Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Destino: las redes

De entrada, considero necesario advertir a quienes detestan el futbol que pueden dar vuelta a la página, aunque, en realidad, esto no trata de futbol sino que lo toma de pretexto.

Siempre estamos hablando de redes sociales, medios y tecnología de punta. No podría ser de otro modo puesto que es nuestro mundo cotidiano. Evitarlo resulta tan difícil como obviar los asuntos políticos y los mucho más interesantes asuntos artísticos y culturales. Lo malo es cuando alguien, escritor, lector o troll, se especializa hasta no ver más que aquello de lo que se ocupa. Especialmente malo si su vida consiste en socializar de manera virtual.

Mucho se ha discutido si las redes nos separan del mundo real o nos ayudan a estar en él con mejores elementos de comprensión. Instagram nos da una respuesta contundente, creo yo: todo va a dar a las redes y se disfruta o debate ahí, pero no es en ellas donde sucede -salvo interesantes experimentos de ciertos escritores-. Prueba adicional es que buena parte de lo que se ve en un TL medianamente razonable son vínculos a artículos o imágenes publicados de otro modo, sea en blogs, revistas, libros, etcétera.

El peligro con las redes es dejarse atrapar por ellas. En el nombre llevan el santo. Usarlas para crear es atraparlas, lo mismo que usarlas para comunicarse. Entonces son buenas, muy buenas. Pero usarlas para matar el tiempo o entretenerse durante horas en vez de ver una película o salir a pasear al jardín más cercano ya no me parece tan atinado.

Como todos estamos más solos que un dedo, el peligro de caer en la adicción a las redes es enorme. Uno tiene que medir muy bien el tiempo que les dedica e impedirles expandir sus dominios. Cuando parece que hemos perdido el control sobre nuestro tiempo, e incluso sobre nuestros intereses, conviene echar un ojo a cómo eran nuestro mundo y nuestras horas hace diez años.

En eso estaba, en verme cuando no había redes y dar con el equilibrio necesario, en el momento en que di con una curiosa actualización de estado de los primeros años de Facebook: “Miguelángel odia al Cruz Azul desde que vive a 500 metros del Estadio Azul”.

Hace ya mucho tiempo que por la vía de una mudanza dejé de odiar a los “Cementeros”. Y ni siquiera los odiaba, son un equipo que me simpatiza mucho, salvo cuando juega contra Pumas.

Muchos años antes de ese estaus, viví a una distancia similar del estadio México 68, pero no era problema pues casi siempre iba a los partidos o a tomar clases en Filosofía y Letras. Desde luego prefería lo primero, pero hay profesores de corazón duro que -obsesionados con sus listas y su pequeño coto de poder- no comprenden las prioridades humanas.

Parezco tener imán con los estadios: en Madrid vivía a menos de medio kilómetro del Vicente Calderón, el del Atleti, en la Arganzuela. Nunca tuve problema con eso, pues a la hora de los partidos yo andaba por ahí buscando el mar -sí, el mar en Madrid- y lo encontré a mi modo. Ya he escrito acerca de esto y creo que lo publicaré pronto, o nunca. Del mar en Madrid, no de los estadios, que son cuarteles de fanáticos -vale, sí, confieso: mientras jugaban en el Calderón yo estaba en el Bernabéu: no mezclo futbol e ideología.

Solo una vez entré a ese estadio. Me fascinó el apoyo que recibía el equipo pese a estar en 2da división. Salvo en esa ocasion, yo pasaba de largo rumbo al mar, ya lo he dicho. Había que cruzar el Manzanares por el Puente de Toledo y a mitad del trayecto encomendarse a San Isidro. Atrás del icono impera, colosalmente agresivo, el estadio. Al final del puente había un jardín inmenso y árido donde jugaban los chavales del Carabanchel bajo. El camino seguía hacia la Puerta de Toledo. Ahí hacía mi segundo alto, tras el Café Ordaz, donde desayunaba. Había una barra cutre con terraza. Horchata en verano, café en invierno. Café siempre, horchata no siempre. Y en ese punto del sur de Madrid se dispersaban los caminos: hacia la Castellana -que ahí es del Prado-, rumbo a Atocha, donde se podía comprar el primer billete a cualquier sitio o sobre la avenida Toledo hacia la Plaza Mayor y todo el Madrid antiguo, que no es radial sino que “avanza, retrocede y vuelve siempre”. En la calle Montera -que sube de Puerta de Sol a la Gran Vía-, posta de gitanos y putas a unos metros del Corte Inglés, Preciados y los guiris, había un bar donde se reunía la peor ralea venida de Lavapiés y sitios igual de réprobos: mi sitio y mi tertulia eran ahí.

No tengo claro qué hora era cuando entré y, tras pedir un café con hielo -sería agosto, supongo-, me giré hacia el televisor. Tengo la maldición de siempre olvidar cuándo se juegan los partidos que quiero ver. Ese duelo estaba por comenzar: Cruz Azul se jugaba la Copa Libertadores tras un torneo grandioso. Me quedé clavado frente a la barra, cosa que mis contertulios me reprocharían más tarde. He dicho que yo no le iba a ese equipo aunque me simpatizaba. Pero de pronto sonó el Himno Nacional Mexicano. Cualquier descripción de lo que sentí en ese momento sería cursi, así que la omito. No me entró el mal del jamaicón ni nada parecido, pero habría pagado lo que fuera por tener Facebook, Tuíter o cualquier cosa de ésas para, en ese momento, sí ser el más cursi y patriotero de las redes. Y es inevitable preguntarme si, de haber tenido tales plataformas, habría hecho ese largo trayecto para encontrar mágicamente esa emoción que me esperaba así y ahí, tan imprevista.

Muchos años después la selección española se adueñó del futbol mundial, pero ya existían las redes y en su momento escribí las cursiladas patrioteras de rigor. Nada de esto sucedió en Internet, pero todo va a dar ahí, tan cierto e indiscutible como que, seamos o no seamos polvo, en polvo nos convertiremos. Y alguien lo notificará en las redes.

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