Alberto Gonze

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Demasiado tarde para morir joven

La muerte del famoso chef Anthony Bourdain reabrió la ancestral y polémica discusión sobre el suicidio, con sus respectivas divisiones entre quienes defienden el derecho de las personas a tomar su vida –o su muerte– en sus manos, contra los que se oponen a “la salida fácil” y perciben este acto como un egoísmo absoluto. Un cisma añejo y un tabú que nuestra especie aún no logra comprender, mucho menos respetar, sobre todo ahora en una época donde queremos dejar constancia de nuestro enamoramiento hacia la vida a través de infinidad de métodos naturales y otros no tanto, que nos permitan el placebo de la longevidad, aunque sea en apariencia..

Los avances tecnológicos actuales dan ganancias millonarias a la industria de la belleza y la estética, gracias no sólo a certeras estrategias publicitarias que lanzan sus dardos sobre las inseguridades y las necesidades humanas, transformadas ahora en consignas de empoderamiento –palabra muy de moda– y de autoestima, requisitos indispensables para alcanzar la felicidad o la plenitud. Lo que se esconde detrás de esta desesperada carrera por tratar de vernos más jóvenes, de que la sociedad nos acepte y no nos considere obsoletos por nuestra apariencia, es uno de los más grandes autoengaños humanos: la negación absoluta de nuestra mortalidad. Pintarse las canas u operarse la cara para eliminar las arrugas son formas de hacernos creer que la muerte no nos está rondando.

Foto: EFE

Sin darnos cuenta, hemos creado de manera silenciosa y metódica una nueva forma de discriminación: la que está relacionada con la edad. No, el fenómeno no es reciente, se ha gestado durante siglos, pero hoy, más que nunca, sus efectos dañinos son evidentes. La juventud, que antes era sinónimo de inexperiencia, hoy es un ideal al que se aspira alcanzar (regresar), también en la manera de comportarse. Adultos que no saben enfrentar dilemas cotidianos y que ante la imposibilidad de resolverlos por sí mismos, acuden a un especialista o buscan respuesta en placebos espirituales que van desde libros de autoayuda a terapias de grupo donde “sanas a tu niño interior”. Suena a chiste, no lo es.

Para encajar en esta sociedad que desprecia todo lo que esté relacionado con la vejez – hasta nuestros aparatos, como los celulares, tienen una duración de vida muy corto– es indispensable comportarse como un joven, desde tomarse miles de selfies, compartir toda clase de emociones e ideas en las redes sociales y usar el filtro del perrito para no quedar rezagados. Los “jóvenes de corazón”, los enfant terribles, son ya conceptos en desuso. La homogeneización de las edades y la corrección política nos engloban ya en chavorrucos.

No se me ofendan ni se me esponjen. No es lo mismo tener un carácter o un estilo jovial, que aceptar estas imposiciones sociales donde se considera una ofensa el paso natural e irreversible del tiempo. Yo, que estoy en mis cuarentas, me comporto como una castañuela y no tengo ningún problema con la cirugía plástica o los tintes para cubrir las canas, si es que estos son utilizados para agradarse a sí mismo y no para agradar a otros, aunque claro, distinguir a quién buscamos agradar no es nada fácil.

Foto: Instagram.com/lucyMayoral

Otra repercusión de gran impacto negativo es la inmadurez intelectual que muestran personas con una cierta edad, o sea, gente que ya no se cuece al primer hervor. Desde asuntos políticos hasta echarle pleito a un cantante porque escribió una tontería, la caída de nuestro nivel cultural no sólo es culpa de nuestro mal sistema educativo, es un fenómeno de masas, es el famoso “tren del mame” al que muchos se suben, sin saber por qué o sin que realmente valga la pena; entre los jóvenes podría justificarse la impetuosidad propia de la edad, pero en gente más grande, la prudencia y la reflexión parecen estar quedando olvidadas. Todos se quieren subir.

El éxito apabullante de contenidos vacíos como el reality de las Kardashian –una familia cuyo único talento ha sido el de cobrar millones sin la necesidad de tener otro talento– nos demuestra lo que algunos analistas llaman “la infantilización de Occidente”, el regreso a un estadio pueril e irresponsable en todos los aspectos de la vida: familiar, social, político, moral, etcétera. Cuesta trabajo imaginar a la especie humana en una utopía futurista, con coches voladores y viajes al espacio, en un entorno pacífico y respetuoso, cuando nos comportamos peor que cavernícolas (ni pruebas tenemos de que hayan sido tan “salvajes”, así que de antemano una disculpa a ellos), destruyendo todo a nuestro paso, incluida la inteligencia, olvidado por completo el respeto hacia los mayores, hacia los viejos sabios que con su experiencia aconsejaban al grupo sobre qué decisiones deberían tomar. Ya nadie respeta las canas porque ya no existen, todas están pintadas. En nuestras manos está el no permitir que la inteligencia se nos muera por la indolencia con que la estamos tratando. Ella, como cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, necesita de cuidados y de mantenimiento para seguir funcionando; la salud de nuestra inteligencia personal peligra cuando dejamos que se arrastre en la ola de aceptación social.

En teoría, nuestra única posesión inalienable es nuestro cuerpo y todo lo que hay en él: mente, personalidad, psique, psicología, etcétera, por eso, aunque nos resulte difícil de comprender, chocante o incluso criticable, la decisión de un adulto de quitarse la vida no debería causar tanta indignación o desconcierto, pues si revisamos con detenimiento la vida que llevó el chef Anthony Bourdain, veremos que fue plena y, valga la redundancia, llena de vida. Pero respetar su decisión de quitarse la vida es algo que sólo podemos entender cuando nosotros mismos estemos dispuestos a madurar, a crecer, a aceptar la futilidad de la vida, la fragilidad de la salud, lo pequeñitos que somos cuando nos medimos con el resto del universo. Sólo entonces, seremos maduros, seremos grandes.

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