DEBATE: ¿”Pejefóbicos” o periodismo que cuestiona al poder?

El pejefóbico

Por Alejandro Colina
Foto: Saúl López / Cuartoscuro

¿Qué es primero: la fobia o el hecho? Para quienes han hecho de su trabajo periodístico una trinchera para propagar su odio contra Andrés Manuel López Obrador, la fobia. El pejefóbico difunde todos sus yerros y omite todos sus aciertos. Y no sólo de él, sino de cualquier político que forme parte de Morena o, con mayor exactitud, del policromático bloque político que respalda al gobierno entrante. El pejefóbico antepone su urgencia por desprestigiar al presidente electo y sus aliados a cualquier otra consideración imaginable. Lúcido y penetrante, reduce la realidad a su necesidad de expresar su animadversión al proyecto político que tomará formalmente el poder el primero de diciembre. Sagaz y orgulloso de sí, suelta los dardos de su ironía y canaliza lo mejor de su ingenio y energía a la tarea inaplazable de revelar el incurable error que cometió la sociedad mexicana al votar masivamente en favor de Morena y de López Obrador. El pejefóbico hace periodismo militante al tiempo que denuncia el periodismo militante de sus adversarios; convierte su labor en un ejercicio ficción que se regodea en ignorar sus propias ficciones antiobradoristas. Y entonces sonríe para mejor complacerse en su propia generosidad. Perdón, en su realismo desencantado (o, con mayor ecuanimidad: en su espléndida madurez crítica). El pejefóbico ofrenda su vida a documentar su pesimismo. Ciego a la trampa que implica reiterar un mismo lema hasta la saciedad, día a día nos demuestra que la Cuarta Transformación no será sino una transformación de cuarta. Pongo un ejemplo de omisión informativa y otro de ceguera analítica para sostener lo que digo.

Fiel al llamado de austeridad, el Senado suprimió el servicio de edecanes y, tras un día de aglomeración en los pasillos, lo restableció. Naturalmente, el pejefóbico se regocijó con la noticia. A pesar de que se encuentra convencido de que la política de austeridad compone un acto populista, fue implacable en la propagación de la nota. Durante meses ha insistido en que la propuesta de austeridad integra un mero ardid demagógico, una medida sin mayores impactos en el ejercicio del gasto, pero de una notoria utilidad política, y ahora, que deja de realizarse en uno de sus puntos, denuncia la promesa incumplida como un imperdonable agravio a la nación. Pero concedámosle la razón al pejefóbico: al tratarse de una promesa incumplida, nos encontramos ante un acto de incongruencia que resulta sano reconocer. No obstante, pronto descubro que la nota del regreso de las edecanes está incompleta. Regresaron, en efecto, pero el plan de austeridad sigue adelante. El punto es que de este último hecho no me entero en la misma prensa que me hizo saber, con la intensidad de quien delata una traición a la patria, que las edecanes se encontraban de vuelta, sino en otros medios. Me entero a través de The México News, que regala el siguiente encabezado: “La austeridad va en serio: Martí Batres cancela desayunos y lleva sus `tuppers´ con comida al Senado” (sic). Y ya en el cuerpo de la nota tropiezo con la siguiente declaración de Batres: “Traje mis tupperware (sic) en la mañana con arroz con leche de la casa y unas quesadillas de queso Oaxaca. Y, bueno, así se le va a hacer. Pedí que no nos pongan desayunos en las reuniones de la mesa directiva. Las dos que hemos hecho han sido sin desayunos”. Si el propósito del periodismo es informar, no desinformar, concluyamos que el pejefóbico desinforma, no informa, cuando le otorga ocho columnas al regreso de las edecanes y ni un pie de página a la desaparición de los desayunos en la mesa directiva del Senado. Aquí el periodismo militante opera por omisión noticiosa: nos hace perder el matiz que, como observó Walter Benjamin, contiene la esencia de la realidad.

Foto: Gabriela Pérez Montiel / Cuartoscuro

Lo cierto es que la pejefobia produce ceguera analítica en muchos grandes intelectuales del país. Presas de un automatismo indigno en su profesión, repiten sin cesar que Morena es el nuevo PRI. No cabe duda de que en Morena y, por supuesto, en López Obrador, podemos encontrar mucha de la astucia y el camaleonismo político del PRI. Pero esa lectura resulta falsa si no apreciamos las diferencias con el antiguo partido de Estado. La mayor: Morena es un partido que procesa sus diferencias a la luz pública. Si en todas las fuerzas políticas confluyen corrientes radicales y moderadas, en Morena se expresan con especial alegría, como lo demuestra el extrovertido activismo de Gerardo Fernández Noroña. Pero la viva pluralidad del nuevo bloque gobernante se encuentra lejos de limitarse a la impaciencia incontenible de este diputado: prácticamente todos los días se ventilan en público otras diferencias que animan a Morena. Este dato me parece inobjetable, aunque el pejefóbico no lo admita y le reste cualquier relevancia política. ¿Y alguien puede negar que la expresión abierta de la pluralidad constituye un activo democrático que le resulta totalmente ajeno al PRI?

