Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Diálogo en la Castañeda

Mírate.

– Qué.

– Siento piedad por ti. ¿O debería decir ternura? Pero no, ni piedad ni ternura. Además del dolor de la pérdida, sufres miedo y la desesperación.

– De acuerdo, lo admito: me da terror permanecer aquí para siempre, con los inclementes y vanidosos ojos de mi conciencia vigilándome de modo constante como los hombres de bata blanca a un sujeto que no soportó más la realidad y dejó de distinguir la ficción del mundo del mundo real.

– Me asombras.

– ¿Por qué?

– Porque los hombres de bata blanca son reales.

– ¿De veras?

– De veras.

– ¿Y tú también?

– Me temo que sí.

– Espera, escúchame.

– Por supuesto, soy toda tuya, estoy solo para ti.

– ¿Lo dices en serio?

– ¿Qué?

– Que temes ser real.

– ¿Cuándo dije eso?

– Ahora mismo.

– ¿Ahora mismo?

– Te pregunté si tú también eras real y respondiste que temes que sí.

– Lo dije de broma, de manera figurada.

– No seas falsa, no juegues conmigo.

– Okey, confieso que temo ser real, aunque por lo regular no lo admita ni ante mí misma.

– Te entiendo: resulta arduo admitirlo.

– ¿Sí? ¿Por qué?

– No sé, porque es necesario recorrer un largo camino para advertir que nos rehusamos a ser reales. Puede haber mucha crueldad en serlo.

***

– Oye.

– Dime.

– Hace rato dijiste que te asombro, pero no explicaste por qué.

– Okey, porque dices cosas extraordinarias.

– ¿De veras?

– Sí, lo malo es que careces de sentido del humor.

– Ah.

– Y además eres muy rígido.

– ¿Muy rígido?

– Sí.

***

– No lo soporto: estoy encerrado aquí bajo la coartada de una enfermedad que no padezco.

– Tranquilo.

– No.

– Vamos, quiérete más, déjate de auto compadecer, si no te calmas te aplicarán de nuevo la inyección para dormir.

– Antes alguien debe explicarme por qué estoy aquí.

– Sencillo: porque eres incapaz de reírte.

– Hay mucha gente que no sabe reírse y no está aquí.

– Tienes razón, pero saben distinguir el habla figurada de la que no lo es, en algún momento logran diferenciar la realidad de la ficción, y tú no. Dices cosas extraordinarias, pero no distingues una cosa de otra.

***

– Oye.

– Dime.

– ¿Por qué dijiste que sentías piedad por mí?

– Porque no puedes dejar atrás a la mujer que te cambió por otro.

 ***

– ¿Entonces soy muy rígido?

– Sí, y por eso no logras salir aquí.

– Al contrario: soy rígido para salir de aquí.

– ¿Cómo es eso? Explícamelo por favor.

– Sencillo: porque debo demostrar que sé dónde me encuentro; no puedo volver a fallar en declarar mi ubicación espacio-temporal, debo decirles con exactitud qué día es hoy y dónde me encuentro. Con frecuencia olvido que estamos en el manicomio.

– ¿El manicomio? De nuevo te equivocas: éste es un sitio de descanso, un lugar de recreo.

– ¿De veras?

– Claro, no te hagas guaje.

– Sí, es verdad, yo solo permanezco aquí porque estás tú.

***

– Oye.

– Dime.

– Ya sé cuál es mi problema.

– ¿Ah sí? ¿Cuál es?

– Hace unos momentos dijiste que no sabías si sentir piedad o ternura por mí.

– ¿Y?

– Pues eres incapaz de sentir empatía. Supongo que jamás te han cambiado por otra.

– No puedo negarlo: nunca lo han hecho. En más de una ocasión he imaginado que lo han hecho, pero jamás me ha ocurrido.

– O sea, desconoces el dolor de perder a alguien que amas.

– Error: ése sí lo conozco… supongo que es peor cuando te cambian por otra persona, pero sí lo conozco.

– Y tú, ¿has cambiado a alguien que amas por otra persona?

– En cierto modo.

– ¿Cómo en cierto modo?

– Le ofrecí al hombre que traicioné quedarme con los dos, pero no quiso.

– Jajaja… Qué conveniente para ti.

– Aunque no lo creas lo proponía también por él.

– Yo creo que lo hacías para lavarte las manos, para evadir la responsabilidad que te correspondía.

– ¿La responsabilidad que me correspondía?

¿Y cuál era ésa?

– La de haberlo traicionado.

– Te equivocas: la asumí confesándole que me había acostado con otro y que lo amaba.

– ¿Qué lo amabas? ¿A quién? ¿A cuál de los dos te refieres?

– En ese momento amaba a los dos. Luego,cuando el hombre a quien traicioné demostró que no podía admitirme con el nuevo, renuncié a él.

– Te digo: todo muy conveniente para ti.

– ¿Qué quieres que te diga?

– No sé, tal vez que mostrarás algúnescrúpulo.

– Perdona decepcionarte.

***

– Oye.

– Dime.

– ¿Por qué estás aquí?

– Para ayudarte a superarlo.

– ¿Ah sí?

– Sí.

– Bueno, entonces dime, ¿cómo le hago?

– Siente el dolor de la pérdida, pero no dejes de vivir mientras lo hagas.

– Es fácil decirlo, pero difícil lograrlo.

– Tienes razón.

Entonces los hombres de bata blanca se aproximaron para indicarles que era hora de dormir, y ambos se retiraron con resignada mansedumbre.

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