Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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De este viaje por Facebook

Nació, escribió novelas y murió

-Autobiografía de Julian Barnes

Los tuiteros aseguran que son más inteligentes que los facebookeros, lo que no sucede a la inversa quizá porque los facebookeros recibieron más cariño durante la infancia. No sé, eso nunca se sabe y además no puede medirse.

Hay estadísticas que dan sustento a tan evidente verdad, entre ellas que los que se hicieron de buena fama en Facebook demostrando superioridad mediante el seguro método de señalar la inferioridad del resto emigraron a Twitter, donde poetwittean y sabihondizan sin la molesta interrupción de sus admiradores o la interpelación de sus ignorables interpeladores.

También hay estudios que aseguran que los tuiteros tienen mejor posición social y son más cultos. Yo nunca he entendido cómo elaboran esos estudios, pero me queda claro que son hechos por estadounidenses, gente -como es sabido- con gran autoridad para hablar de posición social y cultura, cosa de la que dan fe los twitteros, que -amén de inteligentes- saben mucho de tales asuntos.

Aquí es necesario aclarar que la mayoría de los tuiteros fueron facebookeros y algunos aún lo son, discretamente y con un aire de benevolente tolerancia hacia sus conocidos menos inteligentes.

Nada de esto es una opinión acerca de Twitter y sus usuarios. Yo mismo tengo mi cuenta en esa red, escribo mis frasecitas efectistas y cuento con un número aceptable de seguidores que disminuyen cuando opino seriamente de política o cultura y aumentan cuando pongo un chiste o una obscenidad. También pierdo seguidores periódicamente cada vez que vuelvo sobre el asunto de que se trata de redes muy distintas en sus características, sus opciones y la forma de interrelación que ofrecen.

Amigos que frecuentan Coyoacán, La Condesa o Manhattan, me han dicho que en esos centros culturales se considera de mal gusto mencionar Facebook. Es como usar camisa de franela o comentar una película de Clint Eastwood -claramente inferior a Cuarón o Del Toro-. La última vez que anduve por esos rumbos, inicié la frase “Vi en tu Facebook que…”. El amigo a quien iba dirigida, visiblemente incómodo, se llevó un dedo a la boca y me guiñó un ojo como invitándome a que habláramos ese asunto en otro momento y lugar, quizá un hotel de paso o en la intimidad de su cuarto de baño (aunque he sabido de damas vestidas de negro y con bufanda magenta que pierden la excitación si saben que uno facebookea).

El caso es que mi karmático apego a Facebook debo llevarlo tan discretamente como mis emociones ante el cine de Tarkovski, mi fanatismo por el Real Madrid o mi opinión sobre la literatura mexicana en boga. Ya sólo puedo hablar sin sonrojarme de mi vida sexual y mis indigestiones. Es un asunto bien triste si se considera que durante algunos años creí haberme reinsertado en la sociedad y hasta merecido algunos lauros, a veces poniendo en riesgo mi salud mental y hepática, pero resistiendo como un verdadero tayacán. No sé si la historia que precede a tal tristeza merece ser leída, pero estoy seguro de que merece ser contada.

Entre 1992 y 1994, mi mundo íntimo se desmoronó, e hizo añicos mi entorno social. A principios de 1995 me aislé parcialmente. En el 2000 decidí no publicar más y en 2001 me fui del país perfectamente solo. Regresé por un asunto familiar ineludible y me quedé, pero no busque ni encontré a nadie, salvo a Huberto Batis y dos o tres más de quienes no me alejé del todo pero a quienes no regresé totalmente. A partir de entonces mi aislamiento fue prácticamente absoluto, llevadero porque nunca perdí la costumbre de leer cuanto cae en mis manos y escribir varias horas diarias aunque la mayoría sean cosas destinadas a perderse en una mudanza o en la muerte de mi disco duro.

Tampoco perdí la costumbre de ir diariamente al café, observar a la gente, escuchar conversaciones y eventualmente hacer amistades efímeras con solitarios de paso. Esas charlas de café me hicieron volver a interesarme en ciertos aspectos de Internet, para ponerme al día en noticias y la única pasión que -junto con la música llamada clásica- me acompaña siempre: el futbol. Cuando me intereso en algo lo hago de una forma desmedida, así que me volví todo un almirante de la red. Lo dicho y la cavernaria mojigatería de la mujer mexicana, de las más liberales inclusive (y, quizá, sobre todo), me llevó a abrir una cuenta en AdultFriendFinder (red social de ligues casi obscenos y hasta pornomórficos). Hubo aventuras, sí, pero más que éstas valió encontrar en la sección de blogs a toda clase de gente poco interesada en el sexo y mucho en comunicarse con culturas lejanas; gente de variopintas ciudades del mundo interesada en los temas más diversos y de oficios insospechados: sociólogos, ingenieros, pintores (de paleta y de brocha), ejecutivos, médicos, prostitutas, etcétera. Todo lo mejor de entre los solitarios de este mundo.