El exacto complemento del pejefóbico es el pejefanático. Víctima del anhelo infantil de amparo paterno que, según Freud, compone la raíz del sentimiento religioso, el pejefanático también pierde de vista los hechos, no ya digamos la virtud de la autocrítica. Dos caras de la misma moneda, el pejefóbico y el pejefanático viven dentro del círculo infernal de la ira. Uno, movido por el miedo; y el otro, por la fe, enriquecen los monolíticos anales del extremismo, y al final se vuelven prescindibles en la construcción de un régimen democrático funcional, capaz de ofrecer el marco necesario para detener el deterioro de nuestro país y cambiarlo por posibilidades efectivas de desarrollo.

No cabe duda que el pejefóbico llegó para quedarse. Desde hace años forma parte de la fauna que puebla nuestra comentocracia política, y en los años venideros seguirá formando parte de ella. Por simple congruencia democrática no podemos pedir su extinción. Tampoco desearla: después de todo, sus desvelos y obsesiones no dejarán de ofrecer luz sobre los yerros del nuevo gobierno y siempre resultará sano para la sociedad que así se haga. Pero también se vuelve justo y necesario ubicar al pejefóbico en su lugar; esto es, como un periodista o analista político que siempre antepondrá su animadversión a López Obrador, a la compleja sutileza de los hechos.


El periodismo ante el nuevo gobierno: mucho más que fobias o filias

Por Orquídea Fong

De “periodista militante contra el periodismo militante” me calificó mi colega Alejandro Colina Fajardo en una discusión que tuvimos en mis redes sociales. También me llamó “pejefóbica” (y señaló que también existen los “pejefílicos”). Esto, luego de señalar erróneamente que todo mi trabajo periodístico se centra en “atacar” a Andrés Manuel López Obrador.

Imagen: [email protected]

Luego de esta discusión, invité a mi colega a desarrollar su punto de vista para nuestra revista, y así surgió el artículo “El pejefóbico”, que se encuentra en las páginas de esta edición. Un buen texto, aunque nos quedó a deber, ya que el acuerdo fue desarrollar de manera equitativa dos “categorías”: la pejefobia y la pejefilia, como él mismo las llama, para señalar a aquellos que sienten “odio” a López Obrador y los que lo idolatran acríticamente. Su texto se explaya en la primera y muy poco habla de la segunda. Hago el respetuoso señalamiento.

Su artículo propició, a su vez, este que comparto con ustedes. Considero valioso el intercambio, ya que es ocasión de ir más allá de simplificaciones y ahondar en lo fundamental: el papel del periodismo en esta época, que el nuevo poder ha llamado la Cuarta Transformación de la República. Y de paso, refutar que exista algo como el periodismo que milita en contra del periodismo militante.

Sin sentimiento

El periodismo realiza dos funciones fundamentales: una es registrar los acontecimientos relevantes para una sociedad y darlos a conocer sin distorsión, y segunda, analizar y opinar sobre dichos acontecimientos para poner sobre ellos una mirada interpretativa que permita a los ciudadanos considerar un ángulo distinto. ¿Distinto a qué? Pues al que la propaganda –que todo lo pondrá bajo una luz favorable– quiere que miremos.

En el código de ética periodística que me rige hay un precepto fundamental: el periodismo no está para aplaudir, elogiar ni encomiar a la clase política. Ésta cuenta con miles de millones de pesos de dinero público que emplea en publicidad oficial, en eventos patrocinados por el Estado y en propaganda abierta y encubierta (el periodismo oficialista). En resumen: la clase política se reconoce, se alaba y se aplaude sola.

Los pocos o muchos textos que yo pueda escribir en “contra” de López Obrador son una gota en medio de un oceáno de propaganda oficial y apariciones diarias de él y su grupo en TODOS los medios, incluyendo etcétera, porque sí, informamos todo lo relevante sobre su actividad, sin omisiones.

Así pudiera escribir un análisis diario y mi único tema fuera el presidente electo (que mis atentos lectores saben que no lo es), no podría equilibrar la masa informativa y propagandística que el tabasqueño genera a su favor. No obstante, lo intento. De manera lúdica muchas veces, sí, pero desprovista de visceralidad.

