la empujó a arrebatar de la alfombra a aquella mujer en medias blancas.

Estaba encantada con la imagen, pero hubo algo en ella que al mismo tiempo la hizo sentir molesta. Incómoda, guardó la revista. Llegó presurosa a su apartamento y se acomodó en la cama. Sostuvo unos minutos la revista, le sudaban las manos, se pasaba la lengua insistentemente por sus labios, el estómago le revoloteaba. Sabía que al momento de abrirla ya nada sería igual.

A pesar de estar sola, sentía una infinidad de miradas que la observaban con morbo. Al fin se aventuró a pasar sus dedos sobre el nombre que rondaría por su cabeza los siguientes días. Sena Kashiwazaki. Al lado había una descripción detallada: ojos color azul y cabello rubio, largo, de figura esbelta y exuberante, tiende a hacer alarde de sus grandes senos. Casi siempre lleva un broche en forma de mariposa en la cabeza y por lo general se muestra en su uniforme escolar.

En el exterior, Sena parece una chica normal de secundaria, pero en verdad es arrogante y orgullosa por naturaleza. Se considera a sí misma como una especie de reina o diosa de la escuela. Debido a su personalidad y belleza no tiene amigas y trata a la mayoría de sus compañeros de clase como sirvientes.

Después de leer esta descripción, Mileena pasó a la siguiente página. Ahí estaba Sena en la exhibición más pura de sus senos libres, como si los hubiera pegado a una ventana para que todo mundo los viera, después con las piernas entreabiertas y su cara perdida entre esos montículos que se habían escapado de las transparencias. Mileena cubrió su boca sorprendida. Le encantó la exhibición onanista de la mujer que no perdía, entre sus carnes descubiertas, la inocencia de sus ojos enormes.

Hojeaba incesantemente, olía las páginas como si de ellas emanara el olor a pubertad, acariciaba cada borde de Sena y pasaba la lengua entre sus dientes afilados. ¿Cómo alguien frágil y soberbia podía ser tan erótica? Pero la magia no estaba precisamente en su cuerpo o las poses en que se mostraba. Todo radicaba en la mirada de Sena, en sus ojos llorosos, suplicantes. Deseaba tenerla entre las manos, acariciarla, ver cómo esa belleza se desvanecía entre sus manos y desmembrarla cual si fuera una margarita.

Montó en furia cuando se dio cuenta de que a un dibujo no se le puede dañar. Sus manos, que apretaban con fuerza las páginas, se relajaron. Se le ocurrió algo mejor, buscaría la forma de convertirse en Sena.

No pudo dormir en toda la noche así que investigó en páginas por Internet más información acerca de este dibujo hasta que halló una luz al final del túnel. Una mujer de carne y hueso exactamente igual que Sena. A su lado estaba escrita la palabra que le dio la respuesta: Cosplay.

A la mañana siguiente, salió disparada al lugar que materializaría a Sena. Después de una exhaustiva búsqueda de la dirección, por fin puso un pie dentro de un lugar atestado de pelucas, guantes, botas, armaduras, lanzas, maquillajes. Un tipo esmirriado le preguntó qué buscaba. Sin titubear le pidió el disfraz, si es que así se llamaba, de Sena Kashiwazaki. El joven con pinta de nerd inmediatamente la condujo por el lugar. Ella caminaba en cámara lenta, mientras le ponían enfrente las prendas.

Tardó horas en armar a Sena con su uniforme de escuela, delicado, falda muy corta, verde a cuadros, el saco color azul, delineado con blanco y una línea dorada, el corbatín negro que se ataba por el cuello sin dejar nada al descubierto. Claro, no podía faltar la peluca rubia, con la mariposa, grande y azul clavada en los cabellos largos. Fue a su apartamento, se atavió con su adquisición y al momento de terminar, dio vuelta hacia el espejo pero no vió a Sena sino a sus propios dientes afilados que estorbaban.