Cuando apareció Hi-5 me pareció un experimento mal ejecutado y prácticamente pasé de largo.

En todo ese tiempo no había cambiado mi cuenta de correo electrónico, así que empezaron a llegarme invitaciones para Facebook de gente que no me interesaba. Un buen día me llegó la de Batis (creo que salvo Twitter y AFF llegué por invitación suya a todas, lo que se dice todas las demás redes). Abrí mi cuenta, llené los campos básicos, me enrollé con la interfase y lo mandé al diablo porque me pareció muy confuso y disfuncional, más bien apto para autistas (como Twitter en muchos casos). Como es de suponerse, al inscribirme en la red empezó a dar conmigo gente que quizá me creía muerto, metido a monje de clausura o de grumete en un navío de bandera somalí.

Llegaban avisos poco interesantes a mi e-mail, con lo que mi desinterés se iba convirtiendo en fastidio. Pero un día llegó el aviso de un mensaje y la solicitud de amistad de Horacio Ortiz, magnífico como profesional, supremo como ser humano y amigo. Tocó una tecla insospechada: Mi memoria me hizo evocar gente, hechos y emociones que yo creía fuera de mi vida.

Aquí es donde abro una mirilla a mi intimidad: No importa por qué, yo no había tenido oportunidad de elegir. Me gustaban mi soledad y mi aislamiento -y me siguen gustando, más que por inercia porque mi forma de vida actual se funda en ellos-, pero no los elegí. Si dejé ir amigos y mujeres, pequeñas o grandes aventuras o emociones, sucedió a mis espaldas, mientras me encontraba tremendamente absorto en asuntos muy personales y obligatorios, más parecidos a la paciencia que a la vida. No hay frustración o arrepentimiento; nadie puede arrepentirse de que se nuble el día. Y frustrarse por eso es de idiotas.

De momento no me interesa discernir entre lo real y lo virtual, sobre todo porque la idea de “realidad” me parece pantanosa y, por cierto, virtual.

En mi niñez mi madre prefirió estar en el psiquiátrico que conmigo y mis hermanos. Yo, ¿ergo?, siempre he buscado cualquier cosa que me aleje de mí. Al mismo tiempo vivo apuntalando mi ego, siempre al borde del colapso, y siempre estoy a medias -y sólo a medias- conmigo. Una forma de vivir, de escribir, de fornicar y de relacionarme con el entorno. Facebook encajó de maravilla. Pero ¿cuánta vida verdadera puede haber en una sociedad sin contacto físico, sin caricias ni golpes, sin coitos, sin risas al oído, manjares al paladar, perfumes y hedores? Por su naturaleza misma, la red es un ente mutilado. Solamente palabra escrita e imagen; la palabra átona y sin inflexiones, la imagen sólo representación visual sin los complementos que constituyen un ambiente, un medio habitable y suficiente si de vivir se trata. Independientemente de estos porqués irrelevantes, entré a Facebook como -supongo- casi todos. Reencontré gente, me interesé -para fastidiarme después- en uno que otro juego, comenté fotos, videos, notas y actualizaciones de estado. Pero lo que me atrapó fueron ciertas disertaciones de muy buen nivel argumentativo -a veces altísimo-. Éstas compensaban el tener que decir gentilezas acerca de poemillas o fotografías mediocres, malas o simplemente ignorantes de los más elementales rudimentos técnicos. Me aburrí a veces, pero preferí asombrarme: reparar en la grandeza que implica el comunicarse en tiempo real con gente lejana -aunque de esto, como he dicho, ya había tenido un atisbo-, de maravillarse con arte transoceánico, de enlazar con mentes magníficas cuan remotas en kilómetros. Cosas que no habríamos conocido de otro modo. Eso, para mí, surgió en Facebook.

Dichas disertaciones deliciosas a veces devenían discusiones acaloradas, pleitos retóricos -generalmente persuasivos y muy esporádicamente dialécticos- donde no faltaba algún insulto y amistades dinamitadas. Mucha gente es más tonta cuando quiere que la vean; tanto más cuando sabe que la están viendo, y llega a niveles insospechados cuando su obstinación por parecer inteligente queda exhibida ante contrapuntos sensatos y bien fundados. El miedo al ridículo, esa emoción social -nunca moral- que es la vergu%u0308enza, puede volver idiota al más brillante, inculto al más sabio, soez al más refinado e intolerante al mismísimo Job. En muchas ocasiones, diálogos malogrados como los que mencioné son casos en que un error que podría solventarse con la sencilla aceptación se convierte en el tesoro de un escarabajo pelotero a fuerza de querer matizarlo, disimularlo o justificarlo a punta de lo único que se puede tener a mano en tales circunstancias: más errores, trampas, retórica y estupidez; más estiércol.