Dice Colina Fajardo que el “pejefóbico” hace de su actividad periodística una expresión de su odio al presidente electo y nunca reconoce un acierto. Sobre esto diré: definitivamente, López Obrador no necesita que yo le reconozca nada, ni tampoco estoy obligada, éticamente, a hacerlo (sin embargo, lo hago cuando lo considero pertinente). Además, no tengo sentimiento alguno hacia el presidente electo.

Al tiempo que estoy segura que AMLO no necesita que yo le reconozca nada, considero, en cambio, que mucha gente sí necesita de la modesta labor que los periodistas críticos desarrollamos, al poner el acento de nuestro trabajo en la inconsistencia, la incongruencia, la deshonestidad intelectual e ideológica, el autoritarismo, la opacidad, el mesianismo y el sexismo que López Obrador ha demostrado.

Deslumbramiento y simplificación

Es llamativo y, para mí, asombroso, que un articulista que escribió un texto tan lúcido, crítico e irónico sobre el tabasqueño (“AMLO: el anhelo infantil de amparo paterno”, etcétera, núm. 212, julio de 2018), eche mano de categorías tan básicas como “pejefobia” y “pejefilia”.

Imagen: [email protected]

En dicho artículo –que fue texto de portada de nuestra revista– Colina señala que el adepto acrítico de AMLO demuestra que “no ha observado con un mínimo detenimiento a López Obrador” y deja en claro “que ignora que la política es, entre muchas otras cosas, un arte de lo subrepticio”. Lo cito como muestra de la intensa carga analítica y crítica que, por motivos que desconozco, ahora nos regatea.

En su más reciente texto, dicha postura se ha transmutado en un deslumbramiento no disimulado provocado por gestos propagandísticos y cosméticos, tales como el que Martí Batres haya ido al Senado con sus “tópers” como parte del plan de austeridad.

Lo indica también el que adopte rasgos del discurso de Morena, como cuando habla de la “alegría” con que se conduce el diputado federal Gerardo Fernández Noroña, en lugar de calificar su conducta objetivamente: como provocación y protagonismo sin aporte alguno.

Recordemos que el uso de las palabras “alegría”, “felicidad”, “sonrisa” y otras de carga intensamente emocional y positiva, fueron esenciales en la construcción de la campaña de Andrés Manuel López Obrador. Un spot que todavía se escucha felicita a sus votantes por “estar del lado correcto de la historia”.

El objetivo de esa selección de vocabulario fue lograr que quienes criticáramos al tabasqueño cayéramos en las antípodas de la “alegría” y pudiéramos ser fácilmente catalogados como “enojados” y llenos de “odio”. Un manejo propagandístico muy rupestre, pero tan eficaz que incluso un analista de tan largos alcances como Alejandro Colina ha sido seducido.

Al adoptar los términos “pejefobia” y “pejefilia”, Alejandro trasluce que ha adoptado la simplificación conceptual producida por los agudos cerebros del equipo de marketing político de López Obrador. Así, demuestra que no se está elevando para mirar por encima del microcosmos en donde sólo hay dos posibilidades (la fobia o la filia), tal como le impone su deber de analista.

Periodismo militante vs. periodismo militante

Una excelente frase, ni duda cabe. Pero sencillamente, no hay tal. No existe.

El periodismo militante es aquel que defiende o impulsa una causa política o social, con la finalidad de beneficiarse del apoyo del grupo o personaje político que defiende. Periodistas militantes eran quienes aplaudían al candidato López Obrador. Hoy, cuando es presidente electo, se han vuelto en automático en periodistas del oficialismo, por la sencilla razón de que se resisten a criticarlo.

El periodismo que en etcétera hacemos no defiende una causa política, sino ética. No hay ganancia política, al contrario. Tampoco nos gana el cariño ni la simpatía por parte de los colegas en otros medios. En gran medida, nos aísla. Lo sabemos y hemos decidido asumirlo.

Alejandro también lo sabe. No en balde fue uno de los autores del libro El tribunal mediáticoLa crisis de la prensa militante en México, que aborda dicho fenómeno de manera muy detallada y que fue editado por esta casa editorial. Él sabe perfectamente qué es y qué no es el periodismo militante, como lo demuestra en el brillante capítulo del que es autor.

La continua e insistente crítica hacia los malos usos del periodismo no es, a su vez, periodismo militante. Se denomina “análisis de medios” y, por supuesto, no es algo que hayamos inventado. Es una disciplina comunicativa de larga trayectoria y con numerosos representantes a nivel mundial.

Flaco favor le hace Colina a su propia labor, al señalar que puede existir algo como un periodismo militante que “ataca” al periodismo militante. De manera ligeramente más elaborada, lo que realmente está diciendo es “perro no come perro”. Y ésa, lo he dicho y lo sostengo, no es más que la coartada que los periodistas poco éticos esgrimen para buscar la complicidad de sus iguales.

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