Los cubrió con una pañoleta. Sacó su cámara fotográfica y copió las poses de Sena. Cada que el flash la deslumbraba ella acentuaba cada parte de su cuerpo con distintos movimientos, se tocaba suavemente e intentaba emular la mirada quejosa que tanto le atrajo. Después de una larga sesión contempló con detenimiento cada fotografía, absorta de su creación. Ahí estaba Sena. Pero hubo algo que no podía ocultar, sus ojos carecían de inocencia y el pañuelo que cubría su rostro desfiguraba su creación.

La figura bien delineada de Mileena podía ser usada hasta el extremo en un anime hentai, transmitir lujuria, obscenidad. A pesar de la ropa siempre era evidente cada borde de su sexo, de sus senos. No necesitaba de las transparencias de los dibujos que la asombraron a primera vista. Pero su rostro reflejaba furia, los ojos como cuchillas penetraban el lente de la cámara. Se desesperó al percatarse de la fallida imitación y se arrancó la vestimenta, los hilos que no podía reventar cortaron sus dedos, la sangre brotó y quedó impregnada en los retazos de Sena.

Mileena no se detuvo, aquella experiencia purificadora la llevó a seguir buscando. Días después se dirigió hacia la misma tienda de Cosplay, el lugar donde encontró a su primer amor. Era tiempo de renovarse y vaya que lo consiguió.

Chizuru (Kanokon) era una estudiante que también paseaba sus enormes pechos por la escuela de Kouta. Ella parece ser normal aunque es un poderoso kitsune de 400 años de edad. Cuando cambia de forma, el pelo va de negro a rubio, le salen orejas y rabo de zorro. Ama a una amiga de nombre Kouta y quiere entrar en una “relación del pecado” con ella. Le gusta hacer sugerencias sexuales, muestra cierto interés por el masoquismo aunque después de todo es bastante sencilla.

Mileena encontró a Chizuru en aquella tienda de disfraces como una revelación. Tenía vida, se movía de tal manera que solo podía hacer una cosa: llevársela a casa. Se acercó, le habló sobre cómo sería poder verla en todas aquellas poses que se mostraban en el cómic, le hablaba al oído, intentaba persuadirla de que ser su muñeca hentai la liberaría. No tardó mucho en convencerla de que se entregara para llevar toda fantasía al plano de lo real. Así partió con ella entre las manos. Mientras poseía a Chizuru, la cámara otra vez atrapó imágenes. Mileena ya no se empeñó en la mirada, simplemente se revolcó entre las sábanas. Sus dedos se deslizaban entre las piernas, sus dientes afilados dejaron marcas rojas en los pechos, en el vientre. Así pasaron horas hasta que se quedó profundamente dormida. Al despertar miró las prendas, la cama revuelta y por un instante un gran vacío la invadió. Necesitaba más.

Buscó por toda la ciudad, ya no se enfocó en un solo lugar, estaba dispuesta a ser quien se le diera la gana en una sola noche. Así empezó la búsqueda de sus instrumentos calle por calle. Lo que desconocía Mileena es que estaba a punto de hacer algo fuera del entendimiento humano con un número cabalístico en mente: diez, diez, tenían que ser diez mujeres e irían en orden.

Ya había hecho trizas a Sena, quien tenía el primer lugar porque la introdujo al placentero mundo del hentai. Obviamente, Chizuru, oculta en las sombras de la recámara revuelta, tenía el segundo puesto. El juego comenzó.

Con las descripciones de las ocho restantes buscó a cada una de sus muñecas, esclavas, que estaban a punto de formar parte de un anime hentai, grotesco, doloroso, pero sobre todo salido de Mileena y la perversión.

Ahí estaba Morrigan (Darkstalkers). Resultaba encantador que fuera un vampiro, hija adoptiva de Belial, una niña de cabellera verde que nació poderosa. Se vestía de negro con mallas moradas y unas características a las de murciélago. Mileena la vio como un personaje difícil de encontrar. Sería una tarea ardua pero placentera. Rondó varias noches hasta que la halló, sola, en una estantería polvosa.