Todas mis relaciones en la vida han sido dependientes y disfuncionales. Con Facebook no podría ser de otro modo. De hecho, creo que mi relación con esta red serviría para ejemplificar la antítesis de eso que llaman “inteligencia emocional” y que entiendo pero no practico. Así pues, y bondades aparte, esa mina de vulgaridad y muermo me fascinaba tanto como cada una de esas bellas y dementes parejas que se habían ido sucediendo para llenar mi vida de vacío, pero que al menos conseguían llenarla de algo. El vacío que ellas me dejaban lo compensaban los placeres mundanos que venero y compartía con ellas. El vacío de Facebook con su impúdica exhibición de grosería -donde incluyo el vulgar horror generalizado ante la palabra altisonante, la referencia obscena o el comentario futbolero- se compensaba con notas magníficas o fotos admirables de diversos autores, muchos de ellos desconocidos y algunos decididamente encumbrados.

No vale generalizar, pero abundaban los sibaritas degustadores de su propio éxito más que de su obra, gente que sólo buscaba -y busca en todos los ámbitos- el aplauso. Si no había halago cortaban de tajo la polémica. Era lamentable ver a creadores valiosos compartir generosamente su obra y a la vez rechazar con mezquindad la crítica fundada y no menos generosa. No sólo en Facebook o en esta época: el colosal ego del artista es incapaz de valorar el tiempo y el esfuerzo que invierte en su obra quien le dedica unos cuantos párrafos de incisivas inquietudes.

Porque yo soy así y porque los demás también, pronto empecé a romper con algunos de los más notables. A veces no supe cuál fue la gota -¿o nota?- que derramó el vaso. Otras veces me llegó muy tardíamente el hedor de ese drenaje que son el chat y la mensajería privada.

En cierto caso, una señorita con la que tuve flirteos eróticos web -es decir halagu%u0308eños cuan inconcretables- me bloqueó e hizo público algún mensaje mío. Me enteré dos años después y nunca supe exactamente qué decía ese mensaje, de qué se me acusaba ni qué se había dicho de mí. Gran daño social irreparable e inrastreable.

Caso patético y a la vez divertido fue cuando llamé tarada a una tarada. Se trataba de una plagiaria y usurera siniestra que me escribía constantemente quejándose de dos escritores amigos míos que la trataban a puntapiés. Por salir del paso, le contestaba cosas como “sí, Fulano es muy brutal en su manera de expresarse” o “Sutano no aguanta la crítica fácilmente”. Hasta ahí todo bien, pero una mañana me encontré con un mensaje enviado por ella a medio mundo, entre ellos uno de esos escritores -el otro ya la había bloqueado-, en el que se dirigía a mí haciendo evidente que ya antes habíamos hablado, aparentemente mal, de aquellos dos. Sudé frío. Escribí una respuesta dura y cargada de TNT. Antes de ponerla en la cadena de mensajes, se la hice llegar a mi esposa con una línea introductoria que debía haber sido inocua: “A ver qué te parece la respuesta a la tarada de Mengana.” Le pareció bien. Lo que no estuvo tan acertado fue que por el cómodo método del copy/paste envié mi respuesta a todos sin quitar esa desafortunada línea. No suelo avergonzarme, pero esa vez, apenas le hube dado “enviar”, me sonrojé aunque nadie me estaba viendo: Si ella era tarada, yo era un perfecto idiota.

He dicho que se trató de algo patético y divertido a la vez. Como todo tiene su cara y su cruz, también fue aleccionador. Tras varios rounds entre varios de los involucrados, intervinieron dos que no había dicho nada: Pedro Meyer nos hizo reparar en los alcances de la interpretación en la red; Huberto Batis, genio y figura, zanjó el asunto con la foto de un redondo y hermoso culo femenino.

Nos dijimos, por supuesto, cosas muy desagradables que no trascendieron y que afectaban también a gente que no estaba entre los destinatarios. ¿Cuánta vileza semejante o, aun peor, circulará a diario por esos canales nauseabundos de los mensajes y el chat? Yo tomo la precaución de fiarme de muy poca gente, pero de quien menos me fío es de mí mismo, no porque haga o diga cosas a la espalda de alguien, eso no lo hago, sino por lo que soy capaz de decir y hacer cuando pierdo los estribos. Si alguien comprende a quienes me han borrado de entre sus contactos o me han bloqueado, ése soy yo… Casi siempre: De amorosos que reparten insultos ante la menor duda acerca de su tlatoani no vale la pena ocuparse.

