Alejandro López

Después, nada fue igual

Foto: Memoria del 68

En el mes patrio de 1968, el movimiento estudiantil creció cualitativamente en organización, combatividad y disciplina. La demanda de libertades democráticas había encontrado apoyo entre amplios sectores de la población, sobre todo en las zonas populares del DF y en muchas ciudades de provincia.

El gobierno seguía inventando conjuras, reprimiendo brutalmente y vociferando amenazas. Eramos ante sus ojos un puñado de revoltosos, guiados por agitadores profesionales, nacionales y extranjeros, que buscaban empañar la gesta olímpica, precisamente ahora que los ojos del mundo estaban sobre México. No lo permitiremos y llegaremos hasta donde tengamos que llegar. Que la verdad y la ley sean nuestras únicas armas, la concordia nuestra divisa permanente y México nuestra única inspiración, habría dicho Gustavo Díaz Ordaz el 1 de septiembre de aquel año.

La prensa extranjera se ocupaba cada vez más del tema. Algunos medios internacionales habían adelantado la llegada de sus corresponsales para reseñar lo que estaba sucediendo en el país anfitrión de los Juegos Olímpicos. La entrada del Ejército en la UNAM y el Poli, las batallas callejeras y, finalmente la matanza del 2 de octubre, fueron ampliamente documentadas en reportajes que dieron la vuelta al mundo.

La prensa nacional también se ocupó del asunto. Hubo editoriales, caricaturas, reportajes y artículos, la mayoría en contra del movimiento. Destacaron por su vileza los Soles de la cadena García Valseca, La Prensa (el periódico que dice lo que otros callan era su lema), El Heraldo, Novedades y otros pasquines oportunistas. Especial mención merecen las columnas de Carlos Denegri y Julio Ernesto Teissier, que destacaron por su hostilidad hacia el movimiento estudiantil. Las honrosas excepciones fueron las revistas Siempre! y Política, dirigidas por José Pagés Llergo y Manuel Marcué Pardiñas, respectivamente, ambas con una trayectoria en el quehacer periodístico por sus notables articulistas y reporteros; ¿Por que?, dirigida por Mario Menéndez, una verdadera revelación por sus reportajes gráficos y editoriales flamígeros, y los diarios Excélsior y El Día. El primero inició un viraje hacia un periodismo profesional y objetivo que terminó en 1976 con la expulsión de Julio Scherer y un grupo de periodistas y escritores de la cooperativa editorial, por órdenes del inefable Luis Echeverría.

La televisión y la radio (salvo Radio Universidad) se distinguieron por la justificación del régimen y sus excesos, la desinformación y el autismo. La libertad que existe ahora en esos medios es resultado directo de aquella lucha; y los que entonces denostaron al movimiento y alabaron al gobierno, hoy se autoproclaman cínicamente adalides de la libertad de expresión: Televisa es un ejemplo cabal de ello.

Desde agosto viví prácticamente en Ciudad Universitaria. Cada tercer día iba a la casa de mi madre para ver a Esperanza, asearme y dormir un poco. Ella tenía cinco meses de embarazo y sólo participaba en algunos mítines y asambleas, la mayor parte del tiempo se la pasó recortando periódicos. Luego de esas breves pausas, regresaba a mis funciones de brigadista, asambleísta y distribuidor de los botones de protesta. También me dediqué a redactar y mimeografiar volantes, pintar mantas, hacer guardias e ir todas las noches por 100 tortas que nos daba el dueño del restaurante Los Guajolotes (un simpatizante quá además, era mi tío).

La madrugada del 1 de septiembre estábamos de guardia en la Escuela Nacional de Economía (ENE) de la UNAM, cuando se presentaron varios sujetos que se dijeron empleados de la Compañía de Luz. Nos dijeron que ellos podían interrumpir el flujo eléctrico en todo el Valle de México y que con esa acción se evitaría la transmisión del informe de Gobierno de Díaz Ordaz. Pronto nos dimos cuenta que eran provocadores, les contestamos que no era nuestra intención sabotear el informe y que esperábamos que el Presidente anunciara algo importante para solucionar el movimiento. Se dieron media vuelta y se dirigieron al estacionamiento, los seguimos discretamente y vimos cuando abordaron un vehículo sin placas.