Las cosas se hicieron cada vez más fáciles. Cada una de las elegidas se presentaría frente a sus ojos sin trabajar demasiado en ello. Así, pasó lentamente frente a ella un personaje secundario de la wa tomodachi ga sukani boku, serie de novelas ligeras caracterizadas por ser muy pervertidas. Rika Shiguma era una genio de primer año, salvada por alguien llamada kodaka, cuando ella perdió el conocimiento durante un experimento de laboratorio que resultó desastroso. Cuando estuvo frente a ella, Mileena la sintió un poco distraída, con esos anteojos redondos de intelectual y su coleta de cabello oscuro. Se dijo a si misma que sería un interesante espécimen.

Sin querer se topó con Shirai Kuroko: debido a su corta edad fue complicado hallar la representación perfecta de una estudiante de escuela secundaria. Por un momento se sintió atroz, pero ya sabía de antemano que eso no era impedimento en el hentai. Leyó que Shirai normalmente era acompañada por Mikoto Misaka, su mejor amiga, socia y compañera de habitación. Shirai era honesta cuando se trataba de su sexualidad y confesaba abiertamente que su amiga inseparable era objeto de su lujuria. Por eso se llevó a ambas de una vez.

La más fácil de todas, porque su atuendo era fácilmente confeccionable, fue Sanae Nagatsuki, una chica morena de un nivel escolar alto, con ojos marrones. Siempre llevaba una camiseta sin mangas de color rosa de tirantes, una falda azul con zapatillas rojas y en su cabello una cinta blanca.

La quinta llegó personificada como una lesbiana masoquista, con pasatiempos que incluían la lectura de la literatura yaoi y jugar al baloncesto. Cabello corto y obscuro, atlética, sin dificultad para relacionarse con los hombres, burlona, con tendencias a sentir celos de los demás y causar daño corporal en busca de venganza. Sería una persecución hentai interesante porque siempre es bueno regresarle a los demás lo que dan. Aquí fue cuando hubo una ruptura entre la realidad y la ficción en la mente de Mileena. Sugura Kanbaru, a pesar de ocupar un quinto lugar, le obsequió la respuesta para el montaje perfecto del escenario y de lo que realmente deseaba hacer.

La sexta fue Kirino Kosaka, de cabello largo y rubio, cuerpo bien proporcionado y piernas largas. Una estudiante enfocada en el estudio y el atletismo con actitud perfeccionista, alguien que se mantiene en la lucha cuando las probabilidades están en su contra. Una mujer mandona y abusiva. Resultó complicado encontrar a Kirino, por su personalidad tan detallada. Complicado pero no imposible.

Mileena, se daba cuenta de que eran mujeres poderosas, brillantes, ya no podía dar vuelta atrás. Estaba completamente dispuesta a regalarles un poco de vida. Un sinfín de ideas rondaban por su mente, las imaginaba a todas en sus uniformes de escuela, cediendo a sus más inmundos deseos, suplicando que las liberara.

Ayase Aragaki era interesante a Milenna porque era compañera de clase de Kirino. Ayase, una chica de ojos azules y cabello oscuro, buena, simpática y refinada que podía ser psicótica o tenebrosa cuando se enojaba. Sus defectos: muy conservadora y no le gustaban los animes indecentes, pero no importaba. Ella le gustaba para ser la séptima. Eso sí, debía prescindir de los ojos azules, ya que eso le quitaría tiempo para reunirlas.

Toda esta información parecería un poco inútil para Mileena, pero es que esta sería solo la mecha que encendería la bomba. El día en que encontró la pólvora fue revelador; supo que ya jamás tendría que ocultarse del mundo, que aquellos dientes afilados serían las cuchillas que romperían los nexos con la cordura.