Las bajas pasiones que se exhiben impúdicamente en Facebook no se restringen, ni mucho menos, a la delicada piel de los artistas o al patatín patatán de los ociosos. Hay cosas mucho más serias en este mundo y todas llegan a Facebook de una u otra forma.

En uno de los momentos más crudos de la guerra entre el gobierno israelí y Hamas, los comentarios antisemitas se propalaron de tal forma que pareciera que en opinión de los predicadores de la justicia social, la igualdad y la fraternidad, los judíos no formaran parte del género humano. Los muros de mis contactos -por entonces más de tres mil, antes de la limpia con que los reduje a 300 que se han vuelto a incrementar hasta 817 previo a la publicación de esto- se llenaban de propaganda antisemita y antisionista. Yo veía esto con pesar y me abstuve de participar en tal ambiente de linchamiento -tal “Noche de los cristales”-, por lo que no puse nada acerca de las víctimas inocentes de ambos países, víctimas de los respectivos gobiernos: el de Israel y Hamas. Rompí el silencio cuando me topé con que cierta señora insultaba a alguien por ser judío y amar a Israel. Opté por colgar una nota contra la guerra en la que abiertamente invitaba a mis amigos judíos a opinar tanto como podían hacerlo mis amigos árabes o radicalmente propalestinos. Fue un maremoto que con trabajos conseguí respaldar casi completo. Imposible seguir con detenimiento la discusión -tan pletórica en inteligencia como en insultos entre los que, por cierto, destacaban por reiteración los que identificaban a los judíos con los nazis y al pueblo palestino con Hamas-, pero fue evidente que si aquello no hubiera sido tan solo palabra escrita habríamos tenido golpes, balazos y abundantísimas puñaladas por la espalda.

Incluso esto tuvo su lado bueno: De ahí salió la magnífica y exitosa obra teatral 9 días de guerra en Facebook de mi viejo y querido amigo, maestro de maestros, Luis Mario Moncada.

En esa guerra yo también salí bastante lastimado, me insultaron propios y extraños y hasta mi familia recibió agresiones. Algunos de mis amigos judíos -a los que había dado un foro que no crearon por su cuenta- me criticaron duramente por haber dado voz igual de irrestricta a sus contrincantes.

Fue mi punto de quiebre en Facebook. Me retraje, dejé de subir notas o poner comentarios por pura gentileza. Me limité a gozar de ciertas mentes magnánimas -de cualquier credo, raza o partido- y a escribir ocurrencias, chistes y dardos eróticos.

A la vez empezó el auge de Twitter casi al mismo tiempo en que Facebook incorporó el botón “Me gusta”, tan sano y tan ahorrador de palabrería hueca. No sé si sólo es mi caso o quizá el efecto Twitter -otra moda sin duda- del que ya he hablado, pero felizmente han desaparecido los poemas y textos burdos que antes abundaban. Quizá es que ya no me etiquetan porque sólo digo algo cuando tengo algo que decir, cosa que sucede muy rara vez por obvia que parezca al expresarse. Aún así hay disgustos esporádicos, como los ya mencionados con los socialdemócratas fanáticos e intolerantes, o la exquisita y miserable historia del merolico gitano que tuvo que raparse para que no lo reconozcan la policía ni las víctimas de sus estafas.

Por supuesto no todo ha sido sinsabores y vacío. Hay amistades nuevas y exquisitas, la mayoría de los reencuentros han sido gratos y duraderos. Di con la vía para entonar mi ostracismo con publicar de nuevo, gracias a viejas amistades como el caso de Rogelio Villarreal o Marco Levario y nuevos amigos como Ariel Ruiz o Roberta Garza.

Ahora nos imponen un enésimo cambio de interfase que implica un cambio de concepto tan extremo como cada cual quiera y con publicidad a medio muro, lo que denota decadencia y mal gusto. Parece patético pero ya nos acostumbraremos (todos los cambios en Facebook han generado histeria colectiva y efímera). De cualquier modo, en estos meses la red se ha vuelto un gran foro de discusión política de dudosa calidad. Yo entro poco, me informo acerca de la gente que más me importa, echo un vistazo a “inicio” donde a veces hay gratas sorpresas y disfruto de ese vacío del que no ha desaparecido la enriquecedora compensación de una que otra verdadera obra de arte, una que otra actualización interesante, uno que otro comentario sagaz. Cosas que me recuerdan que el altísimo índice de imbecilidad humana no basta para irse a una isla desierta. No basta para volver al claustro de este yo conmigo mismo e intentando huir, del que me salvó la siempre fascinante -lo digo bien en serio-, aunque a veces usada aberrantemente, tecnología.

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