Las brigadas se distribuyeron por toda la ciudad. Realizábamos mítines relámpago, pintábamos camiones y bardas, distribuimos volantes y carteles: la gráfica del 68 fue una de las mejores expresiones de la creatividad del movimiento. En la tarde-noche regresábamos a nuestras escuelas, entregábamos las alcancías al comité de finanzas y nos reuníamos en asamblea para discutir el rumbo del movimiento. En la ENE se habrían formado unas 30 brigadas: la Avante, que estaba en Topilejo apoyando a ese pueblo en su demanda de indemnización por los muertos en un accidente de un camión suburbano; la miniMarx, compuesta por adolescentes del Colegio Madrid; la Rosa Luxemburgo, integrada por mujeres que llegaban cargadas de frutas, verduras y comida que habían recolectado; la Valle Gómez, que se distinguía por su combatividad y que participó activamente en los enfrentamientos previos al 2 de octubre, y muchas más. Más de una vez tuvimos que salir corriendo o escondernos para evitar ser apresados. En una ocasión en el mercado de Mixcoac los locatarios nos escondieron en sus puestos cuando llegaron los granaderos.

La noche del 15 de septiembre, Heberto Castillo dio el grito en CU. Además de los vivas tradicionales a los héroes de la independencia, se añadió a Emiliano Zapata, Francisco Villa y al movimiento estudiantil. Fue una velada festiva y muy combativa. El 18, me casé con Esperanza en el juzgado de Coyoacán. Todos mis testigos eran zurdos (R. Cordera, R. Asturias, P. Freixas y J. Ortega). La dejé en la casa y a las 10 salí por las acostumbradas tortas para la guardia. Me topé en la salida de Av. Universidad con los tanques militares que se disponían a ingresar al campus. Estacioné el auto y al bajar instintivamente tomé una piedra y la arrojé sobre un soldado que sobresalía de la tanqueta. Le pasó rozando y me gritó: ¡pinche comunista!.

Al retirarse el ejército de CU el día 30, regresamos. Era increíble como habían dejado la escuela: los baños asquerosos, escritorios y archiveros forzados, documentos, libros y bancas tirados en el suelo, pizarrones y lámparas rotas: habían robado todo lo que pudieron. Apestaba a sardo. Estábamos indignados.

Nos dedicamos a preparar el mitin del 2 de octubre y a reorganizar las brigadas y los comités. El día 2 por la tarde me fui a recoger botones para llevarlos. Eran las 17:45 en el reloj de la Torre Latinoamericana. Tomé un trolebús que avanzaba lentamente por San Juan de Letrán. Unas cuadras antes de la Av. Nonoalco estaban desviando el paso, me bajé del trole y a correr.

Había quedado de verme a las 6:00 PM enfrente del edificio de Relaciones Exteriores con Esperanza, quién iría acompañada de su madre, la mía, una sobrina de tres años y mi hermano Carlos, pero no los encontré. Caminé hacia la plaza y me detuve a escuchar al orador mientras ponía los botones en el muestrario. De pronto vi la primer bengala y luego la segunda e inmediatamente se escucharon unos disparos. Al principio creí que eran de salva, todavía alcancé a gritar: ¡Es una provocación, tranquilos!. En ese momento frente a mí cayó un muchacho con la cara destrozada. El pánico me invadió y corrí: sonaban balazos por doquier, había gritos de dolor y todo era confusión. En medio de un ruido infernal alcancé la calle de Nonoalco y seguí hacia el oriente. En Paseo de la Reforma me subí a un camión y logré salir de aquella zona.

Epílogo

Esperanza, su madre y mi sobrina no alcanzaron a llegar al mitin. Mi madre y su esposo se refugiaron en un departamento del edificio Chihuahua. Mi hermano fue apresado en la azotea y estuvo ocho días desaparecido. Una foto que salió en Últimas Noticias de Excélsior, permitió que lo ubicáramos. Finalmente lo soltaron el 10 de octubre. El día 11, Esperanza y yo nos fuimos a Michoacán con mi abuelo y permanecimos ahí hasta que terminó la Olimpiada.

Después ya nada fue igual.


Es un nostálgico, uno de esos a los que que debemos la democracia que hay en el país.
Con esta entrega finaliza una serie de artículos que el autor entregó con motivo de la conmemoración de los 40 años del movimiento estudiantil de 1968.

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