De la Primavera Árabe a los Porkys

Como para demostrar que la vida en la polis nunca se desplegará en terreno llano, la incidencia política de internet no está libre de paradojas. Al contrario. La paradoja urde su sino, constituye algo así como el aire que respira. Nada más contundente, para ilustrar lo que digo, que la Primavera árabe y sus secuelas. Como se sabe, la Primavera árabe trajo consigo un conjunto de revoluciones políticas que refundaron el mundo islámico. Fueron las primeras revoluciones políticas alentadas desde Internet, la más moderna herramienta de comunicación que existe. Pero no trajeron consigo el nacimiento de sociedades modernas, sino el resurgimiento de un orden medieval en código musulmán que parece enmarañarse en un laberinto sin salida. De hecho, la guerra resultante aún no termina. Su estela de muertos, desplazados y demás atrocidades persiste, y no se advierte el modo de que esa persistencia redunde en algo diferente del oscurantismo. Así las cosas, no se advierte que haya algo que festejar al respecto.


Pero no todo es aroma nefasto en el mundo. Ni siquiera en Internet. Al contrario. Allí concurren algunos fenómenos que huelen bien. Ya sea por filtraciones o bandazos se difunden masivamente a través de la red de actos de corrupción e ilegalidad perpetrados por jerarcas políticos y empresariales en todo el mundo, lo que no es poca cosa en el intento de inyectarle un mínimo de salud y equilibrio a la inevitable convivencia entre los que se agandallan el pastel y los que sólo alcanzamos a disfrutar de las sobras. Con sus diferencias y bemoles, que no dejan de resultar interesantes, allí están Los Papeles de Panamá y Wikileaks para documentar nuestro optimismo.


Más a nivel de tierra, Internet ha probado que puede ayudar a hacer valer algunas demandas particulares, que sin embargo tienen un importante significado público. Así, por ejemplo, el escándalo de “los Porkys”. Cuatro jóvenes que con facilidad podrían ser protagonistas de una novela de Bret Easton Ellis abusan de una joven y durante más de un año andan por el mundo como si nada hubiera sucedido. Pero luego el papá de la joven decide buscar un desagravio por todos los medios y tropieza con Internet. A continuación los protagonistas suben videos de disculpas y contradisculpas, cartas, tomas de postura. El caso se vuelve viral y los medios tradicionales le brindan cobertura. Las autoridades judiciales ya no pueden hacerse de la vista gorda. Proceden a actuar. Hoy un Porky está en la cárcel y dos prófugos con ficha roja de Interpol. El otro ha resultado exonerado. En ocasiones las denuncias ciudadanas pueden encontrar en Internet una hoguera viva y memorable.


Internet compendia nuestra época. La compendia sin ningún criterio claro, con informes falsos y desmentidos incompletos, con escándalos incisivos y volátiles. Y sus repercusiones públicas algunas ocasiones resultan sanas, otras enfermas, como para conferirle variedad al asunto. En la aldea global el vuelo de una mariposa quizá no trastoque los acontecimientos del otro lado del mundo, pero una nota viral regularmente trastoca los acontecimientos en el mismo lugar en que acontecieron. Ya si esa alteración resulta buena o mala no es gracias a Internet, sino a las personas de carne y hueso que actuaron como pudieron de acuerdo a las circunstancias que tuvieron frente a sí.

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