Todavía faltaba una pieza en el tablero pero éste se completaría hasta tenerlas a todas. La décima prefirió dejarla incógnita, no contó con que se le había olvidado, pero sin querer eso tenía una razón. Se llevó a su casa las imágenes de cada una de las mujeres hentai, las ordenó por número en una mesa, se sentó frente a ellas, mientras las observaba con detenimiento, todo sería perfecto: uniforme, pelucas, accesorios, en fin, cada detalle sería cubierto.

Después de unir el rompecabezas empezó a morderse los labios con fuerza, había algo atorado en su cabeza, el ruido de Sena rompiéndose, la primera imagen que despertó al monstruo. Por un momento la sintió irremplazable, pero no se trataba de sustituir, todo sería por mera diversión. Chizuru apareció nuevamente en la escena, abrazó a Mileena. Ya no era un simple dibujo sino su compañera fiel.

Todas y cada una de las mujeres hentai emanaban inocencia. Después de tenerlas reunidas se dio cuenta que eran lo más dulce que había visto en su vida. Sus trajes les colgaban, no estaban ceñidos a su cuerpo tal y como se veía en las imágenes impresas. Posiblemente poco tenían que ver con las caderas, las piernas, los senos, los sexos de los dibujos cuyas posturas exhibicionistas ya no le interesaban. Ahora ella se había encargado de la más hermosa creación, la tenía ante sus ojos.

Estaba frente a nueve personajes, todas ellas, con la apariencia casi perfecta. En el rostro de cada una podía ver claramente la mirada suplicante con la que conoció a Sena. Labios pequeños, cuerpos sinuosos, en cuclillas, mirándose una a otra a la espera de lo que ordenara Mileena que se estaba apoderando de sus vidas, el show estaba por comenzar. Puso la cámara en modo de video.

Chizuru miraba con detenimiento desde su apariencia de colegiala, a la espera del inicio. La lente enfocó a las nueve mujeres y sin querer las diez fueron completadas.

Mileena llevaba puesto un body que dejaba al descubierto gran parte de sus senos, de su abdomen, el atuendo color rosa obscuro y bordeado de color negro, usaba botas que llegaban arriba de la rodilla y en el rostro portaba su inseparable pañuelo que no permitía ver sus puntiagudos dientes. Todo un personaje que nunca hubiera necesitado a alguno de los que tenía enfrente.

Mileena, parte de un combate mortal, viciosa, malvada, una asesina nata con dientes largos y agudos, estaba convencida de ser merecedora de gobernar algún lugar. Mileena, una mujer oportunista que llevaba, en ese instante, una espada en cada mano.

Con el cuerpo erguido, levantó sus armas, preparadas para acertar estocadas. Todas la veían desde abajo, empavorecidas ante ese rostro tapado. Eran dibujos que poco a poco se hicieron reales. Ya no solo eran mujeres del hentai. Chizuru entró en escena, salió por detrás de Mileena y mando un beso a la cámara, acarició su cabellera. Sus orejas de zorro resaltaban la malicia en su rostro mientras se aproximaba a cada una de las imágenes hentai postradas frente a Mileena. Chizuru se acercó con sigilo y poco a poco fue quitando las mordazas de cada una de las mujeres, les desató las manos y los gritos no se hicieron esperar. Todas lloraban, imploraban, se veían unas a otras incrédulas, ni una se atrevía a levantarse, correr, sabían que jamás lograrían atravesar la puerta principal. Mileena quitó lentamente el velo de su cara, sus dientes quedaron al descubierto, hubo silencio, asombro. Chizuru lanzo una risa estridente, el terror se apoderó de la habitación.

Mileena ordenó. Todas aquellas inocentes tuvieron que ceder ante sus exigencias. Era una masa humana, coloreada de diferentes trajes y uniformes. Se acariciaban temerosamente, se besaban con los ojos apretados, quizá para sentir menos, tocaban cada parte de sus cuerpos entre ellas. Mileena repasaba sus rostros, hacía que se llamaran por sus nombres. Chizuru, que era la única que obedecía las órdenes con deleite, caminaba en cuatro patas entre ellas, sigilosa, jalaba cabelleras, daba mordidas al azar. Se tornaba cada vez más violenta, las golpeaba mientras reía. Empezó a brotar sangre de los rostros, las obligaba a que le besaran los pies, exploraba sus entrepiernas, olfateaba sus olores dulces.

Mileena dejo la cámara y se unió al grupo. Repasaba con sus espadas las piernas, los rostros, los senos, mientras en su mente rondaba el nombre de Sena. Ninguna de ellas le regalaba ni un ápice de aquella primera sensación, del primer contacto con la perversión. Las escenas se hicieron cada vez más sexuales. No encontraba satisfacción en los sollozos, las súplicas, la insistencia de cada una de ellas para que eso terminara.

Tomó sus espadas, se puso de pie y complació a las niñas. Blandió sus armas, dio ágiles piruetas entre los cuerpos y asesto las filosas cuchillas contra el primer cuerpo. Ayase lanzó un grito ahogado, la sangre brotó con fuerza hasta la boca de Mileena e inmediatamente la espada que quedaba libre en su mano fue a dar a el pecho de Kirino que crujió con fuerza. Las dos fallecieron instantáneamente.

Sugura intentó huir pero la dentadura afilada de Mileena se apropió de su pierna arrancando un gran pedazo de piel. La infeliz cayó al suelo y la asesina le quebró la garganta de un puntapié. Todas buscaban un lugar donde esconderse, pero ella las fue encontrando. Sanae, la más joven, quedó petrificada en una esquina. Mileena le dio fin girando su cabeza con ambas manos.

Shiriai, Rika y Morrigan, ocultas en la habitación, lanzaban gritos de auxilio. Mileena abrió la puerta violentamente, se quedó por unos segundos parada frente a ellas y les dijo que la primera que se pusiera enfrente de ella, recibiría una muerte rápida e indolora. Morrigan cedió y se abalanzo a sus pies suplicando por su vida a lo que ella respondió clavando certeramente sus dos espadas en la nuca. Cumplió parte de su promesa, la muerte fue instantánea.

Chizuru observaba recargada en la ventana, con las piernas entreabiertas. Sus ojos desorbitados acompañaban a su respiración entrecortada. Sus manos masajeaban con frenesí sus senos, su sexo perdido en la locura de la sangre.

Rika y Shirai dejaron de gritar, era inútil. Mileena se aproximó y les pidió que se hincaran, cortó sus espaldas con varios tajos y cayeron como bultos.

Salió caminando victoriosa entre los cuerpos, para sentarse en un gran sillón que para esos momentos simulaba un trono. Chizuru se hincó ante ella y le dio un aviso. A lo lejos sonaban las sirenas, se había escuchado hasta el último detalle de la escenificación dantesca. Mileena tocó el rostro de su compañera y le ordenó que huyera por la ventana. En cuanto su cómplice se fue, ella se quedó ahí, postrada exhausta, viendo hacia la pared la causa que la inspiró: Sena, enmarcada en un gran cuadro, en una pose que jamás pudo imitar y la mirada que nunca logró obtener.

Se escuchó el escándalo de afuera, voces que exigían su salida, luces rojas y azules que iluminaban la casa, sombras de gente curiosa. La puerta salió disparada y entraron en estampida varios hombres. El lugar parecía salido del infierno: ahí estaban los cuerpos frágiles resquebrajados, rotos, la sangre que cubría la habitación. Todos se quedaron petrificados frente a la guerrera ninja, con la mitad del rostro cubierto, sentada como una reina que los miraba con unos enormes ojos tiernos.

El silencio se rompió con su voz de hielo:

¿Qué? Sólo es un intento de hentai y se me salió un poco de control